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Había que tomar partido por Esperanza

 El autor reflexiona sobre la historia que ha querido transmitir al mundo

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Debió de ser un día de invierno de 1978. Me cuesta saber por qué aún había que esconderse para contar las verdades más bárbaras, terribles. ¿No había pasado todo?

Esperanza y Manoli llegaron a mi casa de manera clandestina. Un amigo me había recomendado para que les redactara el informe que deseaban enviar a las autoridades españolas en busca de protección y ayuda. Temían más a los servicios secretos argentinos que a las rémoras aún vigentes de la dictadura española recién fallecida.

Cuando narraba las peripecias por cárceles, cuarteles, sedes eclesiásticas y organismos de derechos humanos, Esperanza se levantó, giró alrededor de la mesa y me agarró por el cuello de la camisa. No me confundió con Galtieri, pero me gritó lo que a él le había gritado en su propio rostro, '¡asesino!', y me estremecí con la duda de si sabría escapar de aquel estruendo.

Había que tomar partido. El periodismo es eso o, al menos, para eso quería ser periodista. Redacté lo que me pidieron, pero no obtuvieron respuesta; menos aún recompensa.

Muchos años después de encuentros intermitentes, conversaciones emocionadas y difíciles peripecias, Esperanza me habló de su infancia, de la felicidad que disfrutó, de por qué su llanto se rompía con carcajadas, de su profundo concepto de la dignidad.

Su esperanza ya estaba puesta en la instrucción del juez Garzón, en el atisbo de justicia que adivinaban, en la alegría de las nietas y los bisnietos, en la compañía protectora de Manoli. Sólo entonces comprendí, tan tarde, que aquella mujer merecía el reconocimiento público de una sociedad muchas veces abotargada, empecinada en el poder y la riqueza. Y que mi única posibilidad de contribuir a ello pasaba por convertir el informe que escribí en 1978 en el relato de toda su vida.