Publicado: 29.07.2016 23:53 |Actualizado: 29.07.2016 23:53

Erdogan resetea la política
exterior turca y se acerca a Rusia
en un desafío a Estados Unidos

Los recelos de Turquía hacia EEUU han crecido en los últimos meses. Ankara contempla con interés el acercamiento a la diplomacia rusa tras el intento de golpe de Estado.

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Vladimir Putin conversa con Tayyip Erdogan. SPUTNIK/ ALEXEI NIKOLSKY

Vladimir Putin conversa con Tayyip Erdogan. SPUTNIK/ ALEXEI NIKOLSKY

MOSCÚ.- "Un regalo de Dios". Así definió Recep Tayipp Erdogan el intento de golpe de Estado del pasado 15 de julio. La asonada ha proporcionado al presidente turco un motivo para cimentar su poder con la detención, suspensión y expulsión de decenas de miles de funcionarios públicos –desde la judicatura hasta la enseñanza pasando por el ejército, la policía y la radiotelevisión pública– y la prohibición de numerosas ONG. Pero parece que Dios también obra de misteriosas maneras y el fallido golpe podría acabar beneficiando a un actor al que nadie parecía esperar en este drama: Rusia.



El derribo del Su-24 y los primeros intentos de acercamiento

Las relaciones entre Turquía y Rusia se deterioraron después de que un caza turco derribase el 24 de noviembre de 2015 un avión militar ruso Su-24 que retornaba a su base tras bombardear objetivos en Siria. Según Ankara, el Su-24 violó el espacio aéreo turco y fue derribado después de recibir varias alertas durante cinco minutos. Según Moscú, el avión fue abatido en el espacio aéreo sirio y pese a todas las indicaciones.

Este incidente –el primero en el que un Estado miembro de la OTAN derribaba un avión militar ruso desde la guerra de Corea– se saldó con la muerte de uno de los pilotos y un infante de marina del equipo que acudió en su rescate. En el caso del piloto, éste fue disparado desde el suelo mientras descendía en paraícadas –en lo que supone una violación de la Convención de Ginebra– por miembros de las Brigadas Turkmenas de Siria, una milicia notoria por sus alianzas con organizaciones islamistas como el Frente al-Nusra y Ahrar al-Sham y cuyo comandante en Latakia responsable del suceso, Alparslan Çelik, pertenece a la organización ultranacionalista turca Lobos grises.

La reacción rusa no se hizo esperar y fue contundente. El 26 de noviembre el primer ministro ruso, Dmitri Medvedev, anunciaba la aprobación de sanciones contra Turquía, y, dos días más tarde, el presidente Vladímir Putin firmaba un decreto que prohibía determinadas importaciones agrícolas de Turquía y la extensión de los contratos laborales a los ciudadanos turcos trabajando en Rusia a partir del 1 de enero de 2016, así como de los vuelos chárter de Rusia a Turquía. Las autoridades rusas también emitieron recomendaciones a los tour-operadores rusos para que dejasen de vender paquetes de viajes a Turquía, una medida destinada a golpear el importante sector turístico (4,4 millones de rusos, de los cuales 3,3 millones de turistas, visitaron el país en 2014, según la agencia Reuters). Hürriyet informó a comienzos de este año que el instituto de investigación económica turco TEPAV había llegado a calcular las pérdidas directas para la economía en unos 2.500 millones de dólares –las pérdidas indirectas, a través de la destrucción de empleo, duplicaban esa cifra– y un 0,15% del PIB.

Además, en diciembre las Fuerzas Aeroespaciales de Rusia bombardearon en Idlib una veintena de camiones cisterna cargados de petróleo que partían de las zonas controladas por el Estado Islámico con destino a Turquía. Los medios de comunicación rusos denunciaron poco después que familiares de Erdogan se lucraban con ese mismo tráfico ilegal de petróleo. El 10 de febrero los kurdos sirios inauguraron una representación en Moscú, la segunda en el exterior tras la de Irak, en otro gesto que irritó a las autoridades turcas.

Finalmente, Erdogan, un político poco dado a las concesiones o reconocer sus errores, cedió a la presión. El presidente turco había construido su reputación sobre dos pilares, la estabilidad política y el crecimiento económico –Goldman Sachs llegó a incluir a Turquía en su listado de economías más prometedoras para la inversión en el siglo XXI–, y ambos se tambaleaban por la inestabilidad política en el interior y el desgaste de la imagen en el extranjero, amenazando con alienar incluso a una parte de su propia base social. Erdogan envió una carta de disculpas a Putin que el Kremlin hizo pública a finales de junio: "Nosotros nunca hemos tenido deseo ni intención de derribar un avión que pertenece a la Federación de Rusia (…) Quiero reiterar mis profundas condolencias a la familia del fallecido piloto ruso y por eso pido perdón. Con todo mi corazón comparto su dolor. Percibimos la familia del piloto ruso como una familia turca. Con el fin de aliviar el sufrimiento y la gravedad de los daños causados, estamos listos para cualquier iniciativa".

