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Cristina, aislada en el búnker

La presidenta argentina no acepta críticas y se rodea de sectores conservadores del peronismo

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Cristina Fernández no reconoce el golpe. Para la presidenta argentina, el rechazo del Senado a la ley que aumentaba los impuestos a la exportación de la soja es culpa de la traición del vicepresidente, Julio Cobos, y de la deserción de algunos compañeros peronistas. Aunque de haber ganado el pulso con el campo lo habría hecho por un estrecho margen, Fernández no ofrece signos de autocrítica.

Durante los cuatro meses y medio de conflicto con el campo, la presidenta se ha apoyado en el ala más conservadora del peronismo, encarnado por el sindicalismo y los dirigentes del cinturón de la provincia de Buenos Aires. A cambio, se ha olvidado de una buena parte de los pueblos del interior que la apoyaron en las urnas.

Se olvida de sus apoyos

La presidenta hizo caso omiso a las advertencias de los alcaldes aliados en las provincias de Córdoba, Santa Fé, Entre Ríos y Buenos Aires. Pese a que le alertaron sobre las consecuencias “reales” que estaba teniendo el impuestazo sobre los pequeños y medianos productores en las economías locales, Fernández dobló la apuesta. Puestos a elegir entre la espada y la pared, los alcaldes se plegaron al discurso de los productores agrarios. Fernández se encerró en el conservadurismo peronista.

En 2007, la Cristina Fernández candidata representaba “la profundización del cambio”. Para los aliados del Gobierno, ella era una versión mejorada de su esposo. Si Néstor Kirchner había vuelto a colocar un país descarrilado sobre la vía, Fernández debía darle velocidad para saldar las deudas sociales pendientes.

Tras ganar la presidencia con el apoyo del 45% de los votos, entre los tres puntos clave de su programa estaba la lucha contra las desigualdades sociales. Las nuevas prioridades no alcanzaron a su Gabinete. Para profundizar el carácter “nacional y popular” de su Gobierno, lo que hizo fue renovar a casi todo el equipo ministerial de su esposo.

Allí se mezclan nombres que defendieron a capa y espada al peronismo conservador de los ex presidentes Eduardo Duhalde y Carlos Menem. Los hay peores. Aún sorprende más la simbiosis entre el Gobierno y algunos de los más cuestionados dirigentes del sindicalismo argentino.

El líder de la Confederación General del Trabajo, Hugo Moyano, está presente en cada aparición pública de la presidenta y su marido. Es el mismo Moyano al que la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, aliada de los Kirchner, acusa públicamente de haber sido colaborador de la infame Triple A, que persiguió y asesinó a trabajadores y militantes montoneros en el último Gobierno de Juan Domingo Perón.

Los Kirchner han reunido a un grupo de partidarios relevantes nada homogéneo y poco presentable. Luis D’Elía, el piquetero aliado del Gobierno que ahora tilda al vicepresidente de “Judas”, dijo en una entrevista con Página 12 en 2006 que el jefe de Gabinete Alberto Fernández “tiene una visión de derecha recalcitrante”. Los nombres de otros funcionarios y aliados del Gobierno con un pasado oscuro abundan.

Una derrota triple

En 129 días, la presidenta perdió la calle, el discurso y el Congreso. El conflicto con el campo consiguió juntar en una misma plaza a la derecha más rancia con el maoísmo de la Federación Agraria. A modo de desafío, el presidente de esta organización, Eduardo Buzzi –otro que apoyaba al Gobierno antes del conflicto– invitó a Fernández a que gravara con retenciones “a las compañías mineras extranjeras cuyas ganancias aumentaron un 200 o 300%”.

La decisión del Gobierno de anular el impuestazo no le va a ahorrar cicatrices a Fernández ahora que ha dilapidado gran parte del enorme capital político heredado de su esposo. Con tres años y medio de mandato por delante, el golpe ya se nota en las encuestas. La imagen de la presidenta no supera el 30% de apoyos.

La presidenta permanece atrapada en un laberinto y lo refleja en su lectura de la derrota. Desde el inicio de la crisis, ha respondido con autoritarismo a los que le han hecho frente. Ahora tendrá que decidir qué política quiere: la que le llevó a la victoria en las urnas o la que ha aplicado desde entonces.