Publicado: 09.12.2013 16:44 |Actualizado: 09.12.2013 16:44

Los 'afrikaners' no lloran a Mandela

Orania, un enclave en el corazón de Suráfrica, vive bajo sus propias reglas, alejado de los homenajes al expresidente, y con la esperanza de convertirse en región soberana

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Suráfrica vive desde el pasado jueves inundada por una emoción desbordante sin parangón. Un dolor compartido por la pérdida de Nelson Mandela, un referente de integridad, rectitud y reconciliación para la mayoría de sus compatriotas. 

No es raro ver durante estos días escenas de surafricanos despidiendo a su líder entre lágrimas. Pero no ha sido así en todo el país. La muerte de Madiba ha dejado impasible a una pequeña parte de ellos, los herederos del régimen de dominación blanca contra el que Mandela luchó durante toda su vida. En Orania, un enclave afrikaner en el corazón del país, la noticia del fallecimiento de su expresidente ha pasado sin más pena que gloria. 

Frederik de Klerk, el último mandatario surafricano blanco y ganador del Nobel de la Paz por su contribución a acabar con el régimen del apartheid, aseguró que todos los afrikaners "tenían tambien sentimientos de cariño hacia Nelson Mandela". No es así entre los 1.700 residentes de Orania. Este asentamiento vive inmerso en sí mismo. Alejado del mundo exterior, del resto del país, y con la pretensión de preservar su cultura y su idioma a toda costa, tiene incluso su propia moneda, la Ora. 

Sus habitantes niegan ser racistas, pero sus pretensiones separatistas dejan ver su incomodidad en una Suráfrica dirigida por un Gobierno de mayoría negra tras décadas de dominación blanca. "No queremos el permiso de nadie. Si te constituyes a ti mismo y actúas de una manera ordenada dentro de las grandes líneas de una Constitución, no se debería pedir permiso a nadie", defiende Carel Boshoff, presidente del Movimiento Orania e hijo de unos de sus fundadores, sobre su modo de vida.

Mandela, que se convirtió en 1994 en el primer presidente negro de Suráfrica tras pasar 27 años en la cárcel, sorprendió a los residentes de Orania cuando les visitó al año siguiente de tomar posesión. Su imagen rodeando con el brazo a la viuda de Hendrik Verwoerd, uno de los ideólogos del régimen racista del apartheid, dio la vuelta al mundo. "Quiero una Suráfrica unida, donde podemos dejar de pensar en términos de color", proclamó el mandatario en todo un gesto de conciliación.

Esta visita a lo más profundo de la comunidad afrikaner le afianzó como uno de los personajes más respetados del mundo, incluso entre los propios afrikaners. Sin embargo, al mismo tiempo provocó una mezcla de sensaciones dentro del país, incluyendo la ira tanto de parte de la población blanca como de la población negra.

Dos décadas después de su creación, Orania sigue igual. El legado de Mandela no caló en esta pequeña comunidad. "Realmente no sé mucho de él", se escuda una mujer de edad avanzada al ser preguntada sobre la muerte del expresidente antes de huir rápidamente de los reporteros. Al igual que un grupo de jóvenes interpelados en una cafetería, que apenas levantan la mirada de sus bebidas u ofrecen una respuesta más allá de un monosílabo.