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EEUU no logra ganar los corazones afganos en el sur

La intimidación de los talibanes frustra los esfuerzos de Washington por establecer una administración civil con el respaldo de la población en Kandahar, el feudo de la insurgencia

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Una hilera de vehículos blindados y tanques de la OTAN se dirige en procesión a la base de Arghandab, a las afueras de Kandahar, levantando tras de sí una enorme polvareda en la carretera. Recostado en un charpai una hamaca de cuatro postes, junto al camino, Omar Salam observa la espesa nube de polvo que le impide ver el horizonte y se pregunta en voz alta: '¿Cuándo verá Afganistán el camino despejado para avanzar hacia el futuro?'

A unos 15 kilómetros al norte de Kandahar, la ciudad más grande del sur de Afganistán y cuna del movimiento talibán, se abre el valle de Arghandab. Junto a una rehabilitada carretera, unos agentes de seguridad afganos flanquean la entrada al complejo ultraprotegido con muros de hormigón y alambre de espino donde se encuentran la base militar de Estados Unidos y el edificio de la Gobernación del distrito de Arghandab. Fuera de esos muros se extiende un territorio hostil controlado por los talibanes.

Más de 150 afganos que emplea EEUU han dejado su trabajo por miedo

Desde hace nueve meses, unidades del batallón 2-508 de la 82ª División del Ejército del Aire de Estados Unidos sustituyen a las tropas canadienses en este estratégico valle, la verdadera puerta de entrada al feudo talibán de Kandahar.

En la base no hay ninguna bandera o insignia que identifique a Estados Unidos, ya que uno de los puntos clave de la nueva estrategia del presidente Barack Obama para reconducir la guerra es trabajar mano a mano con los afganos para 'conquistar' sus 'corazones y mentes', después de nueve años de fracasos en el país de Asia Central.

El análisis de la situación que hace Obama coincide con el de los generales que han estado al frente de la guerra, primero Stanley McChrystal y después su sucesor, David Petraeus. Están convencidos de que la única manera de salir del atolladero afgano es ganándose el apoyo de la población en las zonas donde las tropas de Estados Unidos combaten a la insurgencia talibán.

Obama sabe que si no se gana a la población local, perderá la guerra

Para ello, el Departamento de Estado dirigido por Hillary Clinton ha invertido, a través de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID), más de 250 millones de dólares en programas de desarrollo agrícola para las poblaciones rurales del sur de Afganistán. Estas acciones van de la mano con el programa de mejora de la seguridad y la gobernabilidad local en la provincia de Kandahar.

En el distrito de Arghandab, Estados Unidos ha gastado 20 millones para mejorar la vida de los campesinos y otro millón en un proyecto para fortalecer las instituciones civiles y la administración local que ha vendido como ejemplo de gobernabilidad para todo el país.

Sin embargo, podría decirse que, hasta la fecha, los experimentos realizados en el laboratorio de Arghandab para ganarse la confianza de los aldeanos y reforzar la capacidad del Gobierno local han salido mal. El resultado es un flamante edificio de despachos vacíos a la espera de encontrar candidatos que quieran ocupar los puestos de altos cargos.

Mandos militares de EEUU se reúnen cada lunes con el consejo de ancianos

En ocho meses, Arghandab ha tenido ya tres gobernadores. El primero abandonó su puesto por presiones y amenazas. Su sucesor, Haji Adbul Jabbar, murió a finales del pasado junio junto a su hijo en un atentado con coche bomba, aunque hay quien cree que se trató de un ajuste de cuentas entre bandas rivales. Y, ahora, el nuevo jefe del distrito, Shah Mohammad Ahmadi, recibe cartas amenazadoras para que deje su cargo.

A principios de verano fue asignado un juez para Arghandab, pero todavía no se ha presentado, a pesar de que 'ya cobró su sueldo de 800 dólares al mes', afirma Chris Harich, un funcionario del Departamento de Estado de EEUU que trabaja con el gobierno local.

'Nadie del Gobierno ha puesto un pie aquí durante años'

Cada lunes, mandos militares de Estados Unidos y funcionarios de USAID se reúnen con representantes de la shura el consejo de ancianos local. 'Gracias a estos encuentros semanales, tenemos la oportunidad de intercambiar información e identificar los problemas existentes en las aldeas para establecer las prioridades de los proyectos que ejecutamos con nuestra contraparte local', explica Kevin Melton, coordinador de USAID, quien asegura que la inseguridad 'sigue siendo un obstáculo en el camino'.

Con una visión menos optimista, Farid Ahmed, empleado local de la agencia estadounidense, reconoce que la campaña de intimidación de los talibanes 'está socavando los esfuerzos invertidos en mejorar los servicios públicos'.

Según Ahmed, más de 150 empleados afganos de USAID han dejado su trabajo desde mayo por miedo a ser asesinados. 'Estamos muy asustados, no se puede ir por ahí diciendo: yo trabajo en un proyecto para construir escuelas financiado por Estados Unidos', prosigue el empleado de USAID, mientras advierte que 'si revelamos nuestro trabajo a la gente, nos exponemos a que el enemigo nos ponga una pistola en la cabeza y apriete el gatillo'.

'Esta es mi tierra. Esta es mi casa. Y yo estoy dispuesto a trabajar', insiste Ahmed, aunque no muchos están dispuestos a correr ese riesgo: 'primero, porque la gente tiene miedo. Y, segundo, porque piensa que está mal pagado'.

La dificultad de encontrar y mantener a los trabajadores del Gobierno en áreas como Arghandab está obstaculizando las tareas de la administración Obama para promover el buen gobierno y ganarse la confianza de los lugareños. En muchas aldeas remotas de este distrito, los ancianos o jefes tribales ponen en duda la eficacia de la Administración afgana.

'Durante años, los representantes del Gobierno nunca han puesto un pie aquí', lamenta Ahmadi, que fue seleccionado por los ancianos para dirigir un programa de desarrollo de escuelas. 'Nuestros hijos reciben educación en las escuelas coránicas porque no hay escuelas públicas', explica este vecino.

El establecimiento de un Gobierno que funcione en Arghandab se considera clave para romper el control de la insurgencia en este estratégico valle agrícola, vital para poder cercar Kandahar.

La OTAN se encuentra en un callejón sin salida. Sin el apoyo de la población local, la estrategia de la contrainsurgencia no obtendrá ningún resultado y será imposible avanzar en este conflicto enquistado, que dura ya una década.