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Después de las revueltas, 'business as usual'

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La reacción de los dirigentes europeos a las rebeliones en el mundo árabe recuerdan un poco al capitán Louis Renault en Casablanca cuando se escandaliza delante de los oficiales alemanes al descubrir que en Rick's Café había juegos ilegales. Ante el asombro de los ciudadanos europeos que estos días ven las imágenes de las revueltas, nuestros gobernantes se apresuran a condenar a estos insalubres regímenes del Norte de África e incluso congelan los bienes de los dictadores, que llevaban acumulando durante años en cuentas en Londres, Suiza y otros lugares.

No se sabe cuántos tiranos más van a caer pero parece bastante probable que, una vez que la ola liberadora en el mundo árabe haya acabado, quedarán todavía bastantes autócratas en todo el mundo.

¿Entonces nuestros gobiernos se enfrentarán a estos caudillos con la misma indignación cargada de razón con la que ahora rechazan a los hasta hace poco cortejados líderes Ben Alí, Mubarak y Gadafi? Los gestos en los últimos días no dan motivos para la esperanza, como los esfuerzos ridículos de Trinidad Jiménez para persuadir a sus colegas europeos de que Marruecos va camino a convertirse en una democracia o la cínica frase de José Bono durante su visita al tirano guineano Teodoro Obiang ('Hay más cosas que nos unen que las que nos separan'). David Cameron acaba de hacer una gira comercial por el agitado Oriente Próximo, acompañado de los ejecutivos de la industria armamentística y del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, agasajó a Vladímir Putin en Bruselas sin comentarios molestos sobre derechos humanos.

Sería un insulto a la valentía de estos millones de árabes que se están jugando el pellejo por la libertad, si los gobiernos occidentales pretendieran seguir con el business as usual.