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Elecciones en Venezuela Más de 8 millones de venezolanos votan a pesar de los focos de violencia opositores

Los focos de violencia y el boicot absoluto de la oposición lograron rebajar mucho la participación en las constituyentes celebradas en Venezuela este domingo, pero aún así más de ocho millones de venezolanos (un 41,53% del censo) acudieron a las urnas en una jornada electoral muy tensa y con grandes medidas de seguridad en torno a los centros de votación.

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El alcalde de Caracas, Jorge Rodríguez, el vicepresidente de Venezuela, Tareck El Aissami, el ministro de Energía Eléctrica, Luis Alfredo Motta Domínguez y el primer vicepresidente del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Diosdado Cabello, asisten a un acto tras las elecciones , EFE/Nathalie Sayago

Un total de 8.089.320 venezolanos participaron ayer en las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela. Así lo anunció la presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE), Tibisay Lucena, a las 23.50 horas (5.50 en España). Al tratarse de unos comicios boicoteados por la oposición, que ni siquiera ha presentado candidatos, la clave estaba en la participación, que fue del 41, 53% del censo.

Los resultados ofrecidos por el poder electoral del país caribeño refuerzan la posición del presidente, Nicolás Maduro, porque esa participación es en su casi totalidad de sus seguidores, y supera lo que obtuvo en las presidenciales de 2013, cuando logró el apoyo de poco más de 7 millones de personas. Y es mucho mayor que el obtenido en las últimas votaciones, las legislativas de 2015, en las que el chavismo perdió con 5,6 millones de votos frente a los 7,7 de la oposición.

No obstante, cabe esperar que la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD) no reconozca las cifras. De hecho, su excandidato a la presidencia, Henrique Capriles, ya ha anunciado protestas para hoy y ha llamado a sus partidarios a marchar a Caracas el día en el que se constituya el nuevo órgano electo.

Maduro reconoce que está negociando con la oposición

“Voy a dedicar toda mi vida para que esta revolución levante cabeza, superemos los errores y las debilidades”. Nada más conocerse los resultados, el presidente venezolano compareció ante sus seguidores concentrados en la plaza Bolívar. Reconoció que en las últimas semanas había mantenido negociaciones con la oposición (algo que ya había anunciado la víspera el expresidente español, José Luis Rodríguez Zapatero), asegurando que les ofreció presentarse a las elecciones pero que estos lo rechazaron. Además, afirmó que esta semana los 537 asambleístas (faltan por elegir los 8 que representarán a los pueblos indígenas) tomarán posesión.

Ahí se abrirá un nuevo frente con la MUD, que rechaza la legitimidad de esta Asamblea y se aferra al Parlamento elegido en diciembre de 2015 y que fue declarado en desacato por el Tribunal Superior de Justicia. Maduro también ha realizado una maniobra para sumar a los opositores al juego político: abrir el plazo de inscripción para las elecciones a gobernadores que deberían de celebrarse en diciembre. “Abandonen la violencia y mídanse en las urnas”, retó.

Con el anuncio de los resultados terminaba una jornada que volvió a poner de manifiesto la profunda división existente en Venezuela. Más allá de la separación física, que en Caracas se representa por la fractura entre el Oeste chavista y el Este opositor, el abismo es casi de identidad. Atravesar la capital era como pasar de un mundo a otro en apenas unos minutos. En una de esas Caracas paralelas, la gente votaba y en las calles se podía transitar sin problema. En la otra, el Este, las arterias seguían bloqueadas y se registraban enfrentamientos y escaramuzas entre manifestantes y agentes de la Guardia Nacional Bolivariana. Vamos, lo mismo que en jornadas anteriores pero con mayor intensidad.

Como en los últimos días, hay que dividir la historia en dos partes. Ambas transcurren en paralelo, no se cruzan, pero forman parte de un país que sigue fracturado.

Muchos menos "guarimberos" en la marcha opositora

Comenzamos con el bando opositor.

La enésima marcha de la semana estaba convocada a las 10.00 horas. Recomendación para periodistas que tengan en mente venir a Caracas: las diez de la mañana no son las diez de la mañana. Es una hora aproximativa. “Se convoca a las diez pero suele salirse a las once o las doce”, reconocía sin rubor un hombre del que luego hablaremos más en detalle.

Por el momento, volvamos a Altamira. A mediodía, la plaza no llegaba ni a un cuarto de entrada. Curiosamente, el número de jóvenes encapuchados (aka “guarimberos”) era sensiblemente inferior que otros días. En esta ocasión, el grueso de los manifestantes se acercaba más a lo que tradicionalmente ha sido la base opositora: gente de clase media-alta a la que se le detecta el estatus a kilómetros. La mayoría vestía de blanco (un sutil guiño a las “mujeres de blanco” contrarias al Gobierno cubano), siguiendo la recomendación de la Mesa de la Unidad Democrática.

