Publicado: 07.03.2016 08:21 |Actualizado: 07.03.2016 10:19

Eslovenia, el perro guardián de la UE que rechaza a refugiados

Junto a Viena, Liubliana es el primer filtro que deja fuera del sueño europeo a decenas de refugiados cada día

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Un policía guía a un grupo de refugiados hacia la entrada del campo de Dovoba, en Eslovenia./ REUTERS

Un policía guía a un grupo de refugiados hacia la entrada del campo de Dobova, en Eslovenia./ REUTERS

DOBOVA (ESLOVENIA).- “Tenemos problemas con una de las traductoras de Dobova”, dice Kemal El Shairy, traductor libio que trabaja para el Comité de Refugiados y Migrantes de Serbia en Sid, en la frontera con Croacia. “Está denegando la entrada a decenas de refugiados por su color de piel. Ni siquiera tiene un título de árabe o ha vivido en países árabes, así que es imposible que distinga los acentos. Su único aval es que su marido es sirio”, relata indignado.

“¿La traductora de Dobova?”, pregunta Joud Munawar, psicólogo de la ONG Magna en el campo de Slavonski Brod, en Croacia. “Sí, sabemos quién es. Hace tres meses que tenemos problemas con ella”. Estos testimonios dan cuenta de la arbitrariedad con la que Eslovenia está ejerciendo el control del flujo migratorio. Lejos de garantizar la salvación a sirios e iraquíes —las nacionalidades con seguro derecho a pedir asilo por la guerra en sus países—, fiscaliza a quienes llegan y los rechaza al mínimo error. Así lo corroboran fuentes policiales de los campos en la frontera entre Eslovenia y Austria.



El campo de refugiados de Dobova, en Eslovenia, a escasos kilómetros de la frontera con Croacia, se adivina por las dos enormes tiendas blancas de ACNUR y los baños portátiles que están modificando el paisaje balcánico. Para llegar a él hay que pasar el control fronterizo o atravesar las tres concertinas que separan los dos países. El recinto no es más grande que un estadio de fútbol, delimitado por una valla metálica que marca la diferencia entre el común de los mortales y los refugiados. Entre los que están dentro y los que están fuera.

En la entrada al campo, el Ejército da paso al oficial de policía Peter Zupane, que espera la llegada de los periodistas con una sonrisa: “no hay nada que grabar hoy, los refugiados ya se han ido”. Los que continúan el camino, sí. Pero justo antes de empezar la visita, un autobús con 23 de ellos abandona el campo. Son los rechazados por Eslovenia. Las caras de tristeza de sus pasajeros, que ven cómo desandan en cuestión de horas el largo camino que les acercaba a Alemania, hablan por sí solas.

El oficial Zupane no quiere hablar de los refugiados que su país expulsa cada día. Se limita a contestar con monosílabos y echa balones fuera. Cuando se le pregunta por el motivo de los rechazos, contesta: “No lo sé, eso ocurrió en el turno de noche y yo he entrado a las 7 de la mañana”. Parece imposible que el encargado del campo no conozca lo que sucede en él, pero la amnesia transitoria va más allá: tampoco sabe de qué nacionalidades son ni qué pasa con ellos después de cruzar la frontera con Croacia. “Nosotros se los entregamos a las fuerzas de seguridad croatas y ellos hacen lo que estiman oportuno en su jurisdicción”, se limita a decir.

Interior de una de las tiendas del campo de refugiados de Dobova, en Eslovenia./ AFP

Interior de una de las tiendas del campo de refugiados de Dobova, en Eslovenia./ AFP

El autobús con los 23 rechazados llegará, ahora que los países de los Balcanes se han puesto más o menos de acuerdo para regular el flujo migratorio, al campo de Slavonski Brod, en la frontera de Croacia con Bosnia, por la noche. Allí, esperarán a ser deportados a Serbia, que o bien les dejará volver a intentarlo, bien los desterrará hasta Macedonia, acrecentando el tapón de 13.000 personas que aguardan una oportunidad en la frontera con Grecia.

No siempre fue así. Gabriela Banic, de la asociación HSUST que recauda ropa y zapatos para los refugiados explica que al principio los deportados llegaban a la estación central de trenes de Zagreb. “Con el papel de entrada al país que les daba Croacia tenían 10 días de libre tránsito”, relata. Después, debían buscar una manera alternativa de retomar el camino hacia Alemania. Uno de los quiosqueros de la estación dice que todavía ve “de vez en cuando” a algunos refugiados que hacen tránsito en la estación.

