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El fín de la dinastía Murdoch

La familia espera el momento en el que Rupert Murdoch, de 80 años, entregue las riendas del poder

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En los pasillos del imperio Murdoch hay un asunto del que no se habla en voz alta: discutir sobre cuándo Rupert Murdoch, de 80 años, entregará las riendas del poder. En 2010, el príncipe saudí Al-Waleed bin Talal, segundo mayor accionista de News Corporation, rompió el tabú en una entrevista en la que dijo que James Murdoch era la persona más adecuada para suceder a su padre.

Los comentarios no cayeron muy bien en la cúpula como en los grandes imperios la mortalidad es un inconveniente para los plebeyos, no para el jefe máximo-, pero Bin Talal dijo después que Murdoch se había reído bastante con toda la polémica. 'Voy a quedarme hasta que tenga 130 años', le dijo al príncipe. Los plazos se están acortando. El escándalo de las escuchas por el News of the World ya no es sólo una catástrofe de relaciones públicas ni el principio del fin de la influencia de Murdoch en la política británica. Las artes oscuras de los tabloides amenazan con destruir los planes sucesorios de Murdoch y el control por su familia de todas y cada una de las decisiones del imperio.

Lo que parecía imposible hace una semana ahora es como mínimo probable. Quizá dentro de una semana sea inevitable.'Mierda, tío. Los proyectiles caen cada vez más cerca', le dijo una fuente de News Corporation a Michael Wolff, biógrafo de Murdoch. Los escudos humanos que protegían a James Murdoch del mal olor que despedía el NOTW han ido cayendo uno tras otro. Ya en 2007 se deshicieron de Andy Coulson. El viernes, se aceptó la dimisión de Rebekah Brooks, que era casi como una hija para el magnate. Horas después, el que cayó sobre la espada fue Les Hinton, consejero delegado de Dow Jones -editora de The Wall Street Journal- y con una trayectoria de 50 años en las empresas de Murdoch.

No quedan más torres y alfiles que sacrificar. El siguiente en la lista es la reina, James, que protege al anciano rey. Muchos creen que James está muerto por haber participado en el encubrimiento del escándalo. Firmó de su puño y letra en 2009 las indemnizaciones por valor superior a un millón de libras con las que la compañía consiguió que se retiraran las primeras demandas contra el NOTW.  Durante muchos años, James Murdoch disfrutó de la apacible vida del segundo hijo que sabe que la sucesión está reservada al primogénito.

Eso no le libraba de tener que probar por orden de su padre a qué sabe la prensa. Su interés era inexistente. Con 15 años, pasó un tiempo de becario en un periódico de Sydney y un fotógrafo de la competencia le cazó dormido durante una rueda de prensa. No terminó los estudios en Harvard. Estaba más interesado en la cultura underground -de esa época conserva dos tatuajes- y en una discográfica de hip hop que ayudó a fundar. Murdoch nunca quiere tener muy lejos a sus hijos. Compró la discográfica y James volvió a la casa madre.

Al final, fue el hermano mayor el que no dio la talla. Lachlan no mostraba el mismo instinto asesino de su padre en los negocios. James era el que recibía las grandes misiones. Primero, en Hong Kong al frente de la empresa televisiva por satélite Star. Luego en Londres, con la dirección de BSkyB a la que llegó con sólo 31 años. Murdoch padre ni se inmutó por las acusaciones de nepotismo. Su actuación fue brillante en ambos puestos. Ya estaba claro quién era el elegido. 'James es como su padre', escribió Wolff. Implacable. Con tendencia a tomar decisiones impetuosas. Si acaso, más abierto al mundo exterior. Cree firmemente que el cambio climático es la mayor amenaza que sufre el planeta. Pero en los negocios tampoco hace prisioneros.

James Murdoch ha tropezado en la piedra del imperio familiar que menos le interesa. Cree que los grandes rivales de News Corporation son Google y Apple, no otras televisiones ni mucho menos los periódicos. El escándalo del NOTW le pilló tan dormido como en la famosa conferencia de prensa de Sydney. La gestión de la crisis fue un desastre hasta que Rupert Murdoch se rindió a la evidencia y pidió disculpas el viernes personalmente. No parece suficiente. The Times publicó ayer un durísimo editorial contra la empresa de la que forma parte por su respuesta al escándalo. El ejercicio del poder 'exige que los privilegiados asuman la responsabilidad sobre sus propias acciones y las de las organizaciones que dirigen'. No hay que leer entre líneas para saber que se refiere a James Murdoch.

La familia controla el 13% de las acciones de la compañía, pero el 40% de las acciones con derecho a voto. Nada se puede hacer contra su voluntad. A los accionistas minoritarios nunca les ha hecho ni caso. Murdoch compró este año la productora televisiva fundada por su hija Elisabeth por un precio excesivamente generoso: 477 millones de euros por una empresa con ingresos anuales de unos 450 millones. Así consiguió que regresara a News Corporation.  Ahora se encuentra en una situación inédita. Es la presión política y de la opinión pública, la que puede obligarle a cambiar el rumbo. Si las investigaciones cruzan el Atlántico, cualquier cosa puede ocurrir.

En dos semanas, las acciones de News Corporation han perdido todo lo que habían ganado desde enero. Es difícil pensar que si la reputación de James Murdoch se hunde en el Reino Unido, pueda seguir siendo la carta de futuro. Algunos han apuntado el nombre del vicepresidente Chase Carey. Según la revista Adweek, tiene buena reputación como limpiador de errores ajenos, una especie de señor Lobo como el de Pulp Fiction. Es un perfil muy adecuado para esta crisis. Hay muchos cadáveres de los que deshacerse sin que se enteren las autoridades.