Publicado: 09.10.2016 14:39 |Actualizado: 09.10.2016 14:39

El estremecedor testimonio de las mujeres detenidas y torturadas sexualmente por policías en México

Solo once féminas, de las más de 20 que fueron apresadas en una manifestación en 2006, denuncian y expresan el trauma y el dolor que vivieron.

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Once mujeres han relatado las torturas y agresiones sexuales que sufrieron por la Policía mexicana. REUTERS

Once mujeres han relatado las torturas y agresiones sexuales que sufrieron por la Policía mexicana. REUTERS

CIUDAD DE MÉXICO.- "Me quitaron la mitad de mi vida", son las palabras con las que una de las mujeres de Atenco, una de las once féminas que fueron detenidas y torturadas sexualmente por policías en un operativo en San Salvador Atenco (Estado de México) en mayo de 2006, expresaba el trauma y el dolor con el que ha convivido durante ese infierno del que ya han pasado más de diez años.



El 3 y 4 de mayo de 2006, por orden del entonces gobernador y actual presidente del país, Enrique Peña Nieto, tuvo lugar un operativo policial en las localidades de Texcoco y San Salvador Atenco con el objetivo de poner fin a un movimiento de protesta surgido como oposición a un proyecto para construir un nuevo aeropuerto para Ciudad de México. La manifestación se saldó con dos muertes, decenas de mujeres agredidas y más de 200 personas heridas.

De las más de 20 mujeres que fueron apresadas y torturadas sexualmente durante los enfrentamientos, solamente once han contado su testimonio y llevado el caso hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), donde el organismo acreditó la existencia de graves actos de violencia física sexual y psicológica, además de la violación de siete mujeres por parte de agentes estatales. Sin embargo, tras los hechos, el Estado mexicano incumplió con su obligación de investigarlos.

"Eso ha sido lo más difícil de soportar, lo que más me ha dado coraje durante todo este proceso: el ver que los que nos atacaron directamente salieran absueltos, que no pasara nada. Ni modo, así es la justicia aquí en México", se quejaba Ana María Velasco, de 43 años, en recientes declaraciones al New York Times, una vez que han pasado diez años.

"El hecho de que lleguemos a la Corte Interamericana es una forma de reconocer que esto realmente nos afectó. Que no fue una casualidad, sino más bien una estrategia de estado hacia movimientos sociales y hacia el pueblo en general, y es un paso más para acabar con todo esto de una vez por todas", aseguraba Georgina Edith Rosales, de 60 años, al mismo medio.

Entre las 11 mujeres se encontraban periodistas y estudiantes que fueron a cubrir las protestas. Una era médica encargada de atender a los heridos y otras estaban de compras en el mercado de Texcoco.

Historias únicas

La historia de cada una de las once mujeres es única, cada una de ellas sufrió de una manera y ahora lo expresa de otra. El relato de Yolanda Muñoz comenzó cuando la detuvieron en la azotea de una casa y la pusieron de rodillas. A su lado había una pila de cuerpos amontonados, golpeados y ensangrentados.

"El señalamiento es muy duro. Yo no tengo una carrera, ¿qué puedo hacer? por mis antecedentes nadie me da una recomendación de trabajo", se lastimaba Yolanda Muñoz, de 56 años.

"Es algo que me persigue y a lo que no sobrevives, se queda contigo siempre"

Ella todavía recuerda las botas negras de sus agresores, el encono de sus golpes, "casi siempre pegaban en la espalda y en la cabeza", decía Muñoz. También contó como la subieron a un autobús escolar junto a otras mujeres y hombres que, al igual que ella, creían que iban a morir.

En cierto sentido no se equivocaba, ya que en ese viaje de cinco horas desde Texcoco hacia las distintas cárceles a muchas de las detenidas les mataron una parte de ellas mismas.

Las torturas por las que pasaron estas mujeres fueron inmensas, algunas detallaron que les mordieron los senos y que hasta les pellizcaron los pezones, que a una la obligaron a practicar sexo oral a varios policías y que a otras las penetraron con los dedos u objetos. Las golpearon, manosearon y denigraron.

