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Erdogan y Netanyahu tropiezan otra vez con Gaza

La Franja de Gaza vuelve a estar en el centro de la última crisis de relaciones entre Turquía e Israel. No es ni la primera ni la segunda vez que esto ocurre. Gaza se ha convertido en el punto más caliente para los dos países y nada indica que el presidente Recep Tayyip Erdogan ni el primer ministro Benjamín Netanyahu vayan a dar su brazo a torcer en este asunto.

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Un manifestante usa un tirachinas para arrojar piedras durante una protesta en la que los palestinos reclaman el derecho a regresar a su patria, en la frontera entre Israel y Gaza. REUTERS / Ibraheem Abu Mustafa

Las relaciones entre Israel y Turquía han entrado en una nueva fase esta semana, tras la última intervención del ejército israelí en la Franja de Gaza que ha dejado más de sesenta muertos y miles de heridos. Una vez más Gaza vuelve a ser la manzana de la discordia, esta vez de estos dos países, lo que es otra indicación de lo importante que es resolver de una vez el conflicto palestino-israelí, algo que ni Israel ni los europeos quieren hacer.

Las relaciones entre Turquía e Israel no han ido bien desde 2002, cuando Recep Tayyip Erdogan se convirtió en primer ministro y dio un aire islamista a la política turca, que hasta entonces había sido claramente secular. Primero como primer ministro y después como presidente, Erdogan ha respondido con decisión a cada una de las crisis causadas por la intervención militar israelí en Gaza.

Esta semana hemos asistido a un nuevo cruce de acusaciones, en el que los dos mandatarios se han tildado de “terroristas” y se han echado los trastos a la cabeza. Los respectivos embajadores han abandonado las capitales donde se encuentran acreditados. Israel incluso ha suspendido las importaciones agrícolas de Turquía y los medios hebreos recomiendan que no se visite Turquía, el destino preferido de los turistas israelíes.

El Gobierno de Benjamín Netanyahu no lleva bien las buenas relaciones que Ankara ha establecido con Hamás

El Gobierno de Benjamín Netanyahu no lleva bien las buenas relaciones que Ankara ha establecido con Hamás, la organización que gobierna Gaza desde 2007 y que surgió como una rama de los Hermanos Musulmanes. El carácter islamista de la nueva Turquía ha hecho que Erdogan también defienda a los Hermanos Musulmanes egipcios, lo que le ha creado más de un malentendido con el presidente Abdel Fattah al Sisi.

Esta orientación islamista trascendió de una manera automática en diciembre de 2008, cuando el ejército israelí lanzó una ofensiva contra Gaza para responder a los cohetes disparados por Hamás. Naturalmente, la respuesta israelí fue desmedida y Erdogan dijo que esa guerra era en realidad un “crimen contra la humanidad”.

Unos días después, en enero de 2009, Erdogan protagonizó un fuerte encontronazo con el entonces presidente de Israel, Shimon Peres, en el Foro de Davos. Erdogan acusó a Israel de asesinar a niños deliberadamente, y como lo llamaron al orden, abandonó el Foro diciendo que no le permitían hablar de los crímenes de Israel.

El siguiente capítulo de una larga serie de desencuentros se remonta al 10 de enero de 2010, cuando Erdogan acusó a Israel de robar agua a Líbano y pidió un tratamiento igual para los programas nucleares de Irán y de Israel.

Poco después, un canal de la televisión turca emitió un programa que los israelíes consideraron “antisemita”. El viceministro de Exteriores Dani Ayalon, convocó al embajador turco y lo puso en un sofá muy bajo al tiempo que invitaba a la prensa a filmar la “humillación” del diplomático. Yaalon no quiso estrechar la mano del embajador ni colocó sobre la mesa la banderita turca como exigen los usos diplomáticos.

El ministro de Exteriores de entonces, Avigdor Lieberman, echó más leña al fuego cuando defendió a Ayalon de las críticas que llegaban de Turquía. La retórica siguió elevándose y los dos países no cesaron de lanzarse acusaciones, algunas de las cuales eran bastante razonables pero exacerbaban más los ánimos.

En 2010 una unidad del ejército israelí asaltó el barco y mató a una decena de activistas turcos

El 31 de mayo de 2010 se produjo la crisis del Mavi Marmara, un barco fletado por una ONG turca que transportaba ayuda humanitaria hacia la Franja de Gaza, asediada por Israel. Una unidad del ejército israelí asaltó el barco y mató a una decena de activistas turcos. La crisis que siguió fue bastante más grave.

Netanyahu se negó a disculparse y rápidamente los dos países rompieron relaciones. Como los anteriores incidentes, este último también estaba relacionado con la Franja de Gaza, y con la situación extrema que sufren los gazatíes por decisión de Israel.

Esta situación se mantuvo así durante casi tres años, hasta el 22 de marzo de 2013, cuando el presidente Barack Obama logró que Netanyahu llamara por teléfono a Erdogan y los dos mandatarios acordaron normalizar las relaciones.
Sin embargo, una nueva guerra en la Franja de Gaza en 2014, con la muerte de un gran número de civiles, hizo que Erdogan acusara a Israel de “bombardear a personas inocentes”. El presidente turco también comparó a la ministra israelí Ayelet Shaked con Adolf Hitler.

La reconciliación final no llegó hasta el 27 de junio de 2016. Después de unas prolongadas negociaciones. Israel accedió a indemnizar con 20 millones de dólares a las familias de los activistas muertos en el Mavi Marmara a cambio de dar seguridad jurídica a los soldados que llevaron a cabo la matanza en el barco. Un mes después Erdogan abortó un intento de golpe de estado.

La historia de las relaciones entre Turquía e Israel durante los últimos tres lustros es una historia de desencuentros que probablemente no se resolverá hasta que Erdogan deje la presidencia de su país, puesto que Israel no tiene la menor intención de modificar su política con respecto a la Franja de Gaza.

Las relaciones entre Israel y Turquía son otra víctima del conflicto entre Israel y los palestinos, un conflicto que nadie tiene interés en resolver y que periódicamente sale a la superficie por distintos lugares. Aunque solo una enérgica decisión europea puede acabar con este mal endémico, los europeos no parecen estar interesados en afrontarlo.