Publicado: 09.02.2014 08:36 |Actualizado: 09.02.2014 08:36

El fin de la era Karzai, 13 años de corrupción

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La polémica década de mandato del presidente de Afganistán, Hamid Karzai, toca a su fin. Las elecciones de 2014 que se celebrarán el próximo 5 de abril dejarán fuera al actual líder pashtún, obligándolo a ceder  la silla que ha ocupado durante 13 años. Un periodo marcado por la guerra, la corrupción, el nepotismo y la inoperancia de un Gobierno que no ha conseguido traer la paz ni sacar del agujero en que los muyahidín primero y los talibán después, sumieron al país durante años.

La sombra más grave que ha pesado sobre Karzai en todos estos años ha sido la de tener y alimentar un Gobierno corrupto, lleno de familiares y amigos que no han hecho sino aprovecharse de las ayudas internacionales y utilizar su posición en beneficio propio.

Una de estas figuras fue la de Ahmed Walid Karzai, hermanastro del presidente y representante del Consejo Provincial de Kandahar. Un personaje venido del exilio en EE.UU. donde regentaba un restaurante y al que básicamente se le acusó de todo lo habido y por haber: malversación, nepotismo, tráfico de drogas y fraude electoral durante las elecciones en las que resultó elegido como gobernador de la provincia de Helmand. Según un artículo de ‘The New York Times’, publicado en 2009, Walid estuvo años recibiendo dinero de la CIA a cambio de reclutar a una guerrilla que trabajase directamente para la inteligencia estadounidense. Este último hecho se cree que fue el motivo por el que fue asesinado en julio de 2011 a manos de su guardaespaldas,  un agente ‘durmiente’ que los talibán habrían conseguido infiltrar en su servicio personal.

La otra gran oveja negra de la familia Karzai fue otro hermanastro del presidente y hermano directo de Walid, Mahmud Karzai, uno de los involucrados en el escándalo financiero del Banco de Kabul. Mahmud, en colaboración con otros tres altos cargos del Gobierno, fueron gastando durante años alrededor de 980 millones de dólares para su propio beneficio a través de una serie de supuestos ‘prestamos’ que  les hacía el banco. Los fondos generalmente se destinaban a financiar increíbles mansiones a las afueras de la capital, comprar propiedades en el extranjero y para pagar artículos de lujo. El caso se investigó y se llevó a juicio durante 2012 pero sólo fueron recuperados 180 millones de los préstamos fraudulentos.

Por supuesto, el problema de la corrupción afgana no se puede entender sin conocer quién compone el Gobierno y quiénes son los verdaderos pilares que sustentan la política del país. En vez de políticos expertos en economía, educación o sanidad, el parlamento afgano está formado por señores de la guerra y antiguos líderes muyahidín que participaron y sobrevivieron a las guerras que precedieron al auge de los talibán. Actualmente han cambiado sus armas por escaños pero sus intereses están lejos de querer acabar con el terrorismo y traer la paz al país. Sin embargo, para Karzai y para Washington, la presencia de estos líderes tribales ha sido siempre un mal necesario para la gobernanza del país y para evitar el estallido de una nueva guerra civil.

Para Mónica Bernabé, probablemente una de las periodistas españolas con mayor experiencia sobre el país centroasiático, “esto significa que mientras no se aparte a estos señores de la guerra, Afganistán no podrá asistir a un verdadero cambio político”. Al menos así lo menciona en su libro ‘Afganistán, crónica de una ficción’ (Debate, 2012) en el que hace un excelente repaso a más de una década conflicto y gobiernos corruptos que han actuado con total impunidad y, en la mayoría de los casos, en connivencia con la Comunidad Internacional.

Esa complicidad se manifestó claramente durante las elecciones de 2009 cuando se reveló que se había producido el esperado y a todas voces anunciado ‘pucherazo’ de Karzai.

Fue el diplomático estadounidense Peter Galbraith, uno de los máximos representantes de Naciones Unidas en el país, quien dio la voz de alarma, aunque su empeño sirvió para poco pues fue inmediatamente relevado de su puesto por el secretario general de la ONU Ban Ki-moon por “el bien de la misión ”. Los observadores de la Unión Europea elevaron a un millón y medio los votos bajo sospecha, un cuarto del total escrutado, siendo la mayoría de ellos evidentemente favorables a Karzai.

