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Europa apuesta por avanzar a 'varias velocidades' para resucitar su sueño integrador

La UE está moribunda, según el Papa Francisco, por falta de solidaridad. Los jerarcas europeos ya han traducido a la jerga comunitaria las palabras del Pontífice durante la reciente celebración, en Roma, de los 60 años de los Tratados de la Unión: reforzar las políticas sociales y aplicar la doble velocidad para apuntalar su futuro.

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Manifestantes portan la bandera de la Unión Europea durante la reunión de los líderes europeos en Roma. REUTERS/Alessandro Bianchi

El mensaje se produjo en el Salón Regio del Palacio Apostólico del Vaticano. El primer pontífice no europeo se lo trasladó, sin tapujos, a todos los líderes de la Unión, congregados hace una semana para conmemorar seis décadas de andadura colectiva.

“A menudo se tiene la sensación de que se está produciendo una separación afectiva entre ciudadanos e instituciones europeos, a las que, con frecuencia, se perciben como lejanas y no atentas a la variedad de sensibilidades que constituyen la Unión Europea”.

Una falta de “solidaridad” -relacionó el Papa Francisco-, que ha desempolvado los populismos, debido, entre otras cuestiones, a la deficiente gestión de la inmigración y la negligencia europea para acometer la pobreza en sus países periféricos.

Sólo unas fechas antes, los dirigentes de los cuatro grandes países del euro (y de la UE, si ya se descuenta el Brexit), plasmaron negro sobre blanco la idea de la profecía papal. Angela Merkel, François Hollande, Paolo Gentolini y Mariano Rajoy, en una cumbre reservada y organizada por el jefe del Estado galo en El Elíseo, rescataron el concepto de la Europa de dos (o múltiples) velocidades. Término acuñado en 1994 por el actual ministro de Finanzas alemán y líder de los cristiano-demócratas bávaros, Wolfgang Schäuble, y el diputado de la CDU durante más de dos décadas, Karl Lamers.

A los pocos años de la entrada en vigor del Tratado de Maastricht, que dio inicio a dos de los acontecimientos de mayor calado de la historia de la UE -el euro y la expansión al Este- pero que, al mismo tiempo, y tras más de un decenio de coexistencia poco pacífica, han llevado al desgobierno a la Unión.

Los líderes europeos van a apostar por la doble velocidad, un núcleo duro de socios  que ponga en marcha proyectos de integración

En esencia, por la incapacidad de conciliar intereses entre el que quizás sea el mayor exponente de integración -la moneda única, pese a sus claros déficit de armonización- y un club demasiado prolífico de, aún, 28 Estados, que complica hasta el extremo la toma de decisiones por unanimidad.

La doble velocidad -inciden sus ideólogos- viene a saldar esta anomalía. Su premisa gira en torno a que un grupo reducido de socios (hard core o núcleo duro) es capaz de provocar un “efecto centrípeto”, una especie de atracción magnética hacia los grandes proyectos de cooperación, de liderazgo sin reservas, al resto de socios europeos. Nada más lejos de la realidad.

A los sesenta años de unidad, la decadencia de la UE que describió el Papa es elocuente. Un miembro del club (Reino Unido) ha decidido irse; otro, Polonia, está en situación de aislamiento diplomático por las políticas ultranacionalistas de su Ejecutivo, mientras dos de sus históricos afiliados, Francia e Italia -tres, si se suma a la Holanda de Geert Wilders-, tienen partidos de oposición con reclamos de abandono de la UE.

Sin contar con la multiplicidad de círculos de presión. Desde el Grupo Visegrado (socios emergentes del Este: Polonia, Hungría, Eslovaquia y la República Checa) hasta el Club Med -periféricos del sur-, pasando por los Bálticos, recelosos hacia Rusia o el Consejo Nórdico -Noruega o Islandia, los escandinavos no miembros de la UE-, pero influyentes con sus vecinos del club (Dinamarca, Finlandia y Suecia) en asuntos como el cambio climático o la defensa de los Estados del Bienestar.

