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Los egipcios redoblan la lucha contra el régimen

La plaza Tahrir reúne a más gente que nunca desde el comienzo de la revolución  

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Cuando la maquinaria del régimen se disponía a ahogar la revuelta popular por agotamiento, los manifestantes egipcios respondieron con la protesta más multitudinaria desde que empezó el levantamiento, el 25 de enero.

El Gobierno de Hosni Mubarak se las prometía muy felices tras haberse reunido el domingo con la oposición y dejar a los líderes políticos desacreditados ante los manifestantes. Tras abrir los bancos y recuperar cierta vida laboral, el régimen pensaba que tenía la revuelta controlada y limitada a unos cuantos miles de personas en la plaza Tahrir.

Los sindicatos de médicos, abogados y profesores se suman a la protesta

Pero esta revuelta volvió a demostrar que el régimen necesita multiplicarse para mitigar la protesta y los manifestantes precisan de muy poco para volver a llenar las calles. Les bastó con un rumor y con una emotiva entrevista a uno de los autores intelectuales de la campaña de protesta. De nada sirvió la enésima promesa del Gobierno. El vicepresidente Omar Suleimán anunció una 'hoja de ruta' para transferir el poder, sin fechas, y prometió que los manifestantes no serán perseguidos.

El rumor, difundido en la víspera por la revista alemana Der Spiegel según el cual Mubarak estaba ultimando su traslado a una clínica de lujo en Alemania para tratarse un cáncer, había animado a muchos. Era el caso de Dalia, una analista financiera que en la plaza Tahrir leía esta noticia en su Blackberry. 'La televisión estatal es una basura, por eso intentamos buscar noticias en Al Yazira o los medios extranjeros', decía. Dalia pertenece a la segunda oleada de manifestantes que se ha apuntado a la protesta tras comprobar la solidez del movimiento.

La entrevista televisiva la noche del lunes con Wael Ghonim, el ejecutivo de Google que fue liberado el lunes tras 12 días de arresto, tuvo un efecto revulsivo inesperado entre los egipcios. Ghonim, que relató el maltrato durante su detención, acudió a la plaza y se dirigió a los manifestantes, que ya le han elegido como el líder que no tenían.

El vicepresidente promete que los manifestantes no serán perseguidos

La cantidad de gente que acudió a la plaza era tal que los militares tuvieron que abandonar a mediodía los controles que aplicaban para impedir el paso a periodistas y entorpecer el proceso de acceso general. Se tardaba unas dos horas en entrar. Una vez superado el embotellamiento, un pasillo honorífico de manifestantes recibía a los recién llegados con cánticos: 'Aquí, aquí, los egipcios estamos aquí'. Las pancartas son cada vez más elaboradas pero los mensajes seguían pidiendo lo mismo. 'Al menos dignidad', rezaba un cartel rosa que se elevaba sobre la muchedumbre.

'Mi familia no tiene problemas de dinero, pero yo estoy aquí desde el primer día porque creo en la justicia social y en el reparto justo de la riqueza', decía Rowan Elshimi, una activista de 23 años que visitaba la tienda de campaña de sus amigos en la plaza. 'El Gobierno usa la propaganda y el terror para que los egipcios piensen que en el país reina la anarquía por nuestra culpa; incluso dicen que esta plaza es un lugar peligroso', apuntaba Rowan.

Tahrir estaba lleno de familias. Se veían muchos niños y gremios de profesiones. Los sindicatos de médicos, abogados y profesores se sumaron a la protesta. A las tres de la tarde, miles de personas salieron de sus trabajos y se encaminaron a la plaza. A las ocho de la tarde, superado el toque de queda, Tahrir seguía lleno de manifestantes, como si hubieran utilizado los dos días anteriores para tomar aliento.