Publicado: 20.11.2015 20:47 |Actualizado: 21.11.2015 08:00

Argentina elige presidente con el oficialismo tocado ante una posible derrota

La sensación de triunfo del conservador Macri crece desde la primera vuelta, en la que el peronista Scioli le sacó tres puntos de ventaja. Ahora, las encuestas le dan como ganador.

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Una hombre camina frente a una valla de propaganda electoral en Buenos Aire. / EFE

Una hombre camina frente a una valla de propaganda electoral en Buenos Aire. / EFE

BUENOS AIRES.- La segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Argentina que se celebran este domingo para elegir al sucesor de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha creado un escenario completamente distinto del que se pudo apreciar en las vísperas de la primera vuelta de los comicios, celebrados el pasado 25 de octubre.

Por entonces parecía que el claro vencedor de aquel día iba a ser el aspirante del oficialismo a la presidencia, Daniel Scioli, y que se trataba de dilucidar si conseguiría los votos suficientes para consagrarse como vencedor, o tendría que esperar a la segunda vuelta para derrotar a su rival, el candidato opositor Mauricio Macri, del frente de centroderecha Cambiemos.



Aquella jornada desveló una situación imprevista. El más votado fue Scioli, pero no llegó a obtener ni tres puntos de diferencia con Macri. Ninguna encuesta había pronosticado un resultado tan ajustado.

Por si fuera poco, Cambiemos arrebató al oficialismo la gobernación de la provincia de Buenos Aires, el distrito más importante del país con el 37% del padrón electoral. La candidata de Macri en esa provincia, María Eugenia Vidal, le ganó a un desprevenido Aníbal Fernández, jefe de gabinete de ministros del actual Gobierno.

Sorprendido como todos, aquel día Macri celebró la situación de ventaja que lo consagraba, simbólicamente, como el verdadero ganador de aquellas elecciones. Desde entonces, esa sensación de triunfo no ha hecho más que aumentar. Todas las encuestas lo dan por ganador, casi todas lo sitúan por encima de los 50 puntos. Sólo una, hace una semana, rescataba a Scioli como el posible vencedor, y por un margen de tres puntos. Los indecisos, eso sí, oscilan entre el 4 y el 11% según qué sondeo.

Frentes abiertos

Hay otro factor que desgasta a Scioli, y es el que libra hacia afuera y hacia dentro de su coalición Frente para la Victoria (FpV). Es de público conocimiento la poca química que hay entre la presidenta y el candidato. La organización kirchnerista La Cámpora, que preside el hijo de la mandataria, Máximo Kirchner, no acudió a los actos proselitistas de Scioli para apoyarlo. Incluso las intervenciones de gente cercana a la mandataria, como Aníbal Fernández o la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, le hacen más daño que el silencio.

Faltan menos de 20 días para que Cristina Fernández traspase simbólicamente el poder a su sucesor. Macri acaricia esa imagen, y no tuvo problemas en hacerlo público hace unos días. “Los fotógrafos se van a pelear por la imagen de Cristina dándome la banda presidencial", alardeó, dichoso de sí.

El conservador, que ha gobernado la capital argentina por ocho años y creó su partido PRO hace trece, consiguió para estas elecciones hacer una alianza bajo el nombre de Cambiemos que integrase entre otros partidos al del radicalismo, el segundo movimiento con el mayor despliegue territorial en el país por detrás del peronismo.

La Unión Cívica Radical (UCR) que representa al radicalismo no ha conseguido impulsar entre los suyos a un referente que tenga encanto propio para poder llegar a la Casa Rosada, el palacio de Gobierno. Dos presidentes radicales pudieron llegar al poder tras el retorno de la democracia, Raúl Alfonsín (1983-1989) y Fernando de la Rúa (1999-2001). Ninguno terminó su mandato.

Uno de los actuales dirigentes del radicalismo, Ernesto Sanz, se disputó con Macri la precandidatura a la presidencia bajo el frente Cambiemos en las elecciones primarias del 9 de agosto. Ganó el jefe de Gobierno porteño por mucho, así que ahora él lidera un frente mucho más influyente que antes, con la ciudad de Buenos Aires bajo su órbita y con la provincia homónima a punto de ser suya.

Final de campaña

En estos días, Scioli ha buscado comunicarle a los votantes el peligro que representaría Macri para el país como representación del pasado nefasto que sufrió Argentina en torno a la crisis de 2001. Sus intentos por capturar los votos del peronista disidente Sergio Massa, que quedó tercero en las elecciones presidenciales, se alternaban con su esfuerzo por mostrarse independiente. “Soy más Scioli que nunca”, aseguró a finales de octubre. “Que quede claro de una vez por todas: si gano yo, mando yo”, insistió por si acaso hace una semana.

Macri ha conseguido esquivar las acusaciones con sonrisa de vencedor y promesas de cambio. De sus propuestas políticas, poco ha dado a conocer. Las medidas económicas que tomaría ni las menciona, se cuida de adelantar quién sería su ministro de Economía, y procura que sus economistas cercanos no hablen de más.

El pasado domingo, ambos se enfrentaron en un debate histórico con récord de audiencia. Ninguno se salió del eje que predominaba en sus respectivos discursos. Lo mismo sucedió este jueves en los actos de cierre de sus campañas electorales.

El opositor acudió a la provincia de Jujuy, al norte del país, para tener un cierre digno de película, con el escenario idílico que ofrecía la Quebrada de Humahuaca de fondo, Patrimonio de la Humanidad. Scioli se sumergió en el corazón de la provincia de Buenos Aires, un bastión peronista como lo es La Matanza, el partido más extenso y poblado del conurbano. La palabra kirchnerismo fue sustituida por la de peronismo.

Con esta situación, más de 32 millones de argentinos han sido llamados a votar este domingo.

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