Un tren con cerca de 500 refugiados llega normalmente a las 22.00 horas a la estación del pueblo de Dobova, aunque en los últimos días los Balcanes están incumpliendo el acuerdo que firmaron para dejar transitar esa cantidad y la mayoría de los días no hay trenes. Después, la policía los traslada en autobuses hasta el campo, donde pasarán un registro exhaustivo -el enésimo de la ruta- tras el que podrán descansar hasta la salida hacia Sentilj, en la frontera con Austria. Pero a diferencia de otros campos de tránsito, en el Dobova sucede una paradoja: a pesar de ser el único en el que los refugiados pasan buena parte de la noche —hasta las 09.00 horas de la mañana, aproximadamente—, disponen sólo de colchonetas, en lugar de camas.

“Tenemos todo lo que necesitamos”, dice Marko Bradač, encargado de Protección Civil del centro. Según su testimonio, los motivos de rechazo son principalmente la falsificación de documentos o la inmigración por motivos económicos. En esos casos se aparta a las personas del resto del grupo y se las lleva a una tienda a la que ni voluntarios ni periodistas pueden acceder, ni siquiera cuando está vacía. Allí esperan a que el resto parta para ser embarcados en los autobuses que los llevarán de vuelta a Croacia.

Interior de una de las tiendas del campo de refugiados de Dobova, en Eslovenia./ AFP

Interior de una de las tiendas del campo de refugiados de Dobova, en Eslovenia./ AFP

Una fuente de una organización internacional asegura que los motivos para las devoluciones son tan arbitrarios como que los refugiados no se limiten a repetir una y otra vez que vienen de una guerra. “Es tan aleatorio que puede reducirse a decir que si no le gustas al policía de turno, no entras”, asegura esta misma fuente. Si mencionan que quieren “llegar a Alemania para reunirse con la familia que está allí, también son devueltos a las autoridades croatas”, añade.

Los voluntarios del campo señalan que el rechazo no es disuasorio, porque los refugiados vuelven a intentarlo, eso sí, de forma más precaria. Una vez denegado el acceso, no se puede volver a intentar la entrada al país de forma legal durante dos años. Para ello, las autoridades eslovenas alegan “alteración del orden público y peligro para la seguridad”, según un documento al que tuvo acceso el Frente Antirracista de Croacia.

Entre los refugiados viajan muchos niños sin el resto de sus familias. Pero Zupane vuelve a desconocer la información: “No podemos saberlo todo, porque no podemos hablar con todos ellos, pero no parece que vayan solos”. También desconoce si hay traficantes manejando los hilos entre los cientos que llegan.

Desde que Hungría cerró su frontera a mediados de octubre, la ruta de los Balcanes se desvió hacia Eslovenia. Antes de que miles de personas empezaran a traspasar sus fronteras, Liubliana levantó este campo y otro más al lado. Pero Dobova II ya se ha desmantelado, en función de ese acuerdo entre los países de la zona que han decidido aceptar sólo a 500 personas al día.

“Los primeros días recibíamos a unas 10.000 personas y no estábamos tan preparados”, cuenta Bradač. Después, el Ejército, junto con la policía, la Cruz Roja y otras ONG locales, apuntalaron este campo con enormes tiendas, algo de asfalto y containers, convirtiendo el pueblo en algo más que un destino del turismo local, conocido por un complejo de hotel, spa y piscinas infantiles.

Quienes tienen permitido continuar el viaje, apenas descansarán en ninguno de los campos de los Balcanes. Después del temido registro, que puede durar hasta tres o cuatro horas, se les acomoda en tiendas de unos 200 metros cuadrados, con calefacción por aire, colchonetas y algunas mantas. En el campo de Dobova, la Cruz Roja se encarga de proveer la comida y la asistencia médica para quienes estén enfermos. Pero a las 05.30 horas de la mañana empieza la jornada y el Ejército vuelve a embarcar a los refugiados aceptados, esta vez en trenes hacia Sentilj, en la frontera con Austria. Allí les espera el mismo proceso, que se repetirá hasta la llegada a Alemania.