No pude ir a la universidad porque en la escuela se acumularon anotaciones en mi expediente por menudencias. Encontré trabajo de camarero en el aeropuerto de Berlín Este, un puesto fantástico. Ganaba tanto como un dentista e iba en taxi al trabajo.
En septiembre de 1985 conocí a mi primer novio en Budapest, donde pasamos tres semanas maravillosas. Pero luego vino la Stasi [la Policía secreta de la RDA] a preguntarme por él. Resultó que era un político, y querían que trabajara como informante. Me ofrecieron un coche Trabant en pocos meses, cuando normalmente había que esperar 15 años, y un piso en Berlín. Entonces dije la frase que destruyó mi vida: El único piso que quiero en Berlín está en Charlottenburg (Oeste).
En ese momento empezó mi caída social, de camarero a lavaplatos. Si me negaba, me metían en la cárcel por vago. Empezaron a espiarme en todas partes. Decidí huir por Hungría y Yugoslavia.
No sabía que los campesinos húngaros se ganaban un sueldo adicional por matar o detener a fugitivos. Evité las patrullas, pero los mapas no coincidían con la realidad. De repente, oí a mis espaldas un disparo al aire, y luego otro hacia mí. Me puse a correr. Los tiros impactaban sobre la arena a derecha e izquierda. Ya veía los carteles fronterizos cuando tropecé. Me quedé paralizado en el suelo.
Pasé una semana detenido en Budapest y me trasladaron a la cárcel berlinesa de Hohenschönhausen, donde me torturaron. En 1988 logré pasar a Berlín Oeste porque mi familia negoció con las autoridades un precio. Acabé en el psiquiátrico. Los médicos no sabían qué hacer conmigo.
Cuando cayó el Muro lloré de alegría. Pero de repente los torturadores volvían a estar ahí. En 1996 empecé a trabajar en los grandes almacenes KaDeWe. En 1999, un hombre me pidió habanos y preguntó:
-Qué fuma Fidel Castro?
-Espléndidos de Cohiba.
La pregunta me pareció rara. Se los enseñé, los olió.
-Póngame tres cajas.
-Pero una cuesta 49,50 marcos.
-Bueno, pero lo que compro es el dulce aroma de la revolución.
En ese momento le reconocí. Era mi torturador. Estuve tentado de darle un puñetazo, pero pensé que la venganza al final es inútil. Me gustaría perdonar, pero sólo es posible si alguien te tiende la mano".
Ni un novelista cerraría mejor la historia.
Se enfrentó cara a cara con su torturador, un fumador de puros que, como todos los fumadores de puros, cuando entran al estanco preguntan: oiga, qué habano fuma Fidel Castro. Es normal, era un torturador nostálgico de olores revolucionarios y así lo proclama a los cuatro vientos en cuanto tiene la oportunidad.
Lo que me extraña es que no lo hayan matado. Porque allí, ya se sabe, a la mínima te mataban. Si llegabas tarde al trabajo te mandaban a Siberia, si te portabas mal en el cole no te dejaban ir a la Uni (otros dicen que fue por zote) y se te quejabas también te mataban... Era horrible.
Para que te dieran un coche había que esperar quince años. Menuda tortura comunista. Lo pides con veinte años recién sacado el carnet y te lo dan con treinta y cinco. Pasas la edad del pavo sin poder vacilar a las nenas en el polígono haciendo trompos. Así son los comunistas, destrozan lo mejor de la vida.
Me pregunto quién será el siguiente. Quizá un tipo al que la stasi intentó asesinar con guisantes explosivos, tras enterarse de su relación con una mujer que, casualidades de la vida, era política, es decir, una moza que quería subvertir el Estado alegremente. Desde luego que en cualquier Estado la subversión está subvencionada, sobre todo cuando estás a sueldo de potencias extranjeras como solía ser normal tanto a un lado como al otro.
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