Un grupo de venezolanos residentes en Colombia protesta contra la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, en Cartagena (Colombia). EFE/RICARDO MALDONADO ROZO

Embozados y señores y señoras del Este de Caracas tienen una relación extraña, porque están juntos pero tampoco demasiado revueltos. Los primeros, reciben su ayuda económica y alimentaria. Los segundos, pueden parapetarse tras ellos como fuerza de choque. He presenciado muchas protestas en diversas partes del mundo. Un común denominador suele ser que el Gobierno acuse a los manifestantes de estar pagados por una “mano negra” para salir a la calle. Como si, equivocado o no, uno no tenga capacidad propia para movilizarse. Por eso, siempre me ha resultado difícil creerme estas afirmaciones. Hasta ahora. Porque muchos de los chavales que ejercen como arietes de las protestas antichavistas sí que sacan algo. Lo primero, comida, que los vecinos bajan de casa o compran. Estamos hablando, en un buen porcentaje, de adolescentes en situación de exclusión, no de los hijos de los barrios ricos como Chacao o Altamira.

Los encapuchados tienen tanta costumbre de pedir “una ayudita” a los manifestantes que es evidente que es una práctica habitual

Por otro, dinero. Podría enumerar todos los rumores que me han llegado estos últimos días, que van desde gente que ha visto a otra gente pagando a los encapuchados desde un coche hasta la existencia de una tarificación dependiendo de hasta dónde está dispuesto a llegar el manifestante. Eso no puedo corroborarlo. Lo que es cierto, porque lo he visto, es que los encapuchados aprovechan el contexto para sacarse unos “bolos”. Y que tienen tanta costumbre de pedir “una ayudita” a los manifestantes que es evidente que es una práctica habitual.

Así estaban a las 11 de la mañana, parando a los coches que llegaban a Altamira, pidiéndoles esa “ayuda” a cambio de franquearles el paso. Una actividad que no terminaba de convencer a todos. “Esta gente está cobrando a los vehículos por pasar, hay que denunciarlo”, protestaba un chaval, que llamaba la atención sobre la diferencia de clase y educación entre unos y otros. Otro señor, le contradecía: “No obligan a nadie”, pero necesitan colaboración. Al final, terminaba asumiendo que los “guarimberos” son un mal menor para mantener la estrategia de desestabilización.

Manifestantes opositores se enfrentan a agentes de la Guardia Nacional Bolivariana mientras bloquean una calle en rechazo a las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente, en Barquisimeto. EFE/Pascuale Giorgio

Este último señor, el anteriormente mencionado, no quería dar su identidad argumentando encontrarse en “régimen de presentación”. Es decir, en libertad vigilada. Hace unos meses fue arrestado en otra protesta y tiene prohibido manifestarse. Ayer había roto ese veto y defendía vehemente a los encapuchados. “¿Y el Black Block en Berlín, en Francia, en España, en EEUU? Se encapuchan. Se visten de negro para que no les identifiquen”, argumentaba. “Pero estos son grupos de izquierdas”, rebatía el joven, visiblemente molesto. “Pero es que este no es un Gobierno de izquierdas. Aquí se tomaron la franquicia de izquierdas, pero no pueden serlo. Aquí compraron la franquicia, pero la izquierda no hace lo que hacen ellos, que matan a la gente de hambre mientras que pagan todo el dinero a las multinacionales extranjeras”. Momento de desconcierto. Termina la conversación.

Tampoco daba tiempo para más porque minutos después un fuerte despliegue de la Policía Nacional Bolivariana irrumpía en la plaza lanzando gases lacrimógenos. En un abrir y cerrar de ojos, estaba vacía. Impresiona ver al convoy motorizado, como cuadrigas de la legión romana algo desordenadas, abrirse paso por el bastión opositor. Apenas una decena de chavales responde con cuatro piedras. A partir de ese momento comienzan las escaramuzas. Cuando marchan los agentes, los opositores vuelven a reunirse, tímidamente. Hasta que los uniformados regresan y los cada vez más exiguos manifestantes ponen pies en polvorosa.

Una bomba estalla al paso de la Policía y causa heridas a siete agentes. El atentado es aplaudido por los opositores presentes

Así se estaba desarrollando la mañana hasta que, pasado el mediodía, un artefacto explotaba al paso de una fila de agentes en pleno Altamira. La deflagración dejó siete policías heridos, según datos del Ministerio Público de Venezuela. Y la imagen de los pocos opositores que aguantaban en las inmediaciones aplaudiendo de júbilo al paso de los heridos. Ojo, que este no fue el único incidente del día. En Caurimare y Los Ruices, también en el este, los choques se alargaron hasta que oscureció.

