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Los desafíos de Obama tras los ocho años del 'desastre Bush'

Toma las riendas de un país en crisis y con profundas dudas sobre su futuro. El líder no esperará a su toma de posesión en enero para tomar las primeras medidas

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Los primeros días de la presidencia de Barack Obama prometen ser fulgurantes. Su equipo tiene 77 días, hasta la toma de posesión del 20 de enero, para crear un Gobierno , nombrar a sus principales responsables, idear las primeras medidas y hacer realidad el cambio tantas veces prometido en los interminables meses de campaña: cambio de política, estilo y estado de ánimo. Obama toma las riendas de un país en crisis , en recesión y con profundas dudas sobre su futuro .

Lo primero que deberá hacer es restaurar la confianza en una Casa Blanca desprestigiada, en la voluntad de Estados Unidos de restaurar su diálogo interrumpido con el mundo y en la capacidad de su economía de superar el agujero en el que se ha metido.

El equipo de transición, dirigido por John Podesta, ex jefe de gabinete de Bill Clinton, lleva meses trabajando a marchas forzadas en un traspaso de poder tan ordenado y disciplinado como lo ha sido la campaña. Podesta no quiere repetir los errores de los primeros meses de Clinton en Washington en 1992, que fueron famosamente disfuncionales. Paradójicamente, piensa seguir el modelo de un precedente cuando menos inesperado, Ronald Reagan.

'Ronald Reagan encontró una fórmula que funcionó bien', dice Stephen Hess, el experto presidencial de la Institución Brookings. 'Consistía en limitar las peleas internas y otorgar todo el poder a un pequeño círculo de asesores que hablara en nombre del candidato electo', explica.

El equipo de Reagan presentó al Congreso las primeras medidas presupuestarias y fiscales en febrero de 1981, a los pocos días de llegar a la Casa Blanca. Así empezó la revolución conservadora.

Con la crisis financiera y las guerras en Irak y Afganistán, Obama sabe que no puede perder tiempo. Sobre todo con un respaldo mayoritariamente demócrata en el Congreso.

Rahm Emanuel, diputado por Illinois, uno de los asesores más cercanos al futuro presidente y que podría ser su próximo jefe de Gabinete, enumeraba recientemente en la prensa neoyorquina cuatro reformas prioritarias que el Gobierno piensa adoptar enseguida: regular los sistemas financieros y fiscales (uno de los puntos centrales de la campaña es bajar los impuestos para el 95% de las familias estadounidenses); asegurar y extender la cobertura médica a los niños y tomar unas primeras medidas hacia la independencia energética.

Pero, ¿con qué dinero? El Gobierno del presidente Bush ha dejado un agujero presupuestario que la guerra de Irak no cesa de profundizar. La reciente nacionalización de los gigantes hipotecarios Freddie Mac y Fannie Mae, y los 700.000 millones de dólares del rescate financiero, han ahondado aún más el pozo. Obama no tendrá mucho margen para los 60.000 millones de gastos de infraestructura, los 80.000 millones de desgravaciones fiscales o los 150.000 millones en empleos verdes que incluye su programa.

'Hay dos escuelas de pensamiento entre los expertos presidenciales -asegura Hess-. Unos estiman que hay que aprovechar la luna de miel de los primeros días para apostar por victorias rápidas y contundentes; otros piensan que es mejor ser prudente mientras te vas haciendo al puesto. Los presidentes inexpertos pueden cometer errores y luego es difícil cambiar las primeras impresiones'.

Estas dos posturas corresponden a dos líneas de pensamiento dentro del partido demócrata. Después de ocho duros años republicanos, los más progresistas apuestan por echar toda la carne al asador. En cambio, los más conservadores fiscalmente, los llamados perros azules, piden prudencia.

Obama optará sin duda por una vía intermedia. Pero tampoco puede ser excesivamente tímido. La reciente comparación de la actual zozobra financiera con el trauma económico vivido en los años treinta también ha alimentado paralelismos entre la futura presidencia y la de Franklin D. Roosevelt, que sacó a Estados Unidos del marasmo provocado por el crash bursátil.

'Obama ha sido muy prudente a lo largo de su carrera, poco controvertido, agresivo o innovador, la mayor parte del tiempo ha apostado por lo seguro, como Roose-

velt', subrayó John Heilemann en New York Magazine. 'Pero Roosevelt tuvo que abandonar su prudencia ante el gran trauma de su época. La Gran Depresión no le dejó otra opción que ser atrevido. A lo mejor a Obama le pasará igual', añadía.


El eslogan de la campaña estadounidense del partido demócrata se puede observar hasta en una librería de Amsterdam EFE

En materia de política exterior, es difícil definir una doctrina Obama. El candidato ha dejado clara sus ideas sobre Irak e Afganistán y sobre su disponibilidad para entablar un diálogo con Irán. Ha hablado de restaurar la imagen de Estados Unidos en la esfera internacional, pero no ha dado muchos detalles sobre lo que piensa hacer concretamente para lograrlo.

Su viaje a Europa el pasado verano no dio muchas claves sobre su futura política. En Berlín, en París, Obama siguió un guión cauto de generalidades. En el viejo continente, algunos se preocupan por su declarada política proteccionista en pro de los intereses económicos de Estados Unidos.

El presidente se ha rodeado de un impresionante equipo de asesores internacionales, más de 300 diplomáticos, analistas, ex secretarios de Estado como Madeleine Albright, o consejeros de alguno de los gobiernos Clinton, como Anthony Lake o Gregory Craig.

Se habla del gobernador de Nuevo México y el ex embajador en la ONU, Bill Richardson, o incluso del candidato demócrata en 2004, John Kerry, como posibles jefes de la diplomacia estadounidense.

En cualquier caso, el cambio se notará enseguida. 'Una de las repercusiones más positivas de una victoria de Obama es que la gente deberá repensar muchas cosas', decía Lincoln Mitchell en la página web Huffington Post. 'Los que han limitado su visión de Estados Unidos a una retórica antiamericana deberán cambiar su punto de vista sobre este país. Sobre todo los europeos'.

La nueva presidencia también podría cerrar una etapa que irónicamente empezó hace 40 años en Chicago, durante la convención demócrata de 1968: la escisión de la base de votantes contrarios al New Deal impulsado por Roosevelt, que implicaba la intervención del Estado para salir de la Depresión. Dicha base de botantes se desintegró con la política de derechos civiles del presidente Lyndon B. Johnson que alienó -hasta hoy- e hizo más proclives al Partido Repúblicano a los demócratas conservadores del Sur.

'Obama proclamará el nacimiento de una nueva época en el mismo sitio en que la coalición de Roosevelt se desintegró', pronosticaba el columnista del Washington Post Harold Meyerson. 'Es un símbolo, digno de un poeta épico. Después de vagar 40 años por el desierto, los demócratas han vuelto a casa'.