"No lo he superado, ni tantito. Es algo que me persigue y a lo que no sobrevives, se queda contigo siempre. Nunca pude decirle a mi hijo y a mi padre que me violaron, no solo uno sino varios policías, los hubiera vuelto locos", contaba entre lágrimas María Patricia Romero, de 48 años.

"Se llevaron lo más valioso para mí, que es el tiempo, porque nadie vendería su tiempo, ni un segundo, ni por mil dólares, porque nunca lo puedes recuperar, nadie te lo puede regresar. Porque en el año y medio de vida que me robaron pude haber hecho tantas cosas", explicaba Suhelen Gabriela Cuevas, de 30 años.

"Arruinaron mi vida"

Bárbara Italia Méndez, de 37 años, relataba cómo su proyecto de vida se arruinó. "Después de lo que pasó no tenía planes, ni a corto ni a largo plazo. Solo me dediqué a encontrar la forma de recuperar mi vida, de volver a confiar y de pensar que este mundo no es un lugar horrible".

Algunas dejaron de estudiar y abandonaron sus proyectos. Perdieron parejas, hasta sus propios hijos se alejaron de ellas, y tampoco lograron ser comprendidas por sus seres queridos ni adaptarse al trauma tan particular de una víctima de tortura sexual. Para todas ellas la intimidad sexual es, en el mejor de los casos, un desafío; en los peores días, un suplicio.

"Es como si te hubieran matado. Puedes quedarte muerto en tu vida con el miedo, con el dolor que no se quita, con el recuerdo, o puedes, aun con lo que pasó, tratar de encontrar un camino y la fuerza, tratar de vivir aun sin quitarte aquello que te mató en ese momento", decía Selvas.

"El estigma que recae sobre ti es terrible. Mi novio ya no quería estar conmigo, mis amigos me trataban como si fuera de vidrio y me fuera a romper todo el tiempo. Tuve que reconciliarme con el hecho de que la gente, mi propia familia, no sabían cómo tratarme", contaba Norma Aidé Jiménez Osorio, de 33 años.

"Mis hijos quedaron con un desorden emocional por lo que pasó. Mi hijo, que tenía ocho años en aquel momento, decía que me iba a sacar de la cárcel. Mi hija la más chiquita estaba llena de angustia, dibujaba policías con armas y sangre. Tenía seis años entonces", recordaba Cristina Sánchez, de 50 años.

Las supervivientes de Atenco

Durante estos años las mujeres de Atenco aprendieron que en una país donde el machismo atraviesa conductas sociales y culturales, el hecho de haber sido violadas sexualmente constituye una doble carga, un doble estigma, y también una doble sociedad.

"Tomé la decisión consciente de sobrevivir, de estar viva hoy, de sentirme bonita otra vez, de quererme, de verme en el espejo y reconocer a la persona que veo. Porque esto es lo que me robaron: mi forma de ser, de querer, de sentir", expresaba una de ellas, contaba Patricia Torres Linares, de 33 años.

"Este proceso de diez años ha sido muy difícil y al mismo tiempo muy hermoso. A pesar de lo lastimadas que estábamos, física y emocionalmente, nos tuvimos las unas a las otras y no dejamos que eso nos destruyera", contaba Mariana Selvas, de 32 años.

"No somos las violadas de Atenco, somos las mujeres que sobrevivieron y superaron lo que pasó en Atenco, yo sigo siendo yo, no soy esa etiqueta", contaba Suhelen, quien a día de hoy surfea todas las mañanas en su ciudad natal de Los Cabos, en Baja California.

Más de una década después, la CIDH podría obligar al Estado mexicano a establecer responsabilidades en toda la cadena de mando involucrada en los hechos, lo que incluye al entonces gobernador que ordenó el operativo, a día de hoy el presidente Peña Nieto.

Por su parte, la oficina del presidente no responsabilizó a Peña Nieto y ni siquiera lo nombró explícitamente como un objetivo de la investigación.