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100 años de la Revolución rusa Guía del San Petersburgo revolucionario (y cómo ha cambiado hoy en día)

Seis lugares en los que se desarrolló la revolución bolchevique de 1917, y cómo se ha mantenido su recuerdo hasta ahora.

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Miles de personas se concentran junto a la estatua de Lenin en la estación Finlandia de San Petersburgo. - AFP

Corría el año 1917, y la capital de la Rusia zarista no se llamaba San Petersburgo, sino Petrogrado. En febrero de ese mismo año, una revolución espontánea y popular expulsó a Nicolás II, el último Romanov, de su trono y del mando del Imperio Ruso. Los meses siguientes fueron un caos y una explosión política de grandes dimensiones, donde dos instituciones -el Gobierno Provisional y el Soviet- eran las contendientes por controlar el poder real y la legitimidad para dirigir Rusia.

Mítines, reuniones secretas, manifestaciones, intentos de golpe de estado, enfrentamientos, conjuras militares y alianzas se sucedían por doquier. Finalmente, la facción que dio el golpe de gracia para hacerse con el poder -e instaurar su dictadura revolucionaria- fueron los bolcheviques dirigidos por Lenin. Este hecho desencadenaría una cruenta guerra civil que asolaría el país los años siguientes.

Si de estos acontecimientos hace ya 100 años, muchos de los escenarios donde sucedieron estos apasionantes, caóticos, esperanzadores y sangrientos hechos políticos todavía siguen en pie en la Rusia post-comunista. Aquí van seis de los más significativos:

El Palacio de Invierno

Fotografía de el Palacio de Invierno en San Petersburgo. / Alex 'Florstein' Fedorov

La toma de este inmenso edificio es el gran mito fundacional del régimen bolchevique. A decir verdad, no hubo grandes combates ni masas armadas ese 25 de octubre (según el calendario juliano), ya que el Gobierno Provisional de Kerenski apenas tenía apoyo popular o de los militares. La mayoría de los habitantes de Petrogrado ni se enteraron que había habido un golpe de estado: los restaurantes, teatros y tranvías funcionaban con absoluta normalidad. Fue una toma de poder quirúrgica y ejecutada por una minoría.

A decir verdad, la única masa popular fervorosa que acudió a la toma del Palacio de Invierno fue la que saqueó las grandes reservas de vino de la bodega del zar. Una parte de los bolcheviques y soldados que habían asaltado el Palacio acabaron borrachos y realizaron disturbios y saqueos por toda la ciudad. Si uno camina hoy en día hasta este palacio, hay poco que recuerde ese asalto al poder.

El Palacio de Invierno -larguísimo, con un tejado verde acuático lleno de estatuas de héroes y heroínas clásicos, posando de pie y estiradas, fuertes y sensuales- representa más el reclamo turístico de una ciudad poco modificada por el comunismo que un punto de culto a una revolución pasada. Lo único que puede recordar al golpe de 1917 es una pequeña exposición de cuatro cañones militares, en el patio interior del actual museo Hermitage. 

La fortaleza de Pedro y Pablo

En una isla situada en el centro de Petrogrado, junto a las aguas del río Nevá, se elevaba la fortaleza militar que hizo de cárcel para presos políticos antes y después de la revolución del 17. Por sus celdas -que ahora se pueden visitar como museo- pasaron revolucionarios del movimiento populista ruso o del grupo terrorista “Volia” (al que perteneció el hermano mayor de Lenin, ejecutado por planear un atentado contra el zar Alejandro III). Estuvieron encerrados allí intelectuales y políticos de izquierdas como Gorki, Trotski o Kerenski. La fortaleza de Pedro y Pablo era el gran símbolo de la opresión zarista, y corrían espeluznantes historias sobre la vida en su interior.

Posteriormente, se ha demostrado que la estancia allí no era demasiado dura, comparada con las prisiones comunes o las futuras cárceles soviéticas. El mismo Trotski dedicó gran parte de su tiempo en prisión a sus escritos y lecturas revolucionarias. Cuando las fuerzas populares entraron en la fortaleza durante la revolución de febrero de 1917, la decepción fue mayúscula: no encontraron ninguna cámara de tortura o celdas inhumanas, y los únicos presos que había en ese momento era un regimiento de soldados que se había sublevado hace pocos días.

Una vez que los bolcheviques tomaron el poder, la prisión retomó su función: encerraron allí a políticos de derechas y liberales, a religiosos y militares, y a buena parte de la oposición de partidos de izquierdas -socialistas revolucionarios, mencheviques o anarquistas- enfrentados a su dictadura de partido único. La fortaleza, ahora mismo, es un conjunto de edificios con diversas exposiciones históricas. Los vecinos petersburgueses suelen tumbarse en la pequeña orilla que hay a los pies de la muralla, para tomar el sol y darse un baño refrescante durante el verano.  

El Palacio Táuride

Palacio Táuride y sus jardines a comienzos del siglo XX.

Aunque menos conocido, es el gran edificio político previo a la toma de poder de 1917. En este palacio se fundó, en 1906, el primer parlamento ruso, la Duma, después de que el zar Nicolás II realizara reformas políticas liberales, presionado por la violenta y popular revolución que estalló en Petrogrado en 1905, y que hizo tambalear fuertemente su permanencia en el trono. A pesar de este gran avance político, a los pocos meses se vio que la Duma no tendría un poder real frente a la monarquía feudalista del último zar.

