Público
Público

Hugo Chávez, de una vez y por siempre

Publicidad
Media: 0
Votos: 0
Comentarios:

No por esperada, la muerte del compañero presidente Hugo Chávez ha sido menos dolorosa. De muchas maneras, quienes teníamos conciencia del enorme valor e impacto de su persona en la política de Venezuela y Latinoamérica, esperábamos un milagro que no llegó. Tocan hoy días y meses y años de duelo por el humilde vendedor de papayas que, ya mayor, promovió y consolidó -elección tras elección- una de las revoluciones más singulares y que más han contribuido a cambiar a nuestra querida Latinoamérica.

El Caribe ha sido escenario de los más profundos y violentos cambios en la región. Explicable porque ha sido, históricamente, la región más devastada por los distintos imperialismos. Desde la sangrienta lucha por la independencia de Haití, iniciada por Toussaint Louverture en 1793 y concluida por Jean Jacques Dessalines en 1804, el mar Caribe ha presenciado dos siglos de lucha por la independencia y las reivindicaciones sociales y políticas de pueblos intervenidos, oprimidos y expoliados como pocos.

En 1959 vio triunfar a la revolución cubana, hecho que produjo un cambio radical en el continente americano. La violenta reacción de EEUU llevó al bloqueo y aislamiento de Cuba, no obstante lo cual el ejemplo cubano se regó como pólvora y surgieron decenas de movimientos guerrilleros, tras la estela dejada por Ernesto Guevara, el Che. Pero Cuba, como isla, quedó cercada y sometida a cuarentena política y económica.

Tras dos décadas de derrotas y con casi toda Latinoamérica sumida en sangrientas dictaduras neofascistas, promovidas por Washington, otra revolución en otro país caribeño sacudió Latinoamérica. En julio de 1979 entraban en Managua las columnas guerrilleras sandinistas, poniendo fin a cuarenta años de dictadura de la familia Somoza. La guerra contrarrevolucionaria no tardó en comenzar, implacable y feroz, lo que finalmente provocaría la derrota de la revolución sandinista, para alegría de EEUU y de las clases oligárquicas latinoamericanas. Y es que Cuba y Nicaragua eran países pequeños, vulnerables y pobres. Objetivos fáciles para la potencia hegemónica.

La irrupción de Chávez en Venezuela fue lo más parecido a un terremoto. Indignado por la matanza de pobres en febrero de 1989 (el levantamiento popular conocido como 'caracazo'), Chávez decidió pasar a la acción y crear un movimiento para derrocar a la corruptocracia que había hundido a Venezuela. En febrero de 1992 su intento de golpe terminó en fracaso, pero lo situó en primerísima fila. Era sorprendente e inusual que miembros de ejércitos entrenados para combatir a la izquierda y sostener a las clases dominantes se sublevaran contra el sistema.

Indultado en 1994, funda el Movimiento Quinta República y, en diciembre de 1998, gana con un abrumador 56,2% las elecciones presidenciales. Su triunfo es una sacudida nacional y continental. Por vez primera, desde Salvador Allende, en 1970, una coalición de izquierdas accedía al poder por medio de las urnas. Hugo Chávez inicia, entonces, un proceso que terminará transformando Venezuela, el Caribe y, finalmente, a toda la región latinoamericana, tomando como bandera los ideales unionistas de Simón Bolívar. Por vez primera, también, triunfaba un movimiento de izquierdas en uno de los países más ricos de Latinoamérica. Esto es igual que decir que triunfaba en un país al que no se podía bloquear ni aislar -como a Cuba- ni se le podía llevar a la ruina por medio del bloqueo y la guerra -como había pasado en Nicaragua-. Ese hecho convertía a Hugo Chávez en un dirigente de izquierda peligroso para el establishment continental y para los intereses hegemónicos que todavía coleteaban con virulencia en Washington.

El 'experimento Chávez', por esa suma de razones, no podía consolidarse. No obstante, a pesar de todos los pesares, Chávez arrasa en el referéndum constituyente de julio de 1999, en el referéndum de diciembre de ese año y en las elecciones generales de julio de 2000. Por vías democráticas reconocidas por todos, la revolución bolivariana quedaba una y otra vez legitimada en las urnas y Chávez era refrendado para ponerla en marcha.

Incapaces de vencerlo con los votos, el binomio de siempre (oligarquía e imperio) intenta repetir en Venezuela lo que había culminado con éxito en Chile, en 1973: el golpe de estado. El guión es casi el mismo. En diciembre de 2001 los empresarios llaman a un paro nacional. Las televisiones privadas -que son casi todas en Venezuela- prestan sus cámaras para que desfilen militares pidiendo la renuncia de Chávez. En marzo de 2002, empresarios y jerarquía católica acuerdan aliarse para provocar su caída. La directiva de la mayor empresa del país, PDVSA, inicia una huelga salvaje, similar a la del sindicato de camioneros contra Allende. Los disturbios en las calles se multiplican (como había acaecido en Chile) y, guinda de un guión conocido, hay una docena de muertos. Todo está servido para el golpe de estado, que se produce el 12 de abril, con la captura del presidente constitucional en el Palacio de Miraflores. La cadena estadounidense CNN trasmite al mundo, en vivo y directo, el golpe de estado.

