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Battisti, los jueces e 'Il Cavaliere'

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El Gobierno italiano hace bien pidiendo la extradición del terrorista refugiado en Brasil y defendiendo el honor de la magistratura. Pero, entonces, ¿por qué el premier huye de esa misma magistratura?

No podemos hacer sino apoyar a nuestro Gobierno cuando este pide formalmente a Brasil la extradición de Cesare Battisti. Y creo que lo mismo debería pensar quien considere, tal vez, que Battisti ha sido víctima de un error judicial: porque, incluso tratándose de un error judicial, no sería competencia del Gobierno brasileño decidirlo, a no ser que declarase, pública y formalmente, que el Estado italiano era en el momento de la condena, y sigue siendo, un aparato dictatorial que pisotea los derechos políticos y civiles y conculca la libertad de sus ciudadanos.

La petición de extradición es necesaria, en cambio, porque se asume que los tres grados de juicio a los que Battisti ha sido sometido fueron una representación del ejercicio de la Justicia por parte de un país democrático y de una magistratura independiente de cualquier diktat político (porque, además, para aquellos que pudiesen tener motivos de desconfianza hacia el Gobierno de Berlusconi, aquellaacción de la magistratura se llevó a cabo cuando en Italia Berlusconi era todavía un ciudadano de a pie).

¿Quiere Berlusconi emigrar a Brasil para pedir a su Gobierno la misma protección que ofrece a Battisti?Por lo tanto, pedir la extradición de Battisti significa defender la dignidad de nuestra magistratura y cualquier ciudadano democrático debe apoyar en este caso la actuación del Gobierno (y de la presidencia de la República).

Y nos veríamos tentados a decir: bravo por el honorable Berlusconi, su comportamiento es impecable. Pero, entonces, ¿por qué el propio honorable Berlusconi, cuando la magistratura inicia una acción penal en su contra (y ni siquiera lo condena injustamente a cadena perpetua, sino simplemente lo convoca a defenderse de una acusación quizás infundada, protegido por todos los privilegios políticos del caso), no sólo se niega a presentarse ante los jueces sino que pone en entredicho el derecho de estos a ocuparse de su caso? ¿Quiere quizás declararse solidario con Battisti en la labor común de deslegitimación de la magistratura italiana? ¿Quiere quizás prepararse a emigrar a Brasil para pedir a su Gobierno la misma protección que ofrece a Battisti contra la presunta ilegitimidad del comportamiento de nuestros magistrados? O bien, si considera que los magistrados que condenaron a Battisti fueron personas honestas, cuya dignidad debe defenderse para preservar el honor del propio Estado italiano, ¿cree sin embargo que Ilda Bocassini no es una mujer de honor y usa para juzgar a nuestra magistratura dos pesos y dos medidas? ¿La considera honorable y honesta cuando condena a Battisti pero deshonorable y deshonesta cuando investiga sobre Ruby?

Dirán los defensores del honorable Berlusconi que Battisti no hace bien huyendo de la Justicia italiana, porque en su interior sabe que es culpable, mientras que Berlusconi, con toda la razón, hace lo mismo porque en su interior se considera inocente. Pero ¿cuánto puede aguantar este argumento?

Uno no puede beneficiarse de la ley si actúa en su favor y rechazarla cuando decide algo que no le gustaLos que lo utilizan parecen no haber reflexionado sobre un texto que, cualquiera que haya ido al instituto (como le sucedió al honorable Berlusconi), debería haber conocido, y que es el Critón de Platón. Para quien lo haya olvidado, les haré un breve resumen: Sócrates ha sido condenado a muerte (injustamente, nosotros lo sabemos y él lo sabía) y está en la cárcel esperando la copa de cicuta. Lo visita su discípulo Critón, que le dice que todo está preparado para su fuga, y utiliza todos los argumentos posibles para convencerlo de que tiene el derecho y el deber de escapar de una muerte injusta.

Pero Sócrates responde recordando a Critón cuál debe ser la postura de un hombre de bien ante la majestuosidad de las leyes de la Ciudad. Al aceptar vivir en Atenas y disfrutar de todos los derechos de un ciudadano, Sócrates reconoce la bondad de aquellas leyes, y si se atreviese a negarlas sólo porque en un determinado momento estas actúan en su contra, repudiándolas contribuiría a deslegitimarlas y, por consiguiente, a destruirlas. Y uno no puede beneficiarse de la ley mientras actúa en su favor y rechazarla cuando decide algo que no le gusta, porque con las leyes se ha cerrado un pacto y este pacto no se puede romper a nuestro antojo.

Tengamos en cuenta que Sócrates no era un hombre de Gobierno, porque entonces debería haber dicho mucho más. Y que por ejemplo –si se creyera en el derecho de ignorar las leyes que no le gustaban– como hombre de Gobierno ya no podría haber pretendido que los demás cumpliesen con aquellas que a ellos no les gustaban, y no cruzasen con el semáforo en rojo, no pagasen los impuestos, no saqueasen los bancos o (y es sólo una manera de hablar) no abusasen de menores.

Estas cosas Sócrates no las dijo, pero el sentido de su mensaje sigue siendo el que es, alto, sublime, duro como una roca.

*Léspresso, distribuido por The New York Times Syndicate