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Así cayó el Muro

Vivencia. Relato de un periodista que atravesó Checkpoint Charlie en una noche histórica

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Desde la semioscuridad de la zona oriental de Friedrichstrasse, las luces de Checkpoint Charlie se veían por primera vez eclipsadas por otras ráfagas luminosas desde Berlín Occidental. Más increíble aún, las luces procedían en muchos sitios de lo alto del mismísimo Muro, donde cientos de jóvenes encaramados gritaban: '¡Venid aquí! ¡Venid aquí!' Mirándoles desde lejos, pequeños grupos de berlineses del Este avanzaban lentamente, inseguros, hacia el puesto de control policial. Eran las nueve de la noche del 9 de noviembre de 1989.

Cuando llegué a la barrera, los guardias fronterizos informaban a los primeros atrevidos de que, sí, podrían cruzar libremente por primera vez en 28 años, pero antes tendrían que conseguir visados de salida en la central de la Policía de Aleksanderplatz. Así que atravesé solo el checkpoint, gracias a mi acreditación de Prensa, y, al caminar hacia el otro lado, se redobló el rugir de los que estaban agolpados ante el control occidental. Creían que era el primer conciudadano en pasar y su decepción fue tremenda al comprobar mi identidad.

Al otro lado del control, creían que era el primer oriental en cruzar y su decepción fue tremenda

Una hora más tarde, ante la Puerta de Brandeburgo, miles de personas habían ya trepado al Muro y entonaban sin cesar: '¡Abrid las puertas! ¡Abrid las puertas!' La escena se repetía en todos los cruces de la cicatriz que dividía la ciudad y la presión de uno y otro lado acabó por vencer la resistencia de los desconcertados guardafronteras, que llamaban frenéticamente pidiendo instrucciones a unos mandos incapaces de responderles.

A las 23.25 horas, el comandante del destacamento de Bornholmer Strasse no pudo más y dio orden a sus hombres de levantar las barreras y hacerse a un lado. La riada humana no esperó y pasó por encima y por debajo de las vallas, vitoreada por la multitud que esperaba al otro lado. El primer héroe fue alzado en hombros y lanzado al aire, mientras agitaba su documentación germano-oriental.

A medianoche, las autoridades de la RDA ordenaron dar paso libre en todos los puntos y Berlín Occidental estalló en el delirio. Las calles estaban repletas de gente que cantaba, se abrazaba y reía como si se hubiera anunciado el fin de una larga guerra. Cientos de vehículos hacían sonar sus bocinas al unísono en la céntrica Kurfürstendamm, totalmente bloqueada, y en cada esquina se desarrollaban mítines improvisados. Los pequeños y decrépitos Trabant que entraban al sector occidental eran de inmediato rodeados por una escolta de Mercedes y BMW que les acompañaban, como una estruendosa guardia de honor, hasta la destruida iglesia en Breitscheidplatz, símbolo de Berlín Oeste, donde les esperaba una multitudinaria recepción. En la Puerta de Brandeburgo, docenas de jóvenes bailaban y cantaban sobre la imponente muralla de hormigón.

Miles de jóvenes se habían encaramado al Muro y gritaban: '¡Abrid las puertas!'

Regresé a Checkpoint Charlie a las tres de la madrugada y en unas horas el siglo había cambiado de mundo: era una locura de reencuentros de familiares y amigos separados durante decenios, de borracheras y bailes, de fuegos artificiales y continuos vítores, cada vez que un nuevo grupo salía de la zona oriental. Los recién llegados, acosados por las cámaras de televisión, apenas atinaban a balbucear algunas frases de felicidad. Uno de ellos volvió a cruzar apresuradamente el Muro en dirección contraria para ir corriendo a buscar a su esposa, quien se había quedado en casa, convencida de que era imposible que se hubiese desplomado el telón de acero.

La verdad es que ni siquiera nos lo habíamos acabado de creer los que horas antes habíamos escrito la información. Los que asistimos esa tarde a la rueda de prensa de Günther Schabowski, jefe de Propaganda del nuevo Politburó de Egon Krenz, tras la caída de toda la plana mayor de Erich Honecker (el 18 de octubre), le vimos titubear mientras repetía casi uno por uno todos los objetivos marcados por Gorbachov para la perestroika, incluida 'la reforma integral del sistema económico' de la RDA.

A las 23.25, el jefe de la guardia en Bornholmer Strasse no pudo más y ordenó abrir la barrera

Ese era el gran tema del día y yo empecé a escribirlo en uno de los tres enormes aparatos checos de télex del Centro Internacional de Prensa de Berlín Oriental, antes de que terminara el turno de preguntas; tanto por la premura del cierre de la primera edición como por temor a quedarme sin medio de transmisión cuando corrieran a hacerlo los compañeros. Al mismo tiempo, por un pequeño televisor en circuito cerrado, iba escuchando cómo Schabowski anunciaba que se concedería visado a los alemanes orientales para viajar a la RFA sin tener que recurrir a la huida a través de Hungría o Checoslovaquia.

Acosado a preguntas sobre cuándo entraría en vigor esa libertad para cruzar el Muro y sin que tuviera entre sus notas la fecha concreta decidida por Krenz (un día después), Schabowski se atropelló con unas palabras históricas: 'De inmediato... la orden entra en vigor de inmediato'.

Apagué de golpe el télex, verifiqué lo que parecía increíble y me puse a escribir una nueva crónica en medio de la histeria general... tenía un transmisor en mi poder y algunos colegas parecían dispuestos a matarme por conseguirlo.

Un hombre dio media vuelta en busca de su mujer, que se quedó en casa sin poderlo creer

Después de cenar con una docena de enviados especiales extranjeros, yo era el único que había reservado hotel en Berlín Occidental y por ello fui solo a cruzar Checkpoint Charlie. Pero aún más sobrecogedoras que aquellas escenas nocturnas fueron las del día siguiente, cuando cientos de miles de berlineses atacaron el Muro con todas las herramientas de la ciudad, que ferreterías y almacenes repartían gratuitamente.

'Vamos a derribar el muro ladrillo a ladrillo y después venderemos los trozos a los turistas', clamaba una joven de la zona oriental que había hecho cuatro horas de cola para cruzar la barrera y poder sumarse a las legiones de picapedreros. Muy pronto, las excavadoras de la propia RDA se sumaron a la gran demolición.

Berlín Occidental acogió a los refugiados de ese terremoto en centros públicos y albergues de campaña, pero en la primera jornada sólo un millar de ciudadanos del Este habían proclamado su intención de quedarse en el otro lado. Uno de ellos lo explicaba así: 'Yo vuelvo ahora a la RDA porque allí están mis padres, mi hogar, mi trabajo y ahora tengo esa esperanza, mi futuro'. Así ha sido.