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Mohamed VI, el monarca ausente

Los frecuentes viajes de placer del rey marroquí alimentan las dudas sobre su forma de gobernar.

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Encajada en una deliciosa calle de paredes encaladas, la mezquita de la Alcazaba de los Udayas, en Rabat, tuvo el viernes un huésped excepcional: Mohamed VI. Acudió a cumplir con la oración más importante de la semana.

Faltaba menos de un día para la llegada a Rabat de la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, que debía concluir en la capital marroquí una gira que ya la había llevado a Libia, Argelia y Túnez. En estos tres países, Rice se había entrevistado con sus respectivos jefes de Estado.

Nadie esperaba que no sucediera lo mismo en Marruecos, firme aliado de EEUU. No fue así; horas después de abandonar la mezquita, el rey emprendió viaje hacia la norteña Taza, donde el sábado inauguró varios centros sociales.

Como ya sucedió con su ausencia de la cumbre de la Unión por el Mediterráneo en París, el 13 de julio, el plantón del soberano pretendía seguramente mostrar su desagrado por las atenciones que se prodigan a Argelia, valedora del Frente Polisario.

Pero más allá de que Mohamed VI pueda sobrevalorar la importancia que Washington da al contencioso del Sahara -que nunca ha sido una prioridad para Bush-, las dudas sobre la forma de gobernar del rey no hacen sino aumentar desde hace meses.

En sus nueve años de reinado, Mohamed VI se ha mostrado siempre bastante reacio a asistir a las cumbres internacionales pero -lo que despierta ahora nuevas dudas sobre su gestión- es que el rey se ausenta cada vez más a menudo de Marruecos.

A unas vacaciones en Asia, se añadieron otras de 45 días en Francia y Brasil, seguidas de varias escapadas al país galo para esquiar y pasar unos días en su casa de París.

En junio, mientras los antidisturbios aplastaban brutalmente unas manifestaciones en la ciudad de Sidi Ifni, Mohamed VI seguía de asueto en la capital gala.

Una ausencia que llevó al periódico digital Hespress.com a publicar un artículo titulado 'El rey fuera de cobertura'.

No tendría tanta importancia este vacío de poder si el rey no concentrara en sus manos todo el poder ejecutivo, buena parte del legislativo -legisla por decreto- y no tuviera control sobre el poder judicial, cuyo Consejo Superior de la Magistratura preside. Es también el jefe supremo del Ejército y preside a su vez el Consejo de Ministros. Sin su firma, cualquier ley está destinada a dormir en un cajón.

 

El apodo se lo puso el humorista Ahmed Snoussi, ‘Bziz', por su gran afición a las motos acuáticas. También le gusta esquiar y escuchar rai. Su perfil no parece muy diferente del de cualquier joven de la alta sociedad marroquí y, al menos que se sepa, carece de la vasta cultura de su padre, Hassán II.

Aunque su currículum está plagado de diplomas, se le supone una afición escasa a las tareas de Gobierno.

Ello no significa que esté dispuesto a renunciar al poder. Al contrario, Mohamed VI ha dejado claro que no concibe una Monarquía ‘a la española' en Marruecos.

Más de nueve años después de su subida al trono, el rey no puede vanagloriarse de grandes logros en cuanto a desarrollo social en su país, a pesar de sus innegables intentos por reducir la pobreza. Marruecos sigue en el puesto 126 del Índice de Desarrollo Humano de la ONU y las desigualdades son flagrantes.