Público
Público

Elecciones en Alemania Merkel, a punto de renovar otros cuatro años el alquiler de la cancillería alemana

Sólo una hecatombe podrá sacar a Angela Merkel del Gobierno alemán. Ni siquiera el SPD, su aliado en la Gran Coalición, plantará demasiada batalla. Su moderado líder, Martin Schultz, asume el sentimiento ciudadano de que la economía, el empleo y, en general, el bienestar social del país está bajo control. Pese a que, en buena medida, sea un mito, y la prosperidad germana revele grietas. Algunas, de notable calado.

Publicidad
Media: 4.33
Votos: 3
Comentarios:

Cartel electoral de Angela Merkel.REUTERS/Wolfgang Rattay

A una semana vista de los comicios generales en Alemania, la suerte parece estar ya echada. Las opciones de que la CDU Angela Merkel y su partido hermano, la CSU bávara de su superministro de Hacienda, Wolfgang Schaüble, son demasiado elevadas para que las aspiraciones de la amplia amalgama de partidos rivales sean reales. Cristianos y socialdemócratas serán, de nuevo, aliados de Gobierno, según la unánime predicción de los sondeos. Falta saber qué otra formación será la que sirva de sostén parlamentario al tándem Merkel-Schaübel.

Porque su actual socio, el SPD, no parece que vaya a renovar sus votos al lado de sus históricos rivales. Su líder, el europeísta y moderado, Martin Schultz, se ha topado con una losa demasiado pesada en su desafío de ser el cabeza de cartel socialdemócrata después de granjearse un elevado prestigio como presidente de la Eurocámara durante gran parte de la larga travesía de crisis de deuda en la zona del euro: la coalición de su partido y la implicación del vicecanciller y secretario general del SPD, Sigmar Gabriel, con las políticas de la canciller durante los cuatro años de la legislatura que ha tocado a su fin.

El éxito inicial del SPD en asuntos como el incremento del salario mínimo. O la aprobación del matrimonio homosexual en el último tramo del mandato. Ambos, parecen haber caído en saco roto. Igual que los mensajes de Schultz en su puesta en escena, durante sus primeros escarceos en la arena política, a las pocas semanas de su designación como aspirante socialdemócrata a la Cancillería, al comienzo de año.

Los sondeos anticipan la supremacía en votos de los dos grandes partidos, la CDU de Merkel y el SPD de Schultz

En especial, sus críticas al exceso de celo con la austeridad. Todo un dardo directo a Schaübel, el halcón del Ejecutivo de Merkel. Su lanzamiento dialéctico pareció bien dirigido. Pero acabó sin fuerza. La opinión pública se inclina por el diagnóstico oficial de que Alemania ha salido airosa del tsunami financiero y que sus consignas de disciplina han llevado a las reformas del sistema bancario y al reforzamiento de las instituciones supervisoras del euro. Al triunfo de las tesis de Schaübel, en definitiva.

Carteles electorales de Angela Merkel y Martin Schulz.REUTERS/Fabrizio Bensch

Así, al menos, lo juzgan las encuestas. Y lo asimila hasta Carsten Schneider, la ascendente figura dentro del SPD al que muchos observadores ven como el aspirante en 2020, cita electoral a la que, presumiblemente, no concurrirá ya Merkel. A este diputado, de 41 años, criado en el Este alemán, la economía, como dicen desde la CDU-CSU va bien, los salarios crecen y el paro desciende. Pese a que recalque que, en buena medida, esta coyuntura favorable se deba a la Agenda 2010 que, en los prolegómenos de la década pasada, durante la crisis de las puntocom que tocó la fibra sensible de la economía germana, puso en marcha el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder. Una hoja de ruta que incluía una dura batería de reformas estructurales entre las que se encontraban rebajas notables en las cotizaciones sociales y cambios drásticos en el mercado laboral y que estuvo a punto de hacer saltar por los aires los cimientos del histórico partido alemán.

Manifiestos políticos alemanes

Este escenario ha contribuido a que los programas electorales de los dos grandes partidos no se diferencien en lo substancial.

