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El intelectual que prefirió el rifle a las ideas

El ideólogo de las FARC murió convencido de la necesidad de la guerrilla

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Cuando García Márquez escribió Crónica de una muerte anunciada no podía ni imaginar que otros periodistas iban a repetir, hasta la saciedad, las mismas cinco palabras. Santiago Nasar, su protagonista, nada tiene que ver con Alfonso Cano. Salvo dos coincidencias: la misma suerte final y los diálogos con García Márquez.

Guerrillero y escritor coincidieron en las negociaciones de paz en México, en el 92. Fueron días de tiras y aflojas entre dos colombianos que compartían amigos. Hoy, casi 20 años después, se han escrito cientos de crónicas anunciadas sobre la vida y la guerra 'del intelectual que se tragó la selva', como le define el periodista John Saldarriaga. 'Hay muertos inocentes. Pero los que se dedican a matar (Castaño, Cano, Gadafi) lo más probable es que los maten', abundaba ayer Héctor Abad, gran heredero de la narrativa de Gabo.

Su porte intelectual y su dogmatismo le convirtieron en mito para los insurgentes

A este bogotano muerto con 63 años, de clase media, antropólogo, nunca le gustó cómo le bautizaron sus padres para homenajear al presidente Guillermo León Valencia. Situado en las antípodas políticas, militó en la Juventud Comunista hasta que en 1974 eligió la vía armada, un reto que parecía imposible para el hombre que disparaba ideas y fumaba un cigarrillo tras otro.

Y se cambió de nombre: Alfonso Cano se convertiría en poco tiempo en el favorito de Marulanda y Arenas. Y en un mito para los insurgentes. 'Pertenecía a la tercera generación de sus líderes, urbana, educada', describe para Público el politólogo Jorge Giraldo. 'Gente de mayor formación, pero más dogmática y más fundamentalista', añade.

Su porte intelectual de barba poblada y gruesas gafas de miope cautivó al principio de los diálogos de paz del Caguán (2001). 'Descubrí a un hombre inteligente, agudo', recuerda a Público Carlos Alberto Giraldo, prestigioso periodista de investigación. Pero Marulanda le apartó pronto de los flashes para encargarle 'la creación de la Coordinadora Continental Bolivariana (abandonando dogmas comunistas para acercarse a teorías bolivarianas) y su componente militar', recuerda Jorge Giraldo.

Marulanda le apartó de la negociación del 2000 cuando su imagen crecía

Su ficha policial creció: 119 órdenes de captura por homicidio, terrorismo, secuestro o extorsión. El Gobierno fijó una recompensa de tres millones de dólares, que EEUU estiró hasta los cinco. Se le responsabiliza de algunas de las acciones más demenciales que han ensangrentado Colombia.

La crónica de esta muerte tanta veces anunciada escribió su penúltimo capítulo en julio, cuando Cano contestó un cuestionario enviado por Público, su testamento político, en el que negó su vinculación con el narcotráfico. Nadie le creyó, menos él mismo. 'Sus posiciones eran firmes y sonaban razonables, estaba convencido de que las FARC no eran el problema, sino la solución. Sin importarle que la realidad de violencia que imponía a Colombia revelara lo contrario', describe Carlos A. Giraldo.

El final estaba cerca, se intuía. Uno a uno, 11 jefes de su seguridad fueron abatidos. El cerco permanente se estrechó hasta la asfixia del viernes.

«Desmovilizarse es entrega cobarde y traición a la causa popular», decía

Pero el ideólogo jamás abandonó su verbo de guerra y muerte: 'Desmovilizarse es sinónimo de inercia, es entrega cobarde, es rendición y traición a la causa popular y al ideario revolucionario'. Los soldados de la operación Odiseo coincidieron: 'El hombre nunca se rindió'.