Turquía daba, así, el primer paso para apaciguar y restablecer sus relaciones con Rusia. Y en eso que se produjo el golpe de Estado.

La reacción rusa al golpe de Estado

A pesar del mal estado de las relaciones ruso-turcas, la reacción de Moscú al golpe de Estado fue de preocupación. El representante del Kremlin, Dmitri Peskov, y el Ministerio de Exteriores se declararon “muy preocupados” por los sucesos y señalaron que Rusia estaba dispuesta a trabajar “de forma constructiva con los dirigentes electos de Turquía”.

Además de ser un importante socio comercial, Turquía ejerce una considerable influencia en el Cáucaso. De manera clara en Azerbaiyán, con el que mantiene una estrecha cooperación en todos los ámbitos y cuyo expresidente, Heydar Aliyev, llegó a afirmar que Turquía y Azerbaiyán eran “una nación con dos Estados”, pero también en el Cáucaso norte, ya que Turquía acoge a numerosos refugiados chechenos. En el año 2013, siendo primer ministro, Erdogan llegó incluso a mostrar su interés en unirse a la Organización de Cooperación de Shanghái, ampliamente considerada como una iniciativa en materia de seguridad para mantener la influencia de la OTAN fuera del espacio euroasiático. Según la politóloga Nazanín Armanian en este mismo medio, debido a que Erdogan tenía “su propia agenda en la política exterior, saliendo de la órbita de EEUU”, Washington le castigó “duramente, empujándole al infierno de la guerra de desgaste de Siria”.

En los días inmediatamente posteriores al golpe, Turquía acusó a “potencias extranjeras” de estar detrás de él, tal y como informaba Eugenio Gascón para Público. “Puede haber otros países implicados también. La organización terrorista gülenista tiene también otra mente superior, si podemos decirlo así, y llegará el tiempo en que se descifrarán las conexiones (…) No creo que sea necesario esperar mucho tiempo”, declaró Erdogan. De sus palabras, escribía Gascón, “se deduce que el presidente turco sigue pensando en Fethullah Gülen, el predicador religioso que reside en Pensilvania y que mantiene buenas relaciones con Estados Unidos”. El presidente turco sugirió en declaraciones a Al Jazeera que tras el derribo del Su-24 también se encontrarían partidarios de Gülen. "Este 'gobierno paralelo' destruyó nuestras relaciones con Rusia. En el incidente con el avión participó uno de sus partidarios, estoy 100% seguro de esto. También participó en el intento de golpe", declaró el alcalde de Ankara, Melih Gökcek, citado por la agencia de noticias Sputnik. El vicepresidente del Gobierno turco, Mehmet Simsek, añadió el martes que el derribo se produjo tras una modificación en las reglas de combate. "Las reglas de combate fueron revisadas porque aviones turcos habían sido derribados por los de Siria; según el nuevo reglamento, se delegó en los pilotos la decisión de abatir o no una aeronave", declaró Simsek a la prensa.

Este jueves, el ex primer ministro turco Ahmet Davutoglu reconoció que fue él quién emitió la orden que propició el ataque al avión ruso. El exdirigente subrayó, no obstante, que su disposición no se refería a una aeronave en concreto, sino que representaba una instrucción común para la defensa del espacio aéreo de Turquía, según ha informado el periódico Hurriyet.

El martes el Kremlin comunicaba que los dos presidentes se reunirán el próximo 9 de agosto en San Petersburgo. El encuentro viene precedido por varios anuncios. Así, el 22 de julio la Comisión Intergubernamental para la Cooperación Económica y Comercial reanudaba sus actividades, y una delegación oficial de Turquía ha visitado Moscú esta semana para tratar varias cuestiones, desde el turismo y la energía hasta la seguridad o la exención de visados para los ciudadanos turcos. Moscú también ha manifestado su intención de reanudar el proyecto Turkish Stream, que llevaría gas ruso directamente a Turquía cruzando el Mar Negro. Eventualmente, este gasoducto podría sustituir al suspendido South Stream como corredor sur del gas ruso a Europa central y que Rusia abandonó alegando obstáculos burocráticos de Bulgaria y la Unión Europea (según Bruselas, el proyecto violaba la política energética comunitaria que estipula la separación de compañías generadoras y distribuidoras de energía). Para ello, habría de conectar con el proyectado Tesla Stream, que a su vez conectaría Turkish Stream con Austria a través de los Balcanes.

