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Cómo decepcionará Obama a toda la gente de izquierdas

Los progresistas estadounidenses subrayan que el presidente electo se ha rodeado de figuras muy aplaudidas por la extrema derecha

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Cree usted que Barack Obama marca un antes y un después en la historia de la humanidad? ¿Está convencido de que su triunfo supone la llegada de la izquierda al Gobierno de EEUU? Entonces es que no le ha prestado atención a los progresistas estadounidenses.

La obamanía es uno de los fenómenos más arrolladores del siglo, capaz de hechizar por igual a los ciudadanos de EEUU y de los países que este ha situado en el 'eje del mal', de entusiasmar a gente tan dispar como Manuel Fraga y Michael Moore. Pero a medida que se acerca el 20 de enero y la investidura de Obama, este consenso universal se hace imposible. Los primeros signos del candidato el plan económico para superar la crisis, el equipo que le rodea, el silencio sobre Gaza han encendido las alarmas de la izquierda estadounidense, que se muestra ahora mucho más escéptica: 'A diferencia de muchos de mis amigos, yo no estoy decepcionado. Pero esto es porque nunca vi demasiadas razones que justificaran las grandes expectativas creadas', explica a Público Noam Chomsky, lingüista del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y gurú de la izquierda alternativa.

'Obama se ha rodeado de figuras muy aplaudidas y elogiadas por la derecha y la extrema derecha. Sus escasas posiciones explícitas son las de un auténtico halcón', añade. Y concluye: 'Obama ha impresionado a la industria de relaciones públicas, que por algo lo ha elegido Mejor Promotor del año 2008 en la Era de la Publicidad'. Traducción libre: el mejor vendedor de un cambio que no es para tanto.

Algunas de las figuras a las que se refiere Chomsky proceden directamente del equipo de George W. Bush, como el jefe del Pentágono, Robert Gates. Los arquitectos de su política económica desde Robert Rubin a Lawrence Summers promovieron en la etapa de Bill Clinton algunas de las medidas que acabaron provocando el estallido financiero. Y los pesos pesados del Gobierno el vicepresidente, Joe Biden, la secretaria de Estado, Hillary Clinton fueron al inicio entusiastas de la guerra de Irak y mantienen una relación muy estrecha con el poderoso lobby sionista.

Nadie en la izquierda estadounidense interpreta el silencio de Obama sobre la masacre en Gaza como la antesala de un cambio de política con respecto a Israel. 'No me hago ninguna ilusión sobre el proceso de paz en Oriente Próximo', se desnuda John Nichols en una de sus últimas columnas en The Nation, uno de los medios de referencia de los progresistas de EEUU, que ha abierto un espacio en Internet para fiscalizar las reformas y empujar para que tengan una orientación progresista.

Si alguna vez alguien tuvo esperanzas de un giro en las relaciones de EEUU con Israel, se quedó sin argumentos el pasado junio, con la visita de Obama sobre el terreno. Entonces, abogó de manera rotunda e inequívoca por un Jerusalén 'unido' y 'capital de Israel', postulados ambos del ala más dura del sionismo.

La moderación y los elementos de continuidad con respecto al último Gobierno de Bush ya libre de neocons no sólo ha exasperado a la izquierda radical, sino también a los progresistas hermanados con la socialdemocracia europea. Un ejemplo emblemático es el premio Nobel de Economía Paul Krugman, quien en sus últimas columnas en The New York Times ha encendido ya las luces de alarma por la moderación, a su juicio excesiva, del futuro presidente.

'El plan económico de Obama se queda muy corto para lo que ahora se necesita', ha escrito Krugman, quien lamenta 'la distancia' que separa 'su retórica' del 'decepcionante' plan económico que ha presentado. La decepción se ha convertido ya en indignación ante la insinuación de mirar hacia delante y no hurgar en los desmanes de la era Bush: 'El señor Obama debería reconsiderar su aparente decisión de dejar que la Administración Bush escape sin pagar por sus crímenes. Es más: no tiene derecho a tomar esta decisión'.

¿Significa todo esto que da lo mismo Obama que Bush? Ni la izquierda más radical responde afirmativamente a esta pregunta. 'Hay que esperar del nuevo presidente el tipo de cosas que cualquier persona civilizada haría, como cerrar Guantánamo, pero no veo que esto pueda considerarse ejemplar o extraordinario', opina Michael Albert, fundador de ZMag, referente de los grupos antiglobalización estadounidenses. 'Si sustituyes a un maníaco, dar marcha atrás a algunas de sus medidas no significa embarcarse en un auténtico proyecto de cambio', concluye.

'La era de Bush ha sido una de las más oscuras de la historia, con lo que es muy difícil pensar que no habrá mejoras', le secunda Joshua Holland, uno de los animadores de Alternet, quizá la más vibrante herramienta de Internet creada por la izquierda alternativa en EEUU. Holland define a Obama como 'centrista' y le reconoce cualidades de 'mediador', con lo que augura una gestión muy parecida a la de Bill Clinton. Nada que ver con la revolución que esperan algunos. Pero ciertamente un cambio con respecto al Bush manejado por los neocon.

'Los que esperan el fin del imperialismo de EEUU quedarán sin duda decepcionados, pero creo que el mundo respirará aliviado al ver el regreso del tipo de imperialismo blando y de colaboración constructiva con los aliados que había marcado la política exterior estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial', sostiene Holland.

El propio Chomsky admite que Obama difícilmente se embarcará en nuevas aventuras militares, aunque precisa que tampoco Bush se ha atrevido en su segundo mandato. 'Ambos comparten la doctrina expansiva de que EEUU tiene el derecho a invadir los países que considere oportuno', insiste. Pese a ello, reconoce que Obama es quizás un 'progresista'. 'En tal caso, lo tiene muy, pero que muy escondido', bromea.

Si usted no se fía de la izquierda y aún cree que lo que nos espera a partir del martes es una auténtica revolución, lea también lo que dice la derecha: 'Obama probablemente pedirá consejo a Cheney', se regocija William Kristol, ideólogo neocon, en un artículo titulado sarcásticamente Continuity we can believe in. Y ahí va el estado de ánimo de Richard Perle, uno de los más radicales neocon: 'Me siento aliviado. No creo que veamos mucho cambio'.