En aquel momento la corrupción se hizo patente,  no solo como una amenaza en el plano político, sino también en el plano de la seguridad nacional. El propio general Stanley McChrystal, comandante en jefe de la misión de la OTAN para Afganistán (ISAF), entregó entonces un informe a Barak Obama diciendo que la corrupción del Gobierno se estaba convirtiendo en algo “tanto o más peligroso que los talibán” y que iba a comprometer seriamente toda la misión.

¿En quién se podía confiar? La presencia militar de la coalición internacional había traído una seguridad que debía sentar la base para los programas de cooperación y desarrollo de las agencias internacionales. En el caso español, la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, la AECID, pudo llevar a cabo una importante cantidad de proyectos en el área de responsabilidad española, en la provincia de Badghis. Sin embargo, según McChrystal, "la debilidad institucional, la maldad de algunos intermediarios del poder, la corrupción, el abuso de altos funcionarios y los propios errores de la ISAF”, iban a dar pocas razones a los afganos para apoyar a su presidente.

Esta situación es lo que explicaría en parte que a día de hoy, 13 años desde el inicio de la guerra, la insurgencia talibán no sólo no hay sido destruida sino que además esté fortalecida políticamente hasta el punto de encontrarse a las puertas de formar Gobierno. Para Bernabé, el pacto con los talibán forma parte de la estrategia de Estados Unidos de estabilizar el país a toda costa . “Es decir, ahora que tienen a los señores de la guerra en el parlamento, están controlados. Ahora sólo les falta controlar también a los talibán, que son la insurgencia, así que piensan invitarles a formar parte del Gobierno”.

Karzai lleva años tratando de negociar con los talibán pero sus conversaciones nunca se han materializado en nada concreto. En 2010 creó el Consejo Supremo de la Paz, una iniciativa cuya responsabilidad caería en el ex presidente Buhanuddin Rabbani y que tiene el objetivo de fomentar las negociaciones con los insurgentes para hablar con ellos “de compatriota a compatriota", dijo Karzai. "Son como niños que se han escapado de la familia y la familia debe hacer un esfuerzo por traerlos de regreso y darles una mejor disciplina para incorporarlos nuevamente en la sociedad", dijo el presidente aunque matizó que su gobierno combatiría "a quienes son parte de Al Qaeda y las otras redes terroristas".

Sin embargo, la tarea de Rabbani, iba a resultar en una misión imposible que además le costaría la vida. Porque, mientras intentaba integrar en el proceso democrático a los insurgentes para que aceptaran la Constitución y dejaran las armas, los talibán siempre rechazaron en público cualquier diálogo y continuaron intensificando sus operaciones. En su última negociación, Rabbani fue asesinado cuando uno de los miembros de la comitiva con la que se reunía en su casa de Kabul activó un artefacto explosivo que traía escondido. 

“A Karzai se le puso ahí asumiendo que era un corrupto al que se le podía controlar"

El magnicidio despertó las iras de la oposición quien responsabilizó directamente a Karzai por su fallida política de reconciliación, una iniciativa imprudente que lo único que había logrado había sido traer la confusión a la sociedad afgana y debilitado a un Gobierno que ya ni era capaz de proteger a los líderes de más alto perfil de la capital.

Para Jesús Núñez Villaverde, Co-director del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH), “la renuncia de Karzai a presentarse a las elecciones de 2014 pone de manifiesto que no tiene los medios para enderezar el país ni para asegurar la delicada reconciliación”.

“A Karzai se le puso ahí asumiendo que era un corrupto al que se le podía controlar y ninguno de los sucesores se distingue tampoco por ser un demócrata ni por su transparencia. La cuestión ahora es que los talibán vuelven para tocar poder, así que hay que colocarlos dentro del sistema. Por ello, después de las elecciones, se puede esperar más de lo mismo”.

Mientras tanto, la ISAF ya piensa en hacer las maletas. Su retirada está programada para final de año y va a dejar a su aire al nuevo ejecutivo entrante y a una población a merced de la codicia de sus representantes y de la más que probable inestabilidad política.