CDU-CSU: En esencia, la candidatura de Merkel promete rebajar la presión fiscal y reducciones del paro. En este último terreno, el programa conservador dice que el desempleo se situará por debajo del 3% en 2025 desde el actual 5,5%, lo que supone 2,5 millones de nuevos puestos de trabajo. En materia tributaria, contempla elevar el tramo máximo del IRPF de los 52.000 euros actuales -base imponible anómalamente baja para el nivel de vida del país- a los 60.000 anuales el tramo impositivo y subir tres puntos, hasta el 45%, el gravamen a los super-ricos, aquellos que declaran más de 232.000 euros. A cambio de acabar con el impuesto de la solidaridad, diseñado para financiar el coste de la adhesión de los länders del Este tras la reunificación del país -aunque sin especificar en qué fecha-, y mayores prestaciones por hijos, por cuidados de dependencia de niños o por adquisición del primer inmueble a familias con descendencia.

Varios niños observan una pantalla interactiva que muestra las propuestas de la CDU de Angela Merkel, en Berlín. REUTERS/Fabrizio Bensch

En el orden de la seguridad, priorizará el reforzamiento de las plantillas de los cuerpos policiales, tanto federales como estatales, y se pondrá en liza la concesión de dobles nacionalidades para la primera generación de inmigrantes y sus hijos, de forma que las futuras generaciones será las que decidan sus definitivos pasaportes. Concesión al ala más derechista del partido que nunca ha comulgado con la, a su juicio, docilidad de Merkel durante la crisis de los refugiados.

SPD: Los socialdemócratas han sustentado su programa de Gobierno en cinco pilares: política familiar; mejora de la educación pública; consolidación de las pensiones; apuesta por la I+D+i e igualdad de género en materia profesional y salarial. En detrimento de sus planteamientos sobre inmigración, que quedan difusos, economía, con propuestas fiscales en la misma dirección que Merkel, aunque algo más agresivas.

Por ejemplo, la elevación hasta los 76.000 euros del tramo más alto del IRPF. O la subida de Sucesiones a las clases más pudientes, así como la supresión del tipo único que grava las rentas de capital. Son las bazas de Schultz para acabar con la sombra alargada de Merkel. Un cambio más proporcional de los impuestos personales y una crítica sin tregua a la persistencia de los mini-jobs, los trabajos a tiempo parcial y provisionales que son los que han posibilitado, según hace hincapié en sus mítines, la favorable coyuntura laboral del país.

Simpatizantes y militantes del SPD sujetan carteles en apoyo al candidato Martin Schulz.REUTERS/Michaela Rehle

Die Linke: Sahra Wagenknecht es la imagen visible del Left Party. Criada en el Este de Alemania, contrajo matrimonio con el ex líder socialdemócrata y arquitecto del nuevo partido izquierdista, Oskar Lafontaine, 24 años mayor que ella, en diciembre de 2014. Es la lideresa de la oposición en el Bundestag, gracias a la Gran Coalición. De padre iraní, ha criticado la permisiva política de inmigración de Merkel. A su juicio, el empleo de los controles policiales debió ser más efectivo. Porque se declara partidaria de regular el acceso de extranjeros y el derecho de asilo. A diferencia de Dietmar Bartsch, con el que comparte el ticket electoral de la formación -aunque este último dirigiría un supuesto Ejecutivo en el tramo final del mandato- a Wagenknecht se la considera de la facción más ortodoxa. Alejada de cualquier intento de asociación con el SPD. A diferencia de Bartsch.

Simpatizantes se reúnen alrededor de una pancarta del presidente del Partido de la Izquierda Europea (Die Linke), Gregor Gysi, durante un mitin electoral en Dresde, Sajonia (Alemania). EFE/Filip Singer

El ideario del Partido Izquierdista habla de elevar el salario mínimo a 12 euros la hora, suprimir los mini-jobs, elevar pensiones al 53% de la renta media personal, nuevas y mayores coberturas por desempleo, instaurar un impuesto sobre las fortunas superiores al millón de euros destinado a infraestructuras y educación, persecución de la especulación inmobiliaria y prohibición de las exportaciones de armas. Entre otros compromisos.

Los neonazis de AfD: Alternativa para Alemania concurre a la cita del 24 de septiembre con una jefa de filas declarada y abiertamente lesbiana. Alice Weidel está unida civil y sentimentalmente con otra mujer y es madre de dos hijos. Encarna a la perfección el populismo nacionalista con todas sus contradicciones. Defensora de la diversidad afectivo-sexual en materia educativa, se declara euroescéptica y profundamente contraria a la entrada de refugiados.

