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"La integración por decreto no funciona"

Jadiya Mohsen-Finan, responsable de investigación del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI), ha dado una conferencia en Madrid de la mano de Casa Árabe sobre el incierto futuro de la región magrebí. El r

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Usted sostiene que el Magreb está sumido en la incertidumbre, ¿por qué?

En estos países, las clases políticas se muestran incapaces de satisfacer las expectativas de sus compatriotas en cuanto a empleo, educación o proyectos políticos en los que puedan tener voz y voto. Los políticos magrebíes no tienen nada que ofrecer a sus ciudadanos. Una parte de esa población mayoritariamente joven puede verse por ello tentada de unirse a las redes terroristas, sea para inmolarse o bien para partir a combatir en Irak. En el Magreb, hay un clima de desesperanza que remite a una honda crisis política y de identidad.

La identidad es una de las bazas de los movimientos islamistas...

Los islamistas ofrecen dignidad en el hecho de ser árabe y musulmán, así como lo que ellos definen como autenticidad. También preconizan la moralización de la sociedad. Si se analiza su programa político, que no tiene mucho peso, sus propuestas se basan en contar con el individuo, justo lo que no hacen las clases políticas. Estas magras propuestas de los islamistas no hacen sino llenar un vacío; el de las carencias de sectores de la población excluidos por el sistema. Así aprovechan los nichos donde los regímenes de estos países no llegan y, en ese nivel, colman las aspiraciones de los jóvenes. En cuanto al terrorismo, cuando no se tiene nada que perder, ir a Irak a matar americanos puede dar un sentido a la vida. El problema es que ahora tenemos terroristas con perfiles atípicos; ya no son sólo los desesperados los que se hacen saltar por los aires. En las redes que se han desmantelado últimamente había incluso policías, gente a la que se consideraba integrada pero cuya integración en el sistema era ficticia. Lo grave de esta deriva es que en el Magreb incluso personas que tiene trabajo y familia no se identifican con sus regímenes políticos.

¿Asistimos a una reislamización de estos países?

En estas sociedades, la población está cada vez más impregnada de islam. Todo lo que es tradicionalismo religioso está integrado en la vida cotidiana de la gente: en el vestido, el comportamiento, etc .En relación con todo este paisaje, los regímenes políticos también se remiten a lo religioso. Las referencias a este ámbito proceden de entornos muy diversos. Por ejemplo, los islamistas condenan los actos terroristas y los yihadistas odian a los islamistas que están en el Parlamento: ambos sitúan su ideario en el campo religioso. En definitiva, la constante alusión a los valores religiosos es una manifestación de la crisis que emana de sociedades donde el individuo no tiene lugar ni valores reales a los que aferrarse. Por un lado, el ciudadano está perdido y, por otro, la referencia a la religiosidad se convierte en una toma de postura frente a Occidente. Con esto quiero decir que cuando Occidente los define como 'los otros', ellos se reafirman aun más en su diferencia. Es lo que se conoce como 'retorno a la estigmatización': cuanto más violento me veáis, más lo voy a ser y así voy a demostrar mi diferencia. Lo cierto es que para las clases políticas magrebíes es extremadamente difícil competir con la moralización de la sociedad que preconizan los islamistas. El rechazo a Occidente  no se debe a que a los árabes no nos guste lo occidental, sino a la repulsa que sentimos por su parte. Lo mismo sucede con la mundialización; si los árabes la rechazan no es porque no les guste, sino porque no encuentran lugar en ella. Esa identidad que se construye sobre un sentimiento de marginalidad se vuelve peligrosa y destructiva porque se basa en el rechazo del otro. Y no es que estas personas se sientan excluidas; es que lo están, desde el momento en que se les impide venir a Europa.

¿Cuál es la solución?

Si las clases dirigentes magrebíes tuviesen algo que ofrecer, eso ayudaría. Indirectamente, estas clases son responsables de lo que está pasando, pues dejan a una gran parte de la población excluida en el plano religioso, económico y social.

La derecha española imita a Sarkozy, por ejemplo con el famoso contrato de integración.

