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Y a la quinta noche, descansaron

La fuerte tormenta y la enorme afluencia de peregrinos provocaron algunos problemas de organización en la vigilia de Cuatro Vientos

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Cientos de miles de jóvenes peregrinos pernoctaron al raso en Cuatro Vientos en la noche del sábado al domingo armados con una esterilla, un saco de dormir y algún plástico para hacer frente a la fuerte tormenta que estalló en plena vigilia, y que impidió a Benedicto XVI pronunciar su discurso. La lluvia hizo estragos en la organización de tal multitud y dejó a muchos con un sabor agridulce. Las acreditaciones por zonas, previstas para alojar y dar comida a un millón de peregrinos, no sirvieron de nada y hubo quien durmió entre cubos de basura o cerca de los baños.

Para coger el mejor sitio algunos pasaron más de 24 horas allí. Sin embargo, los más privilegiados -los que tenían pase de invitado- se pudieron abrir paso entre los que esperaban a las puertas del recinto sin poder entrar: 'Parece que hay cristianos de primera y cristianos de segunda', mascullaban unas chicas al otro lado de la verja. Se quedaron fuera.


Las fuertes rachas de viento provocaron daños en la estructura de varias carpas

'Somos más fuertes que la lluvia', dijo el papa tras reanudar su discurso, cuando la tormenta amainó. Un grupo de filipinos no pudo escuchar estas palabras porque una compañera de 16 años estaba siendo atendida por el Samur a causa de una crisis de ansiedad. No fue el único caso.

Cuando empezaron a soplar las fuertes rachas de viento, la gente empezó a correr buscando resguardo. Las carpas estaban abarrotadas, pero tampoco eran seguras. Las lonas golpeaban contra los hierros y los voluntarios intentaban a gritos que la gente saliese de ellas. Algunas chicas se tiraron al suelo llorando mientras que había religiosas de rodillas entonando rezos. Un total de seis carpas y un poste de la luz sufrieron daños en su estructura y hasta siete personas -del millón y medio que, según la organización, había en Cuatro Vientos, resultaron heridas.


La hermana Rosario fue una de las primeras en acceder al recinto. El sábado a las 9 de la mañana ya había plantado sus enseres en el punto más próximo al escenario desde donde Ratzinger se dirigiría a los fieles esa misma noche y en la eucaristía del domingo. 'Al final, después de pasar tantas horas aquí, tuve que mirar las pantallas para verle porque aún así estaba muy lejos', lamenta. Sin embargo, diez metros delante, más de 13.000 sillas de plástico permanecieron vacías toda la noche. Los voluntarios se esmeraban en secarlas de la lluvia para que los invitados se encontrasen por la mañana sus asientos inmaculados.

Mientras que la mayoría dormía, otros pasaban la vigilia rezando o charlando entre cervezas


En cuanto remitió la lluvia y empezó a refrescar, la mayor parte de los peregrinos cayeron exhaustos. 'Jesucristo descansó al séptimo día; yo ya estoy mayor y no aguanto tanto sin dormir', decía una mujer brasileña al meterse en el saco.

Dormían en las zonas de césped, junto a los barrizales o en las aceras. Y era tal el silencio que se oían los ronquidos, intercalados con sirenas de ambulancia y algún cántico aislado. El resto, principalmente jóvenes, se congregaban en las capillas o en las cafeterías. Así, mientras unos pasaban la vigilia entre rezos, pequeños grupos de jóvenes lo hacían charlando entre cervezas.


'La organización es nefasta', se quejaba Marta, una de las voluntarias. 'Estamos cansados y aquí nos ves, hay muchos voluntarios, pero ¿quién nos está coordinando?'. Eran las cuatro de la madrugada y más de un centenar de personas transportaban comida del sector norte al sector sur de Cuatro Vientos, entre los que se había levantado una valla por motivos de seguridad y donde quedaron 'encerradas' centenares de personas.

La imagen de la noche se daba en esta frontera artificial, custodiada por una decena de furgones policiales. Allí se reunían grupos de amigos, aunque separados por la verja. 'Todos quieren ver al papa de cerca, pero no podemos dejar que sigan pasando cerca del escenario porque puede darse una tragedia', explicaba uno de los agentes.

'Parece que hay cristianos de primera y de segunda', decía una joven al no poder entrar


A partir de las cinco de la mañana, más de 200 personas intentaban acceder al recinto sin éxito y tenían que soportar cómo un grupo selecto llegaba y besaba el santo. Estos entraban descansados y duchados, con su invitación en la mano, a primera hora de la mañana, como quien va a su misa de cada domingo.

Cerca de 200.000 peregrinos no pudieron entrar al acto, pese a haber pagado su pase. Unos amanecieron 'ilusionados' y otros con 'decepción'. Las previsiones se superaron y no había sitio para todos.