¿Reset y comeback?

¿Vuelve Rusia a Oriente Próximo y Oriente Medio? Según Mike Whitney, ha sido la política exterior de la Casa Blanca la que ha empujado, paradójicamente, al presidente turco al campo ruso, lo que podría acabar suponiendo el levantamiento de una pieza clave “entre Europa y Asia que Washington necesita para mantener su hegemonía global en el nuevo siglo”. “El plan de Washington de desplazar su atención a Asia, de rodear y fragmentar Rusia, controlar el crecimiento de China y mantener su férreo control global” podría verse seriamente afectado, escribe Whitney en Counterpunch.

Mike Whitney sostiene que la implicación turca en Siria ha acabado siendo contraproducente para Ankara, ya que ha reforzado a los kurdos –que cuentan, en parte, con el apoyo de EEUU– y ha hecho que el conflicto se extienda finalmente al propio territorio turco en forma de atentados terroristas. Los recelos de Turquía hacia Estados Unidos se han ido acrecentando en los últimos meses: tras el derribo del Su-24, Washington dejó al gobierno de Erdogan hacer frente en solitario a las represalias de Moscú, Estados Unidos apoya a los kurdos y ha hecho de la defensa de Israel un fundamento de su política en la región al que subordina prácticamente todo lo demás. Frente a la política exterior de EEUU, Ankara podría contemplar con interés el acercamiento a la diplomacia rusa, vista con respeto por las grandes potencias de la región –desde Israel hasta Siria e Irán–, que apela con frecuencia a la soberanía y que mantiene buenas relaciones con las autocracias de Asia Central, un sistema de gobierno al que podría actualmente estar aspirando el ejecutivo de Erdogan según algunos analistas.

Por todo esto, explica Whitney, Erdogan ha respuesto “formando alianzas con sus antiguos enemigos (Rusia, Siria e Israel) para resetear la política exterior turca”. En el caso de Siria, el diario británico The Guardian se hizo eco de unas declaraciones del primer ministro turco, Binali Yildrim, reclamando una normalización de las relaciones con Damasco. Con la segunda ciudad del país, Alepo, prácticamente cercada, un eventual cierre de la frontera turca podría suponer otro punto de inflexión en la ofensiva del Ejército Árabe Sirio tras la toma de Palmira.

De producirse un mayor acercamiento entre Turquía y Rusia, en paralelo a un distanciamiento entre Turquía y EEUU, se cernirían también las incógnitas sobre el futuro de la base de Incirlik, en el sur del país, desde donde la coalición occidental dirige los bombardeos en Siria y que aloja decenas de armas nucleares tácticas de EEUU. Turquía posee, además, el segundo mayor ejército de la OTAN tras el de los Estados Unidos, con más de 639.000 personas en sus filas.

A todo ello se suma la frustración común hacia la Unión Europea. Ambos países, escribe Fiódor Liukánov en The Moscow Times, saludaron el proyecto de una “Europa ampliada” y tanto Putin como Erdogan “hicieron grandes esfuerzos en los primeros años de sus mandatos para asegurarse que sus países estaban incluidos en ese proyecto”. Pero según Liukánov, “el proyecto de integración ha sido golpeado por una dura crisis estructural”, por lo que ambos países comienzan a mirar con interés al Este. “La idea de una casa común europea ha perdido fuerza –continúa– y la política europea está retrocediendo a la Europa multipolar del siglo XIX”. Liukánov describe ésta como la época “en la que la competición entre países era el estado de cosas habitual, los pequeños países eran una fuente de discordia y un dolor de cabeza para todos, y los 'bárbaros a las puertas', Rusia y Turquía, estaban divididos por sentimientos de amor y odio hacia Europa”. Por supuesto, añade, “la historia nunca se repite de manera exacta y la situación actual difiere en al menos un punto: Europa ha dejado de ser el centro del mundo. Antes, si Europa estornudaba, el mundo entero se resfriaba. Ahora, sin embargo, tres cuartas partes de la humanidad simplemente no tienen ningún interés en lo que aflige a estas gentes extrañas con sus desmesuradas ambiciones y una menguante capacidad para ponerlas en obra apropiadamente”.

¿Será la reunión de Erdogan con Putin el primer paso hacia un cambio de orientación de la política exterior turca y, con ello, del delicado equilibrio de potencias e influencias en Oriente Próximo y Medio? ¿O se trata simplemente de un ardid del presidente turco para consolidarse en el poder y mantener la condición privilegiada del país como pivote entre Europa y Asia? La respuesta, en cualquier caso, comenzará a dilucidarse en las próximas semanas, o quizá incluso días. Dios también obra de misteriosas maneras.