La derecha europea ha intentado siempre sin éxito ponerse de acuerdo. La inmigración es un desafío y tanto Francia, como Italia o España han regularizado en masa en algún momento. Pero eso no significa que sean países de acogida, sino que necesitan a ciertos inmigrantes. Lo que es obvio es que Hortefeux, el ministro francés de Interior, no va a llevar a la frontera a 20.000 inmigrantes como le ha pedido Sarkozy. Los clandestinos son necesarios. Éste es un asunto en el que nunca se dice la verdad, se manipulan las cifras para mantener esa política de fachada. Si miramos la política francesa, lo que se está diciendo es que se va a expulsar a todos los clandestinos y se va a traer a médicos, ingenieros, etc. Sólo les falta pedirles que sean guapos.

Es difícil aceptar esto desde el Sur

No es difícil, sino inaceptable. Esos mismos países, España, Francia se dedican a preconizar la libre circulación de ideas, mercancías, etc. Así se fabrica un choque de civilizaciones. Cuando se dice a la gente que los europeos pueden viajar a sus países cuándo y cómo quieran, mientras que a ellos se les prohíbe venir a Europa bajo ningún concepto salvo si los europeos les eligen, se crea un abismo. ¿Cómo quieren ustedes ser queridos del otro lado cuando en el Magreb se sabe que es Europa quien elige?.

La excusa para esto es evitar la entrada de violentos

La inmigración puede traer violencia, sin ninguna duda. Cualquiera puede traer violencia. Cuando se integra a un grupo humano, en él hay de todo; desde un excelente jugador de fútbol como Zidán a un ladrón de bolsos o uno que pone bombas. Eso es una comunidad, lo acepte Europa o no. Es cierto que no se puede aceptar a todo el mundo; lo que queda por ver es por qué en unos momentos se cierran las fronteras y en otros se abren. La respuesta obedece a cálculos meramente políticos; a veces se quiere seducir al electorado de izquierda y otras veces al de derecha. Eso lo hacen todos los políticos, desde Sarkozy a Zapatero. No hay que olvidar que Sarkozy ha sido elegido también con los votos del Frente Nacional.

¿Considera que esta política de emigración es común a toda Europa del sur?

Hay una radicalización de los sistemas políticos de estos países europeos, que parecen competir para demostrar lo competentes que son cerrando las fronteras. Ésta es una política de extrema derecha banalizada, que ya no se invoca sólo desde la extrema derecha. En realidad, es racismo puro, aunque nadie ose decirlo. En Francia, se acepta a todo el mundo excepto a los árabes.

¿Con propuestas como las del contrato de integración se criminaliza al inmigrante?

La inmigración siempre ha sido criminalizada. En Francia, se ha hecho antes con los italianos, los españoles o los belgas. El rechazo ha estado siempre ahí. El problema es que ese contrato compromete al inmigrante a aceptar los valores y la lengua del país de origen, pero la integración no se hace por decreto ni con un contrato, sino dando a los inmigrantes los medios para ello, enseñándoles la lengua y proporcionándoles vivienda fuera de los guetos. La integración a la fuerza no funciona. Al contrario, lo que se crea es un repliegue sobre la identidad de origen.

¿Qué le parece el proyecto de Unión Mediterranea de Sarkozy?

Es interesante, porque redefine la relación con el Sur sobre aspectos novedosos y no sólo sobre la seguridad. El Proceso de Barcelona se arruinó porque terminó basándose sólo sobre este aspecto. Era un intercambio de cheques a cambio de no emitir emigrantes.

¿Europa se equivoca apoyando a los regímenes del Magreb?

No hay una política europea hacia estos países. Había cláusulas del Proceso de Barcelona, como la condicionalidad, que no se respetaron. De todo lo que molestaba, no se ha hablado. Si no se condicionan ciertas ventajas al respeto a los derechos humanos y al buen gobierno, ¿cómo se puede propiciar el cambio político en estos países? Es normal que los políticos europeos aseguren que este proceso ha funcionado en un 95%: ¡claro!, si se ha obviado todo lo espinoso. Lo que ha quedado han sido cosas como la cooperación para acabar con las plagas de langosta, que no gustan a nadie. Europa pretendía dar empuje al desarrollo económico en el Magreb pensando que éste iba a generar buenas prácticas de Gobierno por sí sólo. Y como se ha visto esto no es así, no hay más que ver el caso chino. La filosofía de Barcelona está caduca y la realidad ha cambiado, excepto quizás Moratinos, que sigue diciendo a todo que sí y continúa igual de risueño que cuando se puso en marcha el proceso. Ahora hay que dar impulso al proceso de Barcelona, aplicando todas sus cláusulas, incluso las que son incómodas. España puede ser decisiva para ello