Desde la tarde, manifestantes y policías se encontraban separados por 500 metros en un acceso a la autopista Francisco Fajardo. Se miraban los unos a los otros y aguantaban, hasta que los integrantes de la protesta (que son los que pretendían romper el cerco policial) lanzaban alguna andanada. En este punto, alguno de los antichavistas usó un arma de fuego. Aquí, uno tira de experiencia, por encontrarse allí cuando uno de los policías se salvó del disparo, que le rozó el hombro. En El Paraíso, un barrio del oeste de Caracas donde se mezclan los sectores populares con zonas residenciales, se produjeron fuertes disturbios. Hacia las 17.00 horas, desde la autopista que bordea los bloques que abren la parroquia, se escuchaba la detonación de perdigones.

Un manifestante empuña una pistola en Caracas, Venezuela, este domingo. REUTERS/Andres Martinez Casares

Al menos 10 muertos, entre manifestantes y policías

A todo este caos hay que añadirle el hecho más grave. Al menos diez personas, según los datos del Ministerio Público, murieron durante las protestas a lo largo de todo el país. En esta lista se incluyen desde manifestantes hasta policías. Se trata de la primera ocasión, al menos en dos décadas, en la que se registran muertos durante unas elecciones en Venezuela relacionados con protestas contra los comicios.

Una vez analizado el “parte de guerra” nos trasladamos al oeste, a los barrios donde los vecinos pudieron votar sin problemas. También, al Poliedro, el centro de contingencia en el que miles de personas depositaron su papeleta debido a que los colegios de sus lugares de origen estaban cerrados o amenazados por la oposición. Aquí hay que hacer una acotación. Reflexionar sobre el concepto de “normalidad”. Porque es cierto que las votaciones en las zonas donde no hay mayoría opositora se han desarrollado sin sobresaltos. Pero tampoco se puede calificar como “normal” que una legión de votantes tenga que desplazarse y votar, en un proceso convocado por el Gobierno, a kilómetros de su domicilio.

"Ya estamos cansados de las guarimbas, las trancas y las quemaceras de cauchos que no nos dejan trabajar”

“Votar es importante porque vamos a tener paz y libertad. Ya estamos cansados de las guarimbas, las trancas y las quemaceras de cauchos que no nos dejan trabajar”. José Mora, que llevaba hora y media esperando en un colegio de Catia a las 14.00 horas, simboliza el discurso que uno podía encontrarse a las puertas de cualquier centro de votación.

Como en la constituyente cabe todo, porque la teoría dice que de lo que se trata es de incluir en la Carta Magna derechos que han ido aplicándose a través de políticas públicas desde la victoria de Chávez, cada elector tenía su lista de requerimientos. Entre todos, sin embargo, destacaba el de la pacificación. Porque ya son más de cien días de protestas y enfrentamientos, dentro de un ciclo que, en realidad, se abrió con la victoria electoral de Nicolás Maduro en abril de 2013. Desde entonces, las protestas han ido in crescendo. Aunque también es cierto que las dificultades, especialmente económicas, se han multiplicado. “Vamos a ver si se calma esto y viene la paz, porque estamos hartos de tanta trancadera de calle”, afirmaba Mireia Godoy, residente junto al Cuartel de la Montaña, en el 23 de Enero, el lugar donde están enterrados los restos de Hugo Chávez.

Al margen de las cuestiones urgentes en un país en el que más de 100 personas han muerto en los últimos meses de protestas, la “profundización” en el proceso bolivariano era la segunda idea más repetida. “Debemos seguir el legado de nuestro comandante Chávez, dar el poder al pueblo. Estamos ante algo nunca visto”, afirmaba Carmen Romero en su centro de votación del 23 de enero.

Chavistas participan en una celebración, en la plaza Bolívar de Caracas (Venezuela), al culminar jornada de votación hoy, domingo 30 de julio de 2017. EFE/Miguel Gutiérrez

En esta zona, una de las grandes preocupaciones era garantizar la participación. A falta de conocer qué dirán exactamente los líderes de la oposición, ya se puede avanzar que ni siquiera se van a creer las cifras. Durante toda la jornada, sus canales informativos reiteraban que los colegios electorales estaban vacíos. Como en cualquier parte del mundo, eso es cierto dependiendo del lugar al que uno se dirija. Es imposible que todos los centros registren una afluencia masiva a todas horas. En realidad, da igual porque la respuesta estaba escrita.

“Tenemos un mínimo, que son siete millones y medio de votos. Pero es un mínimo”, afirmaba Borman Angulo, coordinador nacional de Juventud y Deporte de Voluntad Popular. Teniendo en cuenta esto, era previsible que si las cifras que ofrecía el CNE eran superiores a los votos que se arroga la MUD, bastaba con considerar que se había exagerado. Si estaban por debajo, a pesar de no reconocerlos se lo plantearían como derrota.

No hace falta ser un analista brillante para vaticinar que las tensiones no terminan con las urnas. Lo único que cambia es el terreno de juego.