Carteles electorales del partido de extrema derecha AfD y de los conservadores de la CDU en Fráncfort del Óder. REUTERS/Michelle Martin

Reside en Biel, una localidad suiza de baja tributación, aunque compagina su estancia familiar en este paraíso fiscal con una vivienda en Bodensee, al suroeste del país. Y no parece que sus sentimientos entren en colisión con la postura de su formación de defensa del modelo familiar tradicional.

AfD, además, quiere que la UE establezca férreas fronteras y que Alemania implante una dura legislación sobre identidad nacional para que los ilegales puedan acceder a la nacionalidad alemana. También apuestan por deportaciones masivas. “De los más de 1,4 millones solicitantes de asilo, sólo el 0,5% superaría los test de identidad con las normas actuales”, se jacta Wiedel. “Es escandaloso”, agrega.
La aspirante del AfD fue una de las voces que señaló a Merkel como responsable del atentado en el mercado de Berlín durante las últimas fiestas navideñas, en el que murieron doce personas y que fue reivindicado por Daesh.

Varias de sus responsables políticos más representativos han sido acusados de amparar actos de movimientos neonazis en un país que tiene prohibido, por ley, la apología de estas ideas. En particular, con Pegida, que tiene su gran escenario ideológico en la ciudad de Dresden. Como sucede con Donald Trump en EEUU, desde la cúpula del AfD se ha arremetido contra los medios de comunicación. “El Islam no es parte de Alemania”, sentencian en su programa.

Un autobús electoral del partido de extrema derecha alemán AfD, en Fráncfort del Óder. REUTERS/Michelle Martin

Liberales: El Partido por la Libertad Democrática (FDP), el socio favorito de la CDU y de Merkel, tiene como líder al carismático Christian Lindner, asociado en ideas con el jefe del Estado galo, Emmanuel Macron. De 38 años, su principal objetivo es el retorno de los liberales a la sede del Bundestag, de donde salió en 2013 después de 64 años de permanencia ininterrumpida. Recoge una rebaja de impuestos de 30.000 millones de euros.

Die Grünen: Los Verdes también se presentan bajo la modalidad de ticket. Igual que Die Linke. Con Katrin Göring-Eckardt y Cem Özdemir. Ninguno es un ecologista al uso. La primera admite tener profundas creencias religiosas y fuertes lazos con movimientos conservadores del poder económico, político y social. De hecho, se la conoce como la Angela verde. El segundo, se declara partidario de posicionarse junto a la CDU de Merkel. Toda una afrenta desde el socio tradicional de los socialdemócratas a una hipotética, aunque poco probable, coalición con el SPD.

El manifiesto verde, en cualquier caso, es de máximos. Desde el punto de vista ecológico. Piden que Europa se aleje de la austeridad en beneficio de la solidaridad y la sostenibilidad, con planes presupuestarios con altas inyecciones inversoras dirigidas a la modernización de la economía del euro, basada en el futuro digital. Contrarios a los acuerdos de libre comercio con otras zonas económicas, tal y como se han concebido, también piden el cierre de las centrales eléctricas que más contaminan o el final de los motores de combustión para 2030.

El embrollo de la locomotora europea

Las cuatro alternativas a la Gran Coalición luchan por conseguir el 5% de sufragios que sirve de plácet de entrada en la Cámara Baja del Parlamento. La Alta, el Bundesrat, es de representación territorial en una federación de Estados. Pero ninguna de ellas, ni siquiera el SPD -al menos con alta intensidad crítica-, parece dispuesta a dar batalla a Merkel en el terreno económico. A pesar de que no le faltaría arsenal. Al menos, así lo argumentan varios expertos, que coinciden en dar la mayor parte del mérito de la empleabilidad alemana a la reforma encargada por el canciller Schröder y su gabinete roji-verde al profesor Peter Hartz en 2003. Una herencia de la que Merkel nunca habla, porque ha asumido como propios los meritorios cambios legislativos de entonces.

Aun así, en los círculos de análisis del mercado laboral germano se admiten ciertos datos que alejan a Alemania de la condición de mito del empleo. Por ejemplo, que el número de registrados en las listas de búsqueda activa ha crecido un 15% en relación a su cota más baja, de mediados de los noventa. O que el número de horas trabajadas sea significativamente más reducido que el que se registró a finales del siglo pasado. Es decir, en los albores de la reunificación. Existe, pues, una desconexión entre empleabilidad y horas de trabajo, lo que supone una señal inequívoca de que el aumento de las desigualdades sociales también existe en la locomotora europea, Sobre todo, desde la irrupción de los mini-jobs, que han trasformado la relación entre dedicación laboral, tiempo de ocio y consumo, y poder adquisitivo. No en vano, las retribuciones por trabajo se han recortado un 15% desde los años noventa. A tenor de 10,5 euros por hora en 2014.

