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La herencia de Gadafi envenena la tarea de construir una nueva Libia

El Consejo de Transición deberá despejar las dudas sobre su liderazgo y conjurar el temor a una deriva integrista

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¿Cómo construir una democracia desde cero? Ese es el interrogante al que ahora deberán responder los líderes de la nueva Libia, un país que despierta de cuatro décadas de poder despótico de Muamar Gadafi. Un poder que deja una herencia envenenada y cuyos cimientos se asentaron sobre la represión, pero también sobre un complejísimo entramado de apoyos tribales (en Libia hay unas 140 tribus) y de reparto clientelista de la riqueza del petróleo.

Pero en esta nueva era que da ahora sus primeros pasos no está aún claro quién dirigirá el destino del nuevo Estado. La prioridad ahora, más que definir el liderazgo, es acabar con los últimos focos de apoyo a Gadafi y capturar al tirano. Ayer, el Consejo Nacional de Transición (CNT), la dirección de los rebeldes, dio un ultimátum a la ciudad de Beni Walid, donde se cree que puede estar escondido el dictador, para que se rindiera antes de las nueve de la mañana de hoy.

En Libia no existe casi nada que se asemeje a una estructura estatal

En los últimos días, personajes desconocidos irrumpían en el hall del hotel Corinthia, cuartel general improvisado en Trípoli del CNT, rodeados de numerosos guardaespaldas. '¿Quién es usted?', preguntaban desconcertados y a voces los periodistas. 'Soy Mohamed Alagy, el nuevo ministro de Justicia', anunciaba solemne el interesado.

Si el reparto de poder en el seno del CNT no está aún claro, dos rostros se han afianzado ya como su cara visible: el presidente del CNT y exministro de Justicia de Gadafi, Mustafá Abdeljalil, y su número dos, Mahmud Yibril, que ejerce de primer ministro, ambos moderados y de discurso conciliador hacia Occidente.

Yibril tiene otro punto a su favor: una formación en Estados Unidos que comparte con Ali Tarhouni, nuevo ministro de Economía y Petróleo, figura de la oposición libia que hasta ahora era docente en una universidad del estado de Washington.

El futuro Gobierno tendrá que resolver el complejísimo rompecabezas tribal

Cumpliendo su papel de líder del CNT, Mustafá Abdeljalil aún no ha pisado Trípoli. En las últimas dos semanas ha estado de ruta por algunas capitales del mundo, intentando desbloquear los fondos que deben permitir a la economía libia echar de nuevo a andar, una tarea que llevará meses. Ese es el tiempo que las compañías petroleras internacionales han calculado que se tardará en reanudar la producción y exportación de petróleo. Libia es un país rentista cuya economía se basa casi enteramente en la explotación de sus enormes reservas de hidrocarburos, que se calculan en 46.000 millones de barriles, las mayores de África, y de 1,55 billones de metros cúbicos de gas natural.

El nacimiento del Ejecutivo rebelde se ha visto empañado estos días por las imágenes de fosas comunes repletas de cadáveres con signos de haber sido ejecutados y otras atrocidades cometidas en Trípoli por ambos bandos.

Nuevo ultimátum, hasta la mañana de hoy, a los gadafistas de Beni Walid

La cuestión del respeto a los derechos humanos es una de las más importantes sombras que, por ahora, arroja la gestión de la incipiente nueva Administración libia. El CNT sigue permitiendo, por ejemplo, las detenciones indiscriminadas de subsaharianos, a quienes se acusa de haber sido mercenarios de Gadafi.

No pocos se preguntan también qué grado de legitimidad democrática tienen dirigentes que, como el presidente del CNT, formaron parte durante años del régimen que ahora han contribuido a derrocar.

Las nuevas caras del liderazgo libio se muestran sólo de cara a la galería. En el hotel Corinthia se siguen viendo los rostros de antes, los de los hombres del Ministerio de Información que se afanaban hace sólo unas semanas en tildar a los ahora líderes de terroristas de Al Qaeda.

'Yo sigo en mi puesto de trabajo. Ahora estoy con un periódico americano para ayudarle a moverse por aquí', relata a Público Mustafá, uno de los esbirros de los que antes impedía salir del hotel a la prensa durante la guerra. 'De momento tenemos que contar con los funcionarios que estaban antes, pero sólo por ahora', se justifica Abdul Busin, portavoz del Ministerio de Defensa.

Las luchas de poder en el interior del Consejo tampoco han pasado inadvertidas. Luchas que quizás estuvieron detrás del asesinato en julio a manos de sus propios hombres del jefe militar rebelde, Abdel Fattah Yunus, un crimen nunca aclarado aunque ayer fue detenido un sospechoso. Con todo, uno de los aspectos que más preocupa a los observadores internacionales es la posibilidad de una deriva integrista en el heterogéneo Consejo Nacional de Transición libio.

El nombramiento esta semana de Abdelhakim Belhaj, exmiembro del Grupo Islámico Combatiente Libio, al que se relaciona con Al Qaeda, como jefe militar de los rebeldes en Trípoli ha acentuado ese temor, al igual que la decisión de los rebeldes de situar la sharia, la ley islámica, como fuente principal de la ley en su declaración constitutiva, el documento que precisa la hoja de ruta del periodo pos-Gadafi.

La desconfianza se percibe también en la calle. 'Yo no me fío de los de Bengasi, siempre hemos sido muy diferentes', asegura un comerciante de telas en la medina de Trípoli, una ciudad tradicionalmente menos integrista que la región de la Cirenaica, en el este, de donde proceden la mayoría de los miembros del CNT.

Libia no es Egipto ni Túnez. En los 42 años de Jamahiriya, el extraño régimen inventado por Gadafi, híbrido de socialismo no marxista, pseudodemocracia directa y elementos de la religiosidad islámica, en el país no había casi nada que ahora pueda ser aprovechado para construir el 'Estado democrático' y moderno que prometen los insurgentes.

El futuro Ejecutivo deberá resolver además el rompecabezas tribal, incluyendo a las tribus opositoras que han apoyado la revuelta, como la senoussi, una influyente cofradía religiosa del este; los warfala, que han liderado las revueltas de la zona oriental, y los bereberes de Fezzan en el sur, que comenzaron a sentirse fuera de la distribución de la riqueza del petróleo y el gas. Ahora hay que integrar a todos esos clanes en el nuevo Gobierno, incluyendo a los gadafa y otros leales al régimen, como los magarma. Pero para alcanzar ese fin, lo primero es dejar la guerra atrás.