Pero, esta vez, el guión iba a ser cambiado (yo, que estaba en Nicaragua, siguiendo por la CNN el golpe de estado, escribí, después de su fracaso, un artículo para el diario El Mundo, que titulé Hugo Chávez y el guión cambiado). La gente toma las calles y toma el Palacio de Miraflores. Unidades del Ejército declaran su respaldo a la Constitución y paracaidistas rescatan a Chávez y lo devuelven a Miraflores. En menos de 48 horas el golpe ha fracasado, hecho inédito que asombra al mundo y llena de felicidad a la izquierda y a los movimientos progresistas latinoamericanos. Porque no era sólo el fracaso del golpe en Venezuela. Era el fin de una era de fracasos, en la que EEUU y sus aliados criollos lograban destruir, de una u otra forma, a las fuerzas de izquierda. El fracaso del golpe revertía esa era y situaba a Venezuela y Latinoamérica en una nueva senda histórica. Los ejércitos dejaban de ser garantes de oligarquías e imperios para convertirse en parte activa de los procesos de cambio. No sólo fracasaba la obtusa oligarquía venezolana. Fracasaba EEUU. Ganaban, por vez primera, los pueblos.

A partir de entonces vendrían, una tras otra, las nuevas realidades. El petróleo, que antes sólo había servido para financiar el despilfarro de una clase ociosa, sirve para elevar las condiciones de vida de los excluidos de siempre y -la mayor y más terrible herejía- es convertido por Chávez en medio para impulsar la unidad latinoamericana, empezando por su región inmediata. PETROCARIBE es la punta de lanza de la unidad. Petróleo en condiciones ventajosas para mejorar la vida de los pueblos, financiar proyectos sociales, introducir nuevas reglas, basadas en la solidaridad, no en la idea del beneficio puro y duro, obviando el sufrimiento que ese beneficio podía producir. Por eso Venezuela, con Hugo Chávez de presidente, era el mayor peligro al que se podían enfrentar las clases dominantes de siempre y el siempre incómodo poder hegemónico. Cuba podía darnos su ejemplo y un siempre limitado apoyo material y poco más. El Chile de Allende apenas tuvo tiempo de caminar un poco. La Nicaragua sandinista fue ahogada en sangre. La revolución bolivariana de Chávez no sólo había sobrevivido a todos los intentos de destruirla, sino que se había convertido en un poderoso motor de cambio continental.

La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), resumirá, en los hechos, el sueño de unidad que mueve al compañero Chávez. El ALBA es posible porque la región experimenta cambios asombrosos, resumidos en el acceso al poder, por vía electoral, de grandes movimientos de izquierda. En 2003, el obrero metalúrgico Luiz Ignacio Lula da Silva, gana la presidencia en Brasil. 2004 ve el triunfo del socialista Tabaré Vázquez en Uruguay. En 2005, Bolivia elige presidente a Evo Morales, primer indígena en lograrlo. En 2006, Rafael Correo triunfa en Ecuador y el sandinista Daniel Ortega en Nicaragua. Latinoamérica cambia de color y no sólo político. Sus presidentes no son ya blancos descendientes de europeos. Son mulatos, mestizos e indígenas. Hablan de otra manera, se relacionan de otra forma, quieren refundar sus países.

En Europa y EEUU el trastorno es general. Muchos de esos presidentes no hablan inglés ni han estudiado en alguna de sus universidades. Hablan de derechos sociales, económicos y culturales. Nacionalizan riquezas y fomentan la transformación de sus países. Se unen en alianzas sospechosas y ejecutan políticas exteriores independientes. Se apoyan unos a otros, se llaman como amigos de colegio. Son Hugo, Evo, Rafael, Cristina, Lula o Daniel. Avisan que quien se meta con uno se mete con todos. Así, cuando el golpe de estado en Honduras, vuelan a Costa Rica a brindarle apoyo al derrocado presidente Zelaya. Latinoamérica ya no es lo que era. No volverá a serlo.

El compañero comandante y presidente Hugo Chávez nos ha dejado físicamente. Pero su presencia y obra, digan lo que digan los agoreros de siempre, es un árbol de raíces profundas, en Venezuela y en Latinoamérica. De su mano aprendimos a reconocernos, a trabajar juntos y a construir y soñar un futuro mejor para todos nuestros pueblos y países. Toca seguir, hombro con hombro, como dijo Rubén Darío: 'En espíritu unidos, en espíritu y ansias y lenguas'. En Europa tienen difícil entender estos procesos. En Latinoamérica no. Hasta siempre, querido comandante presidente Hugo Chávez. San Hugo de Venezuela. Ya estás junto a Martí, Sandino y el Che. Tus pares en la historia.

*Embajador de Nicaragua en España. Fue profesor en la Universidad Autónoma de Madrid