Elecciones 20N

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Qué ingrata la democracia

MARCO SCHWARTZ

De todos los próceres del franquismo que, según ciertos manuales de Historia, siempre ansiaron la democracia y ayudaron a traerla apenas tuvieron la menor oportunidad, destaca Manuel Fraga, por su carácter poliédrico y su indudable inteligencia. En 1951, a los 29 años, ingresó en la maquinaria político-burocrática de la dictadura y, a partir de allí, desarrolló una carrera meteórica que lo llevó a ser ministro de Información y Turismo (1962-69), embajador en Londres y, ya muerto el dictador, ministro de Gobernación en el Gobierno de Arias Navarro.

En los años sesenta, promovió el desarrollo turístico tipo Tres suecas para tres Rodríguez y suavizó la Ley de Prensa, eliminando la censura previa. Ello le resultaba perfectamente compatible con justificar el fusilamiento de Julián Grimau en 1963 o responder “La calle es mía” a la oposición que pretendía celebrar una marcha el 1 de mayo de 1976.

Poco antes de las elecciones de 1977, Fraga fundó con otros exministros franquistas un partido para participar en esa cosa que, según los manuales de Historia, con tanto anhelo habían soñado: la democracia. “Fraga conviene”, rezaba el lema del cartel electoral. Pero ¿a quiénes les convenía? Las urnas respondieron: a 1.505.771 personas, el 8,21% del electorado, lo que le permitió obtener 16 exiguos escaños, muy por debajo del PSOE y UCD, y detrás del PCE.

En las siguientes elecciones, en 1979, le fue aun peor y los escaños cayeron a 10. Pero Fraga resistió. No era posible que la democracia fuese tan ingrata, que lo tratara tan mal después de todos sus desvelos por ella. Y llegaron las elecciones de 1982, y AP saltó de 10 a 107 escaños (aprovechando la debacle de la UCD de Suárez), y se asentó desde ese momento como uno de los dos grandes partidos que hoy practican el Turno Pacífico en España. La democracia, ahora sí, estaba a salvo. Don Manuel podía respirar con alivio.

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