Los detractores de esta geometría variable se quejan de que reduce la solidaridad, perpetuará la división entre ricos y pobres,y creará una Europa federal a imagen de Alemania

O Suiza, que asume no poca regulación comunitaria, pero que permanece ajena a la Unión para preservar su docilidad fiscal y su secreto bancario. Pese a esta tesitura, los cuatro grandes han reverdecido para la causa europea el teorema de la geometría variable, por la doble o múltiple velocidad, con objeto de regenerar Europa; es decir, reanimar al paciente y avanzar mediante mecanismos de cooperación reforzada.

En tres pilares: integración económica y fiscal, para armonizar la coyuntura y facilitar la política monetaria del BCE; en políticas sociales y reducir así las desigualdades surgidas tras un prolongado lustro de austeridad post-crisis, y en Defensa y Seguridad, lo que se traducirá en mayores gastos militares para diluir las amenazas de la Administración Trump a la OTAN.

Las palabras de los dirigentes europeos no dejan lugar a dudas. Para Hollande, “la unidad no es uniformidad”, por lo que, “hay que instaurar nuevas formas de cooperación […] que nos haga a determinados países avanzar más rápido, de forma más eficiente y con más fortaleza, sin excluir al resto y sin recibir su oposición inicial”.

El logo del euro delante del rascacielos de Fráncfort donde tiene su sede el BCE. REUTERS/Kai Pfaffenbach

Merkel ha sido, si cabe, más contundente: “Los socios que queremos el progreso de la Unión debemos tener el coraje de propiciar más Europa, aunque no todos quieran ir en el mismo barco. Es una necesidad imperiosa crear una Europa a distintas velocidades; de otra forma, probablemente nos atascaremos sin remedio”.

Un itinerario que, en opinión de Gentolini resulta esencial “para responder a las ilusiones del populismo”, respuesta velada al dirigente del partido gubernamental polaco, Jaroslaw Kaczynski, quien ha advertido de que cualquier movimiento hacia la doble velocidad dividirá el bloque.

“Será la liquidación de la UE en su concepción actual”. Polonia se ha erigido en el mayor freno a esta iniciativa.Pero lo cierto es que la concepción de que un núcleo duro de países abandere la cooperación en la UE siempre ha estado encima de la mesa. Incluso con proyectos como el euro.

En su fase inicial y en plena crisis. El euro a dos velocidades, para no pocos economistas y políticos dentro y fuera de la Unión, hubiera sido la alternativa más idónea para relajar la austeridad. Con Alemania a la cabeza de la ortodoxia monetaria y económica de la eurozona.

Expertos como David McWilliams se hacía eco, en OCDE Observer, revista oficial de esta institución multilateral, de que una divisa común con doble velocidad de socios hubiera facilitado al BCE la gestión de la crisis, con el euro blando, el asumido por los países periféricos altamente endeudados, un 70% por debajo de su cotización en mercado, lo que hubiera reducido en un tercio el nivel de vida en estas latitudes, algo que ha durado cinco años.

A cambio, los socios rescatados se hubieran beneficiado, desde el primer momento, de ventajas competitivas, ganado atractivo inversor y reducido sus ratios de deuda en un 30% y precipitado la recuperación, aclara el economista irlandés.

Un hombre porta una corbata Pro-Brexit en un evento celebrado después de que la primera ministra británica, Theresa May anunciase el proceso de separación de Gran Bretaña de la Unión Europa.REUTERS/Peter Nicholls

El diagnóstico de McWilliams desvela parte del enigma oculto. Una Europa a varias velocidades es, de facto, el germen de un federalismo comunitario. Algo que modifica la filosofía imperante en el club de una unión de Estados. El reto es cómo forjar este nuevo armazón.

Con un eje, el franco-alemán, diametralmente opuesto. Entre una Francia centralista y una Alemania federal, stricto sensu, con décadas de funcionamiento bajo estrictas y precisas leyes estatales, regionales y locales. Aunque también serviría para encajar la realidad.

Países en primera velocidad en áreas como la monetaria y la económica (los socios convencidos del euro); otra segunda, de Estados a los que no les interesa la divisa común (Polonia ha dicho que no se incorporará en los próximos veinte años), pero sí desean protección militar compartida (todos los del Este, sin excepciones), y dejar, incluso, en una tercera escala, al Reino Unido del Brexit y a países del Espacio Económico Europeo (Noruega, Islandia, Liechtenstein y Suiza), que desean acceder al mercado interior pero no disfrutar del Tratado de Schengen de libre circulación de personas.

