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África La hambruna que viene en el Cuerno de África

Hace un año que la lluvia no cae con regularidad en el valle del Rift y las tierras de esta región, cuyas cosechas alimentan al Cuerno de África, están secas. El ganado se muere y el precio del maíz se ha disparado más de un 30%. Más de 2,6 millones de personas están en grave riesgo de inseguridad alimentaria en Kenia y la cifra, advierte la ONU, va a dispararse en los próximos meses.

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El precio de los alimentos se ha disparado en los mercados de Nanyuki (Pablo L. Orosa)

“Mira que color tiene, esa hierba no es buena. Cuando la comen las vacas se enferman”. Hace un año que la lluvia no cae con regularidad en el valle del Rift y las tierras de esta región, cuyas cosechas alimentan al Cuerno de África, están secas. El ganado se muere y el precio del maíz se ha disparado más de un 30%. Más de 2,6 millones de personas están en grave riesgo de inseguridad alimentaria en Kenia y la cifra, advierte la ONU, va a dispararse en los próximos meses. Con los enfrentamientos recrudeciéndose en Sudán del Sur y la hambruna golpeando ya a Somalia, la región se enfrenta de nuevo a una nueva crisis humanitaria.

Tenía que llover desde marzo, pero no lo hizo hasta bien entrado mayo. Lo que cayó, además, no basta para aguantar la época seca. “Ahora está bien, el ganado puede comer algo, pero no es suficiente”, repite Robert, a quien la sequía ha convertido en taxista ocasional para pagar las facturas de su granja. Por un momento, tiene que detener la marcha: “Mira que color tiene, esa hierba no es buena. Cuando la comen las vacas se enferman”, repite señalando al rebaño que pasta a ambos lados de la carretera. Él ha perdido casi a la mitad de su ganado. “La diarrea”, maldice.

Al menos las precipitaciones de mayo han aliviado la primera cosecha. En los puestos del mercado nuevo, levantados en las afueras de Nanyuki, el centro agrícola más importante del valle, hay patatas, tomates, zanahorias, bananas y una remesa de melones recién llegada. El problema, apuntan los clientes, está en el maíz, cuya producción se ha reducido hasta un 99% respecto a su promedio histórico. La harina de maíz, ingrediente básico del ugali, el plato por antonomasia de la comida keniata, ha multiplicado su precio un 31%, lo que ha elevado las quejas de un sector mayoritario de la población.

A dos meses de las elecciones, y con la #ungarevolution como emblema en las redes sociales, el Gobierno de Uhuru Kenyatta, quien opta a la reelección en los comicios, se ha visto obligado a lanzar un plan de ayuda dotado con 6 billones de chelines (algo más de 51 millones de euros) para rebajar el precio del paquete de dos kilos de 144 (1,2 euros) a 90 chelines (0,7 euros).

Enflaquecido y debilitado por las enfermedades, la mortalidad del ganado se ha disparado (Pablo L. Orosa)

Con el coste de la leche y el azúcar, cuya volumen de importación ha tenido que ser aumentado en las últimas semanas, también disparados, la inflación alcanza ya el 11%. “Una de las principales razones es la sequía que lleva afectando al país más de 8 meses y que tira de los precios”, explica el profesor de Economía de la Universidad de Nairobi y asesor gubernamental, Gerrishon K. Ikiara.

La traducción real, en el mercado de Nanyuki, es que las transacciones se reducen. La gente compra lo que puede pagar, frutas y algo de verduras, pero los puestos de carne apenas tienen clientes. “¿Para cenar? Patatas y repollo”, afirma Joseph, mientras convence a su mujer al otro lado del teléfono. Al otro lado del valle, junto a las montañas azafrán de Eldoret, el paisaje alterna el verde resplandeciente de las plantaciones de té con las planicies áridas. En muchas zonas del interior, donde residen las comunidades nómadas, hace meses que no llueve. “Más de un año”, apunta una anciana massai que ha visto como varios de los niños de la comunidad han fallecido a causa de la desnutrición.

Oficialmente, más de 455.000 menores de cinco años sufren de desnutrición aguda en el país, pero la cifra real es a buen seguro mucho más alta. Otros 174.000 han tenido que dejar la escuela como consecuencia directa de la sequía. En muchas de ellas no hay ni siquiera agua. El pasado mes de marzo, el Gobierno declaró la situación de desastre natural por la sequía y reclamó la asistencia internacional.

Hasta la fecha, la ONU ha desplegado un plan de asistencia humanitaria que incluye la distribución de más de 1.800 toneladas de alimento mensuales, así como de cheques-comida, pero la ayuda apenas llega al 8% de los 2,6 millones de personas en situación de vulnerabilidad alimentaria. Hacen falta 378 millones de dólares para cubrir una crisis que va más allá de la falta de los estómagos vacíos: nuevos casos de leishmaniasis, sarampión o cólera dejan ya un reguero de víctimas por el país. El ministerio de salud estudia con preocupación un brote de dengue.

“La sequía ha destruido el sustento de las familias, disparado los conflictos locales y erosionado la capacidad de las comunidades de salir adelante”, resume la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA por sus siglas en inglés) en su último informe. Alrededor de 50 personas han muerto ya en los enfrentamientos que desde hace casi un año se repiten en las llanuras de Laikipia: los pastores, expulsados por los colonos británicos de las tierras que históricamente habían habitado, invaden los ranchos en busca de alimento y agua para sus rebaños. “Necesitamos el agua para cocinar y para beber, pero si vamos a cogerla nos arrestan o nos golpean. Si vamos con los animales para que pasten, nos los confiscan por diez días”, denuncian en la comunidad massai. “¿Cómo puedes dialogar con alguien que te está disparando?”, responde María Dodds, cuya familia posee uno de los ranchos más importantes de la zona.

