Publicado: 27.05.2014 07:00 |Actualizado: 27.05.2014 07:00

Bienvenido Mr. Sisi

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Las elecciones presidenciales del lunes y el martes completan la segunda fase de la Hoja de Ruta que se marcó el exmariscal Abdel Fattah al Sisi cuando dio el golpe de estado de julio, y no hay duda de que los votantes egipcios lo van a aupar a la más alta institución del país, poniendo fin al experimento democrático que se inició con la revolución que depuso a Hosni Mubarak hace más de tres años.

Está previsto que los resultados oficiales se den a conocer el jueves, pero nadie duda de la victoria de Sisi, ni siquiera su único rival, el naserista Hamdin Sabahi. El recuento de las papeletas depositadas por los emigrantes en las representaciones diplomáticas de todo el mundo no puede ser más explícito: el 93% de los emigrantes ha votado al exjefe de los servicios de inteligencia militares, cargo para el que fue nombrado por Mubarak en 2011.

Las dudas van por otro camino, en realidad no muy relevante para el resultado, es decir si esta vez votará más del 46,2% del censo que participó en la elección del primer presidente democrático, Mohammad Morsi, el islamista de los Hermanos Musulmanes que solamente pudo mantenerse en el poder un año, hasta que fue depuesto por Sisi.

Formado en las academias militares del Reino Unido y Estados Unidos, Sisi, de 59 años, es un militar que estuvo en la sombra hasta que el propio Morsi lo designó ministro de Defensa para librarse de otro mubarakista, el mariscal Tantawi, que desempeñó el cargo durante décadas y del que Morsi nunca se fió.

Sisi ha prometido no bajar la guardia y mantener mano dura contra los islamistas. De hecho, desde el golpe de julio ha descabezado y desarticulado a los Hermanos Musulmanes de una manera que ni siquiera había hecho Mubarak. Las cárceles están llenas de islamistas y Sisi va a continuar por la misma línea sin darles ningún respiro.

En estas elecciones se han acreditado 17.000 observadores, de los que 700 son extranjeros, incluidos los de la Unión Europea y los de distintas organizaciones africanas. Hace dos años estos mismos observadores confirmaron la libre elección de Morsi y ahora van a confirmar, también sin pestañear, la libre elección de Sisi.

La postura de Occidente ante el proceso que vive el país ha cambiado en los últimos meses hasta considerar que es inevitable la victoria de Sisi, lo que significa que directa o indirectamente avalan el golpe de julio. Eso sí, todo se está haciendo democráticamente para que nadie se rasgue las vestiduras.

Al margen de su extrema dureza para con los islamistas, Sisi ha prometido sanear la economía. Para ello cuenta con el apoyo interesado de los países del Golfo, todos ellos ansiosos por poner fin en Egipto al experimento del llamado "islam político" que encarnan los Hermanos Musulmanes.

Desde poco después del golpe los países del Golfo comenzaron a inyectar miles de millones de dólares, y no cabe duda de que las ayudas se incrementarán a partir de ahora, puesto que no hay nada que esos países teman más que la politización de la religión y una eventual expansión de la misma por la región.

Trabajadores sellan papeletas mientras los votantes llegan a depositar sus votos durante el primer día de las elecciones presidenciales.  EFE

Hamdin Sabahi no tiene ninguna posibilidad de vencer. Su campaña se ha basado en prometer una lucha contra la corrupción y el despotismo, pero es justamente el despotismo a lo que aspiran, como mal menor, los egipcios que acuden a las urnas para poner fin a la transición islamista. Consideran que el despotismo es preferible al caos.

Algunas formaciones minoritarias han abanderado la abstención, aunque por distintos motivos que los Hermanos Musulmanes, de ahí que sea importante conocer qué porcentaje de egipcios acude a las urnas. Sin embargo, la campaña de los medios oficiales y del conjunto de los medios privados ha sido inequívoca a favor de Sisi.

Numerosos egipcios han declarado durante las pasadas semanas que van a votar a Sisi porque quieren un líder fuerte, y esta ha sido la imagen que ha transmitido el exmariscal durante la campaña de baja intensidad. En otras palabras, la población ha decidido renunciar al experimento democrático que le ofreció la caída de Mubarak siguiendo la máxima de Goethe de que "es preferible la injusticia al desorden".

Los Hermanos Musulmanes pueden alegar, y seguramente no les falta razón, que las elecciones no son legales y que el único presidente legal sigue siendo el detenido Morsi, pero eso no les va a librar de la persecución. Una de las últimas decisiones del gobierno ha consistido en anular las amnistías que Morsi promulgó generosamente a favor de muchos de sus seguidores encarcelados durante el régimen de Mubarak.

De esta manera Egipto pasa página para adentrarse en un territorio ya conocido, el que ha pisado desde el golpe de estado de los Oficiales Libres de hace seis décadas, un territorio que garantiza un buen número de las libertades personales (pero no políticas, ni en muchos casos religiosas) de los ciudadanos.

Al fin y al cabo fue el régimen militar el que alimentó las ansias de mayor libertad de quienes que se concentraron en la plaza Tahrir el 25 de enero de 2011, un movimiento que sin embargo fue minoritario y no consiguió acabar con el régimen que había creado un ambiente propicio para los disidentes. El camino hacia la democracia plena tendrá que esperar todavía bastantes años.