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"Un café con piernas, por favor"

Los cafés con camareras ligeras de ropa proliferan en Santiago de Chile, adonde el destape ha llegado en el siglo XXI 

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Sheila viste un tanga negro. Tacones altos. Un mini bikini que mal oculta sus pezones. Camina, superlativamente curvilínea, bajo unas luces rojas y apagadas. Y se acerca al cliente, restregándole los senos, para hacer la pregunta que realiza cada día. No le interrogará acerca de sus preferencias sexuales. Ni siquiera soltará el clásico ¿buscas compañía? Ella sabe lo que quiere este cuarentón de traje oscuro y corbata impecable: un café con leche. Sólo eso. 'Y un poco de cariño y conversación', afirma Sheila mientras roza a los clientes con sus pechos rígidos y neumáticos.

No se trata de un prostíbulo. Ni siquiera es una barra americana con strippers. Son las 12,20 horas. En el Café Ali Babá, en la céntrica calle Amunategui de Santiago de Chile, está prohibido vender alcohol. Nada de habitaciones. Sheila se limita a servir cafés, tés. Y es que el Ali Babá es un café con piernas, un tipo de local que causa furor en la Chile posPinochet.

Sheila sonríe. Besa. A algunos clientes les acaricia. 'Esto es un negocio redondo, con futuro, soy consultor y sé lo que digo', afirma un hombre de mediana edad. A su lado, Miguel un treintañero de mirada vivaracha medita en alto: '¿Voy a tomar un café rodeado de viejos o de mujeres bonitas que me tratan bien?'.

¿Cabarets descafeinados? ¿Clubes de señoritas de compañías? ¿Cafés-con-piernas-pero-sin-roce? Paulina Morán, propietaria del Macumba, uno de los locales más in, lo tiene claro: 'Nosotros tenemos patente de café, no de cabaret. Una chica con poca ropa te sirve un café. Eso es todo'. Y es que los más de 200 cafés con piernas del centro de Santiago son, teórica y legalmente, cafeterías. Y en ninguno, por lo menos oficialmente, se practica sexo.

Martí, una sensual dominicana de 38 años que trabaja en el Macumba, susurra al oído: 'La chupo rico'. Su compañera cara cansina, ojos apagados se suelta bajo el anonimato: 'Me limito a escuchar sus problemas. Ellos te toman cariño, pero no estoy aquí para enamorarme'. Nada de sexo. Pero, a todas luces, o sombras, en el Macumba hay más que piernas. Suena reggaeton.

Una mulata arrincona a un hombre. Le abraza. De vez en cuando, deja que le bese el pecho. Una vuelta por el Ali Baba redondea la escena de casi-sexo calenturiento: camareras restregando traseros, tocando paquetes y metiendo manos en calzonzillos.

¿Excitómetros sin sexo? El sociólogo chileno Eugenio Troli ve en estos cafés con piernas 'una metamorfosis del país desde el regreso de la democracia'. Otros intelectuales como Martín Hopenhayn piensan que Chile se ha convertido en 'un convento abierto al mundo'. Mercado globalizado. Cultura parroquial. Represión sexual. Y un destape tardío que llegó apenas en el siglo XXI. 'Algunas chicas practican sexo anal para no perder la virginidad', afirma Bryan Holmes, un músico progre al que le avergüenza el éxito de los cafés con piernas. En Chile un país que aprobó la Ley del Divorcio en 2004, y donde el aborto está prohibido y conseguir la píldora del día después es casi imposible los tabúes impregnan el día a día. 'Hay todavía mucha represión sexual. Los cafés con piernas son la mayor prueba de ello', afirma Marianela Jarroud, una periodista venezolana afincada en Santiago.

19.00 horas. Interior del Café Ikabarú, en la calle San Antonio. Hora punta. Las oficinas se vacían. Los cafés con piernas se llenan. Arturo (nombre ficticio), un ejecutivo, habla desmelenado: 'La gente viene mucho entre trámites. Vas al juzgado, y un cafecito con piernas'. Suena una versión cutre-discotequera de Michael Jackson.

Melissa, de 18 años, sirve un café. Sonríe. Habla sólo cuando se le pregunta: 'Trabajo para pagarme la carrera. Mi sueño es ser diseñadora gráfica'. Arturo, el ejecutivo, filosofa sobre destape, sobre modernidad. Charla sobre los reality shows picantes que abundan en televisión desde 2003. Del Consultorio sexual-sentimental del Rumpy, un popular programa radiofónico donde 'hace unos años dice llamó una pareja que estaba haciendo el amor'.

Arturo recuerda el desnudo colectivo montado por el artista estadounidense Spencer Tunick en Santiago el 30 junio 2002. Batió el récord del propio fotógrafo en número de participantes. 'Muchos se escandalizaron, pero los tiempos cambian', murmulla.

Melissa escucha la conversación en silencio. Mira la silueta casi desnuda que le devuelve el espejo. Para ella, todo fue siempre igual. Es demasiado joven. Todo sigue igual de destapado, exactamente igual de oculto. 'Me gusta la música romántica para escuchar, el reggaeton para bailar', dice tímida. ¿Y el sexo? 'Sólo con mi novio'. Besa al ejecutivo en la mejilla, se despide. Arturo le devuelve la sonrisa. Y confiesa que muchos días, tras la realidad eréctil de los cafés con piernas, le cuesta concentrarse en el trabajo.