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Alegría en Túnez por los "hermanos libios"

El asesinato de Muamar Gadafi es recibido con celebraciones masivas en el país vecino

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El tema de conversación en las calles de Túnez es uno: la muerte de Gadafi. Los tunecinos se desayunaron ayer las fotografías más sangrientas en la primera página de los periódicos. Las mismas cabeceras que hace un tiempo daban apoyo incondicional al dictador tunecino, Zine Al Abidine Ben Alí, ahora están completamente volcadas a la transición a la democracia. La historia galopa velozmente en los países árabes.

Por lo menos esto es lo que se respira en la avenida más importante de la capital, llamada Habib Bourguiba en honor al primer presidente que tuvo el país tras su independencia de Francia. Es tal la brisa de libertad que los tunecinos se han acostumbrado a la presencia del Ejército y sus tanques frente al Ministerio del Interior, escenario de las principales manifestaciones.

Medio millón de libios han llegado a Túnez durante la guerra civil

Con el paso de los días, las exageradas medidas de protección que salvaguardan el edificio y su entorno imponen menos. La mayoría de tunecinos deambulan por el centro de la ciudad despreocupados y con una sonrisa, saludándose, hasta con cuatro besos, cada vez que encuentran un conocido.

Incluso los libios heridos de guerra que abundan en la ciudad ya forman parte del paisaje. No hay cálculos exactos pero se cree que un millón de libios, o uno de cada seis habitantes, ha abandonado su país en los últimos meses. La mitad se encuentran repartidos por Túnez, aunque los que necesitan ayuda médica se refugian en la capital.

En el céntrico hotel El Hana Internacional se alojan decenas de libios heridos. Algunos con sus extremidades amputadas, otros con heridas o solamente con vendajes. Tampoco en sus caras se dibujan señales de preocupación. Dan la impresión de estar a gusto recuperándose en el país vecino y de sentirse orgullosos de haber derrocado a su dictador.

Los precios de algunos alimentos básicos, como la leche y los huevos, se han disparado en Túnez a raíz del éxodo libio, pero incluso esto no parece preocupar a nadie. 'Los libios no son inmigrantes, ni refugiados. Están en su casa. Son nuestros hermanos', dice convencido Abderrazek, un oficinista que pasa cada día por el hotel. 'Túnez es un país pequeño y queremos tener buena relación con las naciones que nos rodean. Cuando nosotros vamos a Libia también somos muy bien recibidos'.

La alegría estalló el jueves con la noticia del asesinato de Gadafi. La mayoría de cafés, dónde los tunecinos pasan largas horas tomándose un té, jugando al dominó o aspirando el humo de la shishas pipas de agua estaban más vacíos de lo habitual. La atención se centrada en las televisiones, las mismas que reúnen a los aficionados de las ligas europeas de fútbol.

Los dueños de bares, restaurantes e, incluso, hammans, cambiaban constantemente de canal para encontrar las imágenes que certificaran la muerte del vecino dictador.

'No son refugiados ni inmigrantes, son nuestros hermanos', dice un tunecino

Cientos de personas se congregaron en el exterior de la embajada libia, donde la bandera de los insurgentes fue izada en la azotea del edificio en señal de victoria. 'Esto se ha terminado. Por fin somos libres. No olvidaremos a nuestros mártires', gritaban jóvenes entusiasmados ondeando la bandera tricolor.

'Gadafi ha marcado la historia del mundo árabe. Estamos en plena transición', explica a Público el sociólogo tunecino Senim Ben Abdalá. 'Túnez y Libia son dos países muy unidos desde hace tiempo por razones históricas y comerciales. Ha habido siempre un intenso intercambio de gente aunque los gobiernos no se entendieran. Esta solidaridad espontánea que ha permitido que mucha gente acogiera a libios en su casa'.

Ahora parece que Túnez puede ser también el faro para otros países árabes. 'Aún con el régimen de Ben Alí, los libios encontraban aquí más libertad que en su país. Creo que ahora los tunecinos tenemos que demostrar que la transición democrática es posible. Que podemos abrir una nueva página de la historia y convertirnos en una fuente de esperanza', agrega Abdalá.