Aunque todavía restan las “short rains” de noviembre, la temporada de lluvias ha dejado precipitaciones entre un 25 y un 75% por debajo de lo habitual, lo que augura una mala cosecha para la segunda de julio. La previsión es que en septiembre la inseguridad alimentaria alcance ya el nivel 3 -crisis- de 5 en todo el norte del país. “Es probable que veamos una continuación, o incluso un empeoramiento significativo, de los problemas alimentarios y de agua, particularmente en las zonas áridas y semiáridas del país”, apunta el coordinador de programas de FAO en Kenia, Robert Allport.

Una crisis regional

El paisaje majestuoso del Rift, con sus bandadas de flamencos y sus lagos Patrimonio de la Humanidad, se extiende por toda la región. Con él, lo hace también la sequía y la crisis humanitaria: 12,8 millones de personas en Etiopía, Uganda, Kenia y Somalia se encuentran actualmente en alto riesgo de inseguridad alimentaria. A diferencia de 2011, cuando se declaró en Somalia la última hambruna en el Cuerno de África, la sequía previa está ahora más extendida: ya no es sólo el sur del país, sino que afecta también a las regiones autónomas de Somaliland and Puntland y a las zonas fronterizas en Kenia y Etiopía.

La sequía ha dejado inutilizados numerosos pastos en el valle del Rift (Pablo L. Orosa)

“En muchos aspectos”, señala un informe de UNICEF, “la situación es peor que en 2010-2011”: este es el tercer año consecutivo de sequía en la región y ésta se prevé que empeore en los próximos meses. Además, los conflictos regionales se siguen intensificando, lo que dificulta el acceso a algunas áreas y aumenta el número de refugiados y de los brotes de enfermedades transmisibles.

Si entre octubre de 2010 y abril de 2012 más de 260.000 personas murieron en la hambruna que afectó Somalia, los resultados de una nueva catástrofe humanitaria en 2017 son potencialmente devastadores. "El riesgo de muertes masivas por hambrunas entre las poblaciones en el Cuerno de África, Yemen y Nigeria está aumentando", advirtió en abril el portavoz de la ACNUR, Adrian Edwards, quien cifró en 20 millones las personas que se encuentran en riesgo de inanición en Etiopía, Somalia, Nigeria, Yeman y Sudán del Sur.

Desplazados

Sólo en Somalia hay ya 2,9 millones de personas necesitadas de asistencia y la ONU calcula que la cifra de menores afectados por la desnutrición se dispare un 50%, incluyendo a más de 275.000 menores en riesgo directo de muerte por inanición. Los inseguridad latente, que impide el acceso de asistencia humanitaria a las zonas controladas por las milicias de Al Shabaab, no hacen más que multiplicar las dimensiones de la tragedia.

Como ocurrió durante la crisis de 2011, en las regiones costeras de Galmudug y Puntland muchas jóvenes han vuelto sus ojos hacia la piratería para hacer frente a la crisis. Entonces, mientras más de 260.000 personas morían de hambre, en algunas localidades pesqueras próximas a Hobyo los coches de alta gama avanzaban por veredas polvorientas. Los comercios estaban repletos y los jóvenes eran enviados a estudiar a las mejores universidades de Nairobi o Kampala. Un lucrativo negocio, que en 2011 alcanzó los 7.000 millones de dólares, que ha vuelto a repuntar: tras un lustro casi sin ataques, desde marzo, los bucaneros, piratas para unos, pescadores desesperados para otros, han perpetrado casi una decena de ataques en el golfo de Adén.

La retirada de la operación Ocean Shield de la OTAN, la relajación en las medidas de seguridad por parte de las navieras -apenas el 20% de los barcos atacados desde marzo contaba con guardias armados a bordo- y la crisis en Yemen -algunos expertos advierten de que inversores yemeníes quienes estarían aprovechando el caos que vive su país para patrocinar estos últimos ataques, financiándolos con armas, combustible y motores- hacen augurar un repunte de la conflictividad en la zona en los próximos meses. “Si a este contexto le añadimos la hambruna, no parece que el problema pueda mejorar”, sentencia el experto en seguridad marítima y piratería Fernando Ibáñez.

Sudán del Sur, los ecos de la guerra

En el centro para refugiados de Impevi, en el norte de Uganda, nadie puede olvidar la imagen de aquella niña. “Pesaba poco más de un kilo”, recuerda Dancan Owino, responsable del programa de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el campo. Cada día, se cuentan por decenas los niños que llegan aquí, tras una tortuosa travesía huyendo de la guerra, con síntomas graves de malnutrición.

Tras tres años de guerra, la producción agrícola y ganadera de la que depende la mayoría de la población de Sudán del Sur está devastada y las constantes refriegas impiden la asistencia humanitaria. El resultado: el 40 por ciento de los sursudaneses están amenazados por una hambruna que ya se ha cobrado decenas de víctimas y que no les abandona ni aunque logren huir del país. La falta de fondos ha obligado a recortar la ayuda humanitaria a los refugiados. “Tenemos hambre”, se escucha entre las sombras que esperan impacientes el reparto de comida.