Por si fuera poco, a juicio de Frank Jürgen Weise, presidente de la Agencia Federal de Empleo, la de mayor dimensión de toda la UE, con más de un millar de oficinas, centros de formación y delegaciones territoriales, en el futuro inmediato surgen riesgos. Como que los trabajadores poco cualificados pierdan sus puestos, dada la europeización y la globalización de los mercados laborales, en plena revolución 4.0 de la Inteligencia Artificial, la robotización y la digitalización. Y bajo la batuta -dice-, del rigor fiscal, en alusión a los límites presupuestarios y de deuda, que dificultará la instauración de fondos financieros para espolear el empleo y que han propiciado, durante la legislatura que ahora concluye, mayores dosis de flexibilidad y movilidad. Algo que se ha traducido en una duplicación de las demandas de empleo cubiertas, hasta superar las 510.000 por año, mientras se reducía, de 164 días en 2006, a 136 en la actualidad, el tiempo del cobro efectivo de prestaciones por desempleo.

Pero, además, la mayor economía europea tampoco resulta ajena a las crisis. Por mucho que su política de austeridad la haya mantenido a resguardo durante el tsunami financiero de 2008. Todo lo contrario. Su patrón de crecimiento tiene varias amenazas en estado latente. El FMI y el Banco Internacional de Pagos (BIS, según sus siglas en inglés) persisten en sus diagnósticos del último bienio sobre los bajos niveles de solvencia de su sistema bancario y el “riesgo sistémico” del Deutsche Bank. En un clima consensuado en el que los bancos germanos -alerta el Fondo- “minimizan sus pérdidas para evitar dañar la cuenta de resultados de sus empresas”. Dentro de una actitud generalizada de ejercer de “amortiguadoras de capital”, pese a “su alta exposición a los bajos tipos de interés”. Un asunto para el que la cancillería germana ya ha desvelado, si bien de manera aún velada, su estrategia de futuro. El relevo de Mario Draghi, impulsor de la política monetaria de adquisición de deuda tóxica de corporaciones y Estados del euro y de mantener el precio del dinero cercano a cero, por el actual presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, de ortodoxia demostrada, con el ministro de Economía español, Luis de Guindos como número dos en Fráncfort.

Una crisis invisible en ciernes

Sin embargo, y pese a este peligro real, la economía alemana evoluciona al borde del desfiladero por otros dos asuntos colaterales, aunque íntimamente vinculados a la vorágine crediticia del país. Es lo que Jacob L. Shapiro, analista de Geo Political Futures, denomina la crisis invisible de Alemania. Shapiro recuerda que, en los ochenta, a los bancos nipones se les impidió realizar transacciones financieras “por sus bajos niveles de reservas”. Y, al igual que le sucedió entonces a Japón, a la locomotora alemana se le puede gripar el motor por “su excesiva dependencia de su sector exportador”.

Esta combinación financiero-exportadora resulta demoledora. En su opinión, el Deutsche Bank es algo más que un banco. “En apariencia y técnicamente, es una institución financiera privada; pero, informalmente, es la mayor corporación gubernamental”, explica. El brazo ejecutor que Berlín siempre ha utilizado, junto al Commerzbank y el Dresdner Bank, absorbido por el anterior en 2009, “como proveedores de capital, por un lado, y como motores del desarrollo industrial del país”, desde su nacimiento, un año antes del nacimiento de Alemania como nación, en 1871.

A Shapiro lo que más le preocupa es “la vulnerabilidad” de su sector exterior, anclado en el doble principio, no siempre veraz, de que el libre comercio es universalmente beneficioso y que los altos niveles de exportaciones indican eficiencia y solidez económica. Y que ha sido cuestionado desde la Casa Blanca. Donald Trump señala a Alemania y a China, cuyos bancos también están reduciendo la exposición de las empresas chinas en el exterior, como riesgos económicos por la dimensión de su sector exportador. Aunque a Pekín le achaque, además, sus controles oficiales en el tipo de cambio de su divisa, el horizonte inmediato alemán es el de mayor riesgo.