El presidente Francés, Francois Hollande, junto a la cánciller alemana Angela Merkel, el presidente español Mariano Rajoy y el primer ministro italiano Paolo Gentiloni en la cumbre de la UE celebrada en Versalles, Francia.REUTERS/Philippe Wojazer

El dilema reside en definir consensos entre la intención de París de un modelo federal de baja intensidad en el que el poder se concentre en manos de pocos líderes.

O la defensa de Berlín de un sistema con normas rigurosas y cúpulas institucionales plenamente independientes. Porque, de otra forma, la unión sería voluble e inestable.

Un euro que no opera en la totalidad de socios; pasaportes Schengen enterrados por países donde rige el ultranacionalismo, pero requerido por Estados no miembros de la UE; adhesiones en los Balcanes pendientes e, incluso, iniciativas de armonización como la de crear una patente común europea, sin naciones como Italia o España.

El Brexit podría generar la velocidad múltiple: un grupo selecto con euro y Schengen, otro díscolo con uno o ambos, pero fieles a la seguridad común, y un tercero con Reino Unido y los países del espacio de cooperación

En la órbita comunitaria, el debate entre partidarios y detractores de la múltiple velocidad en la UE ha sido constante. Para los primeros, el Brexit ha creado el caldo de cultivo preciso. Sin Reino Unido, el eje franco-alemán hubiera fortalecido la unidad hace lustros; ahora que la salida de Londres es un hecho, “la integración política y económica” -incluso el nacimiento de un gobierno del euro- “está mucho más cerca” se afirma en Debating Europe, plataforma que dice trasladar las discusiones ciudadanas a las elites europeas.

También creen que es un reconocimiento de la realidad: con diez naciones fuera del euro, Irlanda feliz con Schengen, Dinamarca con la política de Seguridad y Defensa, Polonia ajena a la Carta de Derechos Fundamentales y Chequia con sus empresas al margen del Pacto Fiscal europeo.

Una fórmula que garantiza los valores originarios, sin presiones. Porque, por ejemplo, las economías alemana y griega no navegan al mismo ritmo y, por tanto, no deberían compartir políticas económicas. Y Atenas siempre podría irse del club monetario y devaluar su antigua moneda para recuperarse con más prontitud.

Los expertos creen que esta fórmula debería exigir el principio de voluntariedad para que cada Estado decida libremente su predisposición a avanzar a primera o segunda velocidad 

Por contra, entre los opositores a la Kerneuropa (core Europe) de Schäubel y Lamers se incide en que perpetuará las divisiones entre grandes y pequeños, ricos y pobres; rebajará la solidaridad al generar formas de coalición permanentes y añadirá complejidad a la arquitectura de la Unión, ya de por sí muy alambicada. Marek Dabrowski, del Instituto Bruegel, considera que, si se acude a este escenario, la clave será perpetuar el principio de voluntariedad.

Cualquier decisión de acceso o de salida de un proyecto de integración debe ser decidido democráticamente y obtener el consentimiento unánime -dice- lo que obligará a transformar el entramado institucional para agilizar las deliberaciones, por un lado, y gestionar las asimetrías, por otro.

Porque, entre otras cuestiones, respecto al euro, será de todo punto irrenunciable configurar, por ejemplo, un mecanismo de disciplina presupuestaria supranacional. Igual que, para Shengen, establecer una autoridad común que decida sobre los refugiados y peticiones de asilo y defina las medidas de protección y control fronterizas.

A juicio de Dabrowski, será preciso reconfigurar competencias, recursos, responsabilidades y reglas de juego. Eso sí, dentro de una integración “más flexible”, la que ofrece la geometría variable.Quizás en este cometido, convenga recordar las máximas de dos de los padres de la construcción europea.

Robert Schumann ya alertó en su declaración de mayo de 1950, que dio el pistoletazo de salida de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), que "Europa no se hará de una vez, ni en una obra de conjunto, sino gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”.

En línea con el recordatorio del Papa Francisco. O las palabras del que fuera gran asesor del ex ministro de Exteriores galo y también patriarca europeo, Jean Monn