Publicado: 02.07.2016 08:26 |Actualizado: 02.07.2016 08:26

Tras el fin del sueño otomano, Erdogan recompone la política exterior de Turquía

Un cúmulo de errores muy graves que durante los últimos años ha cometido el presidente Recep Tayip Erdogan, han conducido a Turquía al aislamiento. Sin embargo, Erdogan parece dispuesto a corregir el rumbo y normalizar las relaciones con los países de la zona, una decisión que llega demasiado tarde para la región.

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El presidente de Tuquía, Recep Tayip Erdogan.- REUTERS

El presidente de Tuquía, Recep Tayip Erdogan.- REUTERS

JERUSALÉN – El atentado de esta semana en Estambul ha coincidido con un vuelco radical de la política exterior de Turquía, un país que en 2009 ocupó un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU con un apoyo notable, pero que siete años después estaba más aislado que nunca. En estos últimos siete años el ahora presidente Recep Tayip Erdogan ha conducido una política brusca e incoherente que le ha enemistado con buena parte de los países de su entorno.

Las autoridades de Ankara han identificado a los tres terroristas que ejecutaron el ataque de Estambul, y no es sorprendente que los tres sean islamistas que proceden de las antiguas repúblicas soviéticas y que han pasado por Siria. Ankara responsabiliza del atentado al Estado Islámico aunque esta organización no se lo ha atribuido, como ha ocurrido en algunos casos anteriores.



La deriva autista de Erdogan llegó a su punto culminante en noviembre del año pasado, cuando el sistema de defensa turco derribó un caza ruso en la frontera con Siria. Pero en los años anteriores Erdogan se había implicado en varias de las crisis regionales en territorios que en su momento pertenecieron al imperio otomano, como Siria, Irak y Egipto, además de Israel, Grecia y Armenia.

El mayor error cometido por Erdogan ha sido con la crisis siria. Todo indica que quiso crear una situación ventajosa para Turquía, una idea que han tenido otros países de la región, con Arabia Saudí a la cabeza, que también han impulsado a los grupos yihadistas. Las relaciones de los islamistas de Siria con Turquía están documentadas.

Esta situación solo cambió el año pasado, cuando Erdogan autorizó a los cazas de Estados Unidos que bombardearan posiciones del Estado Islámico en Siria desde bases turcas, pero para entonces el Estado Islámico ya era un monstruo de grandes dimensiones que se había escapado al control de Turquía y sus aliados.

El Oriente Próximo que sale de estos años de políticas equivocadas de Erdogan todavía no se ha dibujado pero ya se sabe que será completamente distinto del que ha habido hasta ahora. Es natural que Turquía o Arabia Saudí quieran posicionarse de cara al futuro, pero la manera de la que lo han hecho ha sido trágica para millones de personas.

Las relaciones de Turquía con la Unión Europea no atraviesan por su mejor momento. El parlamento alemán ha reconocido recientemente el genocidio armenio, e Israel ha aprovechado el alejamiento de Turquía durante los últimos años para fortalecer sus relaciones con Grecia.

Esta misma semana Turquía e Israel han anunciado la normalización de relaciones después de seis años apartados a causa del abordaje del Mavi Marmara, un barco que llevaba ayuda humanitaria a la Franja de Gaza y que fue asaltado por el ejército israelí en aguas internacionales con un balance de diez activistas turcos muertos.

Todos estos problemas, empezando por el de Siria, tienen el común denominador de la falta de pragmatismo absoluta por parte de Erdogan. En los últimos días el presidente turco ha dado pasos para corregir este defecto pero, aunque no es tarde, su imagen internacional de estadista ha resultado muy dañada.

Si la falta de pragmatismo es el problema específico de Erdogan, otros países europeos implicados en la región, como Francia o el Reino Unido, han conducido unas políticas totalmente nefastas, defendiendo sus intereses particulares y pasando por encima de los intereses generales de Oriente Próximo. Es lo mismo que ha hecho Estados Unidos.

Las llamadas eufemísticamente “primaveras árabes” en realidad están siendo inviernos a los que no se les ve un final, inviernos que han juntado en el mismo barco a socios tan dispares como la Unión Europea y Arabia Saudí, donde de primer orden los intereses armamentistas de Francia y los intereses particulares de cada uno de los países implicados.

Tras el último atentado de Estambul, un alto funcionario iraní ha declarado acertadamente que “Erdogan está recogiendo lo que ha sembrado”. Deshacer el lío sirio que Erdogan ha contribuido a crear no se podrá conseguir de la noche a la mañana y la inestabilidad de Oriente Próximo estará garantizada durante muchos años más.

La Turquía que hoy contribuye a luchar contra el Estado Islámico ha consolidado a los yihadistas hasta hace cuatro días. Los atentados yihadistas en Turquía comenzaron justamente después de que Erdogan autorizara los bombardeos americanos contra el Estado Islámico desde bases turcas, cuando los yihadistas ya se habían consolidado.

Una circunstancia que no se puede ignorar es que las distintas organizaciones yihadistas que participan en el conflicto sirio están infiltradas por los servicios secretos de países como Arabia Saudí o Turquía, pero también por los países occidentales, lo que arroja aún más incertidumbre y preocupación.

Esta semana el Kremlin ha anunciado que desde que Rusia envío sus tropas a Siria en septiembre del año pasado, por Siria han pasado 25.000 rusos entre civiles y militares para participar en el conflicto del lado del presidente Bashar al Asad, lo que da una idea de la importancia que Moscú concede a esta guerra.

El anuncio del jueves de que los tres suicidas del atentado de Estambul son de origen exsoviético, incluido un terrorista ruso, explica la preocupación de Moscú por el radicalismo islámico y el temor de los rusos a que todos esos milicianos vuelvan a Rusia con ideas y armas suficientes para desestabilizar el país.