En términos absolutos, Alemania es el tercer gran exportador global, por detrás de China y EEUU. Pero con unas ventas equivalentes al 45,7% de su PIB, frente a sólo el 22,6% del gigante asiático o al 13,4% de la economía americana.
El segundo motivo de preocupación es la burbuja inmobiliaria. En este punto, el mercado alerta de que los bajos tipos de interés del BCE complican “cualquier gestión prudente del mercado de la vivienda” aquejado de altos niveles de demanda y de excesos de créditos hipotecarios en los últimos años, afirman en Bank of America Merrill Lynch, en cuyo servicio de estudios se avisa de que “existe una clara amenaza de sobrecalentamiento”; en especial, por la moda de ampliar hipotecas de inmuebles para nuevas viviendas y porque, en paralelo, se ha instalado un boom de precios de alquiler en la práctica totalidad de las grandes ciudades del país.

Un hombre deposita su voto en una urna.REUTERS/Fabrizio Bensch

Perspectivas post-electorales

A la espera de comprobar si los malos augurios de Shapiro tienen visos de convertirse en realidad a medio plazo, la coyuntura inmediata. El Consejo Alemán de Expertos Económicos o Comité de Sabios que asesora a los cancilleres ven un crecimiento del 1,6% este año, dos décimas más en 2018, con ausencia de tensiones inflacionistas (observan un IPC del 2,2% en 2017, pero del 1,6% el próximo ejercicio), una contribución neta del sector exterior en leve descenso y aumentos de la ratio de capital de sus corporaciones por la caída del precio del petróleo. En línea con la visión de JP Morgan, desde donde se resalta la ausencia de riesgos en Europa y “la calma electoral” en Alemania, según los sondeos, de los que se deduce que “podría tener continuidad”, incluso, la Gran Coalición entre cristiano y socialdemócratas. Aunque las posibles alianzas de otros colores, tampoco distorsionaría el panorama, dada la correlación de votos y el apoyo social de las dos principales fuerzas del país. “La victoria sobre los populismos de derechas en meses precedentes en Holanda y Francia, principalmente, ha evaporado los peligros políticos sobre los mercados” europeos, añaden.
Los analistas del Danske Bank, por su parte, si juzgan que un hipotético, aunque poco probable impulso de Schultz a la cancillería traería consigo una más rápida integración europea. En la zona del euro. “Tendría todavía mayor sintonía con Macron que Merkel”, aunque su aportación desde la oposición también facilitaría este tránsito de los socios del euro hacia el fortalecimiento de la cohesión en el club monetario.

Además, el horizonte monetario parece despejarse en favor de Alemania. Draghi admitió en la última reunión del BCE que el ritmo económico de la zona del euro está en cotas desconocidas desde la crisis, ya que el PIB de los socios monetarios navega con un dinamismo que permitiría cerrar el actual ejercicio en tasas del 2%. Todo un acicate para los inversores, en su opinión. Y lo hace también con los precios a raya: el 1,2% para el próximo año y el 1,5% en 2019. Lejos del límite del 2% -made in Germany- que recoge el estatuto del BCE como celo inflacionista.

La oposición asume que Alemania va bien, crece y crea empleo, aunque su mercado laboral tenga precariedad y su coyuntura esté amenazada por una ‘crisis invisible’ sobre el sector bancario, exterior e inmobiliario

Ante esta tesitura, el máximo dirigente del BCE sólo encuentra un factor de riesgo: la volatilidad del euro. La moneda europea sorteó de nuevo la barrera de los 1,20 dólares por unidad, con la que inició su relación cambiaria con el billete verde estadounidense en 1999, a finales de agosto, pero fluye por aguas tormentosas en los mercados de divisas. A pesar de ganar un 14% de valor frente al dólar este año y de acaparar otro 6% como moneda de reserva internacional, el grado de oscilación del euro preocupa a Draghi: “Es una fuerte de incertidumbre que requiere de una constante supervisión” y que podría retrasar la decisión de levantar los estímulos monetarios de compra de deuda corporativa y soberana, el conocido como programa QE (Quantitative Easing). Esta iniciativa, criticada desde su origen, en 2015, por Berlín, ya ha superado los 2 billones de euros y que tiene pensado seguir empleando 60.000 millones cada mes. Previsiblemente, y salvo gran sorpresa, hasta finales de 2017. Más allá de esta fecha, un gobierno de Merkel presionaría, a buen seguro, para que se suprima y se inicie la escalada paulatina de los tipos de interés.