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Derrotó a Sendero Luminoso, dio el ‘Fujigolpe’ y huyó a Japón

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Alberto Fujimori (Lima, 1938) era un desconocido para los peruanos semanas antes de las elecciones presidenciales de 1990 en las que se impuso al escritor Mario Vargas Llosa. Pasó la primera vuelta con el apoyo de grupos marginales y de la iglesia evangélica. En la segunda, en la que ganó con un 60% de los votos recibió el respaldo implícito del  APRA, del actual presidente peruano, Alan García.
Fujimori tenía un país sumido en una grave crisis económica, con una inflación que superaba el 7.000% anual, y con una creciente actividad de los grupos guerrilleros de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru.
Pronto se olvidó de los grupos que le apoyaron y desarrolló una liberalización radical de la economía. Acabó con los subsidios que recibían los peruanos, privatizó las empresas nacionales y redujo a la mínima expresión el papel del Estado en la economía.
Con las medidas de choque, pese al impacto que tuvieron en los peruanos de a pie, acabó con la inflación galopante  y logró un crecimiento gradual de la economía en la segunda mitad de los años 90.
Para luchar contra los guerrilleros aceptó el apoyo de grupos paramilitares que operaban fuera de la ley. En 1992, con el apoyo del Ejército, disolvió el Parlamento y el poder judicial. El chino, como es apodado en Perú, asumió poderes dictatoriales. Justificó la decisión argumentando que la clase política y judicial entorpecían la labor de los militares.
La captura en 1992 del líder de Sendero, Abimael Guzmán le aportó una gran popularidad que supo rentabilizar para su reelección tres años después.

Exilio en Japón


Tras la reelección comenzó a ser acusado de aplicar a sus rivales políticos los mismos métodos que usaba contra la insurgencia a través de su asesor de seguridad: el siniestro Vladimiro Montesinos.
Fujimori se impuso en las elecciones para un tercer mandato en 2000 entre acusaciones de fraude. La caída de Montesinos provocó una crisis política que dejó a su partido en minoría.
Fujimori, hijo de inmigrantes japoneses, se exilió en Japón, país que rechazó todas las peticiones de extradición.
A finales del 2005 se fue a Chile, donde intentó presentarse, sin éxito, a las elecciones japonesas. Su lema de campaña era “el último samurai”. Durante su estancia en Chile se entregó a la buena vida. Golf, viajes gastronómicos y pesca dominaban su agenda en Santiago.