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El éxodo de refugiados somalíes desborda los campos de Kenia

La ONU declara oficialmente el estado de hambruna en dos regiones del sur de Somalia

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En el campamento de refugiados de Dadaab hay los que venden, los que compran y los que piden. Y también los que no sobreviven. Hay refrescos y harina, la que los burros arrastran en carros después de que sus dueños hayan recogido los sacos que distribuye el Programa Mundial de Alimentos. Pero no suficiente.

Dadaab era originalmente una pequeña localidad, de hecho el pueblo aún existe, pero la continua llegada de refugiados durante los últimos 20 años la ha convertido en la tercera ciudad de Kenia, después de la capital, Nairobi, y de Mombasa. Aunque sus cerca de 400.000 actuales inquilinos que cuadruplican su capacidad inicial son en su mayoría somalíes.

La espera para inscribirse en el campamento es de más de una semana

El flujo incansable se ha multiplicado en las últimas semanas por la sequía que azota al cuerno de África, la peor en los últimos 60 años.

El país más afectado es Somalia, sumido desde hace dos décadas en el desgobierno. La inseguridad, las luchas entre clanes y la ley marcada por las armas deja a los civiles sin otra alternativa que huir.

La ONU declaró ayer oficialmente el estado de hambruna en dos regiones del sur de Somalia, Bakool y Baja Shabelle, una situación que el país africano no vivía desde 1992. El organismo considera que existe hambruna cuando el índice de malnutrición aguda entre los niños supera el 30% y más de dos personas por cada 10.000 habitantes mueren al día.

Dadaab cuadruplica su capacidad inicial, con cerca de 400.000 personas

'Si no actuamos, la hambruna se extenderá a las ocho regiones del sur de Somalia en los próximos dos meses', advirtió el coordinador de la ONU Mark Bowden.

La mitad de la población somalí unos 3,7 millones de personas está en situación de crisis humanitaria, de los cuales 2,8 millones se ubican en el sur.

Los ojos saltones de la pequeña Shokria se esconden a medias cuando los débiles párpados decaen, para volverse a levantar. Mira sorprendida alrededor pero no se queja, pese a estar vomitando la medicación, y la diarrea evoca la leche que consume, el único alimento que tolera.

Unos 3.000 somalíes cruzan cada día a los países vecinos

Los llantos de los demás niños desnutridos de la sala rodean su silencio. Con sólo 8 meses y tres kilos, Shokria ya ha conocido la sequía, el hambre y el largo camino en busca de un nuevo hogar. La tez redonda de Khadija, su amable madre, y el velo que la rodea distinguen su origen somalí.

En Somalia, Khadija y su marido eran pastores, hace apenas unos meses, pero el ganado enfermó por falta de agua y comida. Muertas todas sus cabras, decidieron emprender a pie el camino hacia Dadaab, algo que están haciendo, como ellos, miles de personas cada día. Sin saber qué significa un Gobierno, Khadija y su esposo ni se plantearon que alguien en Somalia pudiera tener en cuenta su situación. No esperaron ayuda, la fueron a buscar .

En la sala de nutrición terapéutica del hospital que Médicos Sin Fronteras (MSF) tiene en Dadaab, todos los brazos de infantes, además del de Shokria, miden menos de 115 milímetros. Lo que significa malnutrición severa.

El hospital recibe unos 50 niños a la semana, más del doble de los que atendían a finales de 2010. Los niños menores de 5 años son siempre los más vulnerables a la malnutrición, por su fragilidad. Tan extrema es la crisis actual que ha desaparecido la barrera de los 5 años y, según un estudio de MSF realizado en junio, se calcula que más de un 40% de los niños de entre 5 y 10 años que llegan a Dadaab padecen malnutrición.

El viento levanta el polvo cubriendo el seco clima del 'lugar lleno de piedras' Dagahaley, el 'lugar de los árboles' Hagadera e Ifo, los tres asentamientos de Dadaab.

La arena fina tiene las huellas de los miles de refugiados recién llegados desde Somalia, como Abdi, que anduvo durante semanas antes de cruzar la frontera con Kenia. La arena también muestra el rastro de los autocares, el ganado y los socavones que dejan los todoterrenos de las organizaciones internacionales que plagan el lugar.

Abdi, arrugado y con aspecto de anciano, aunque sólo tiene 27 años, vino solo, dejando en el pueblo a su mujer e hijos. Lleva diez días haciendo cola enfrente de los alambres de espino y de la valla azul de la ONU, intentando registrarse en la entrada del campamento. Junto a él, un cúmulo de refugiados, vigilados por los soldados kenianos, aspira a pasar al otro lado. Dentro hay médicos, comida e incluso los líderes comunitarios suministran ropa y zapatos.

Los más enfermos y las familias numerosas tienen prioridad, así que a él aún no le ha tocado el turno. La saturación se debe a la enorme oleada de refugiados, nunca vista antes.

Casi 135.000 personas han salido de Somalia hacia los países vecinos desde enero. Una media de 1.700 y 1.300 somalíes llegan cada día a Etiopía y Kenia, respectivamente.

Tras dos años sin lluvias y con el clima sin augurarlas en los próximos meses, la situación no da ningún indicio de mejora.