En 1917, este mismo edificio acogió a los dos poderes en pugna por el control de Rusia tras la caída de la monarquía: el Gobierno Provisional y el Soviet de Petrogrado, cada uno en una ala del Palacio Taúride. Ese fue el auténtico corazón de la política rusa entre la abdicación del zar y la toma del poder de Lenin. Posteriormente, estaba planeado que acogiera la Asamblea Constituyente que se votó en 1918. Pero los bolcheviques perdieron esas elecciones y no querían dejar el poder, así que cerraron el edificio y los recién elegidos parlamentarios nunca pudieron volver.

Si uno se acerca a este palacio, le sorprenderá el montón de banderas que ondean en su jardín: ahora es la sede de la “Commonwealth” rusa, una institución que reúne a representantes de antiguas repúblicas del Imperio soviético -que hoy en día son estados independientes- como Kazajistán, Bielorrusia, Armenia o Uzbekistán.  

El Instituto Smolny

Inicialmente fue una escuela para mujeres de la alta sociedad, fundada por la que posiblemente fue la monarca más ilustrada de Rusia, Catalina II. Mediante iniciativas como esta, pretendía impulsar el papel de la mujer en la sociedad y el gobierno. Un siglo y medio después, sería la sede del Soviet de Petrogrado, después de que Kerenski “expulsara” a sus miembros del Palacio Táuride y los situara en esta antigua escuela, situada en las afueras de la capital. Con gestos como este, el Gobierno Provisional se distanciaba cada vez más de las clases bajas rusas, que veían en el Soviet su representante más legítimo.

En el Instituto Smolny se sucedieron los grandes debates entre las organizaciones de izquierdas: ¿debían asaltar el poder, o colaborar con el Gobierno Provisional?, ¿Revolucionar a las masas, o participar en las elecciones?. Los congresos de trabajadores y soldados se realizaban en el antiguo salón de baile de las niñas de la aristocracia rusa, donde el humo de tabaco, las botas sucias o los meados realizados en una esquina daban a la sede del Soviet un aspecto poco patricio.

El edificio se rodeó de guardias armados, que identificaban a todo aquel que entraba. A decir verdad, la mayoría de los representantes que acudían al Instituto lo hacían atraídos por el comedor popular que allí se había montado, donde se repartía comida y bebida. Actualmente, el Smolny es la residencia oficial del gobernador de San Petersburgo. Pero no ha olvidado del todo su pasado revolucionario: en el jardín interior todavía se puede ver una gran estatua de Lenin y, en el parque de justo delante, sendos bustos de Marx y Engels.  

La Mansión Kshesinskaya

En otra subversión del nuevo poder ante el antiguo régimen, la que inicialmente fue la residencia de la bailarina Mathilde Kshesinskaya, la más famosa de Rusia y antigua amante de Nicolás II, fue reconvertida en sede del partido bolchevique, previamente a su toma del poder en octubre de 1917. En esa mansión se produjeron los enfrentamientos entre Lenin y otros líderes del bolchevismo, como Kámenev, Zinóviev e -inicialmente- Stalin, sobre las llamadas Tesis de Abril, que proponían la toma del poder por parte del Soviet (en contra del Gobierno Provisional) y la retirada rusa de la Primera Guerra Mundial.

Aquí realizó Lenin su último discurso antes de la Revolución de Octubre, ante una turba de marinos con ganas de revolución que buscaban un líder que les diera órdenes para la toma del poder. Aún así, la arenga que les ofreció Lenin fue vaga y ambigua, ya que todavía no tenía un plan político de acción, así que los marinos se fueron en busca de otro dirigente político que les animase a asaltar el gobierno (no encontraron ninguno, por el momento). Si uno visita la antigua Mansión Kshesinskaya, encontrará el antiguo despacho de Lenin tal y como lo tenía decorado en esos tiempos -de manera austera, como buen bolchevique-.

Está situado en una de las salas que forman el actual Museo de Historia Política, uno de los más bien documentados e interesantes para conocer la evolución de Rusia en el siglo XIX y XX, y descubrir que -más allá de la típica división entre zaristas y revolucionarios- había un montón de facciones liberales o socialistas que podrían haber llevado a Rusia por un camino muy distinto.  

El buque Aurora

Fotografía del Buque Aurora en 1903.

Este barco militar ha quedado como símbolo de la revolución bolchevique, y todavía se lo puede ver atracado en el cruce entre el río Nevá y uno de sus brazos, el Bolsháya Nevá. Sus cañones de color gris oscuro y los turistas que se pasean por su cubierta lo han hecho más una pieza de coleccionista que un símbolo militar venerado. El Aurora realizó el disparo que sirvió como señal para que los insurrectos bolcheviques tomaran las armas y asaltaran el Palacio de Invierno. Había participado en la guerra que Rusia perdió contra Japón en 1905. Se encontraba en Petrogrado cuando estalló la revolución popular de febrero de 1917.

Sus marinos se amotinaron, asesinaron a su capitán y crearon un comité que a partir de ese momento dirigiría el buque. Su historia es un recuerdo de la importancia que los soldados insurrectos tuvieron en la Revolución Rusa. Sin el control que poco a poco fueron acaparando en el Soviet de Petrogrado y su proximidad ideológica con los bolcheviques (el único partido que apostaba fuerte por acabar la guerra), es probable que Lenin lo hubiera tenido mucho más difícil para tomar el poder.