Publicado: 21.06.2014 07:00 |Actualizado: 21.06.2014 07:00

Moldavia, el frente de la nueva guerra fría

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Moldavia es una atractiva Cenicienta para la Unión Europea (UE), que en los últimos meses no ha cesado de pedirle la mano. Por la capital moldava de Chisinau han pasado desde Angela Merkel hasta el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, que en una visita reciente declaró al diario Adevărul Moldova que "una agenda de reformas europeas es la mejor solución para que la República de Moldavia consolide su democracia".

Este matrimonio tomará cuerpo el 27 de junio mediante la firma del acuerdo de asociación entre la UE y Moldavia. Hasta la fecha, la República guarda también su estatuto de miembro de la Comunidad de Estados Independientes (CIE), organización surgida tras la desintegración de la URSS. El viceministro ruso de Desarrollo Económico, Alexei Likhachev, ha advertido a Moldavia de las consecuencias de jugar a dos bandas. En declaraciones a la agencia Ria Novosti, Likhachev avisaba de que el acercamiento de Moldavia a la UE podría afectar a su relación con la CIE. A pesar de la importancia de estos cambios, el Gobierno moldavo no ha convocado ningún referéndum para averiguar lo que opinan los ciudadanos. Solo las élites políticas han tomado parte a la hora de concertar este matrimonio entre Moldavia y la UE, tildado, sin embargo, por José Manuel Durão Barroso de "elección soberana".

Sí se conocen los datos aportados por los sondeos. Según las encuestas realizadas, un 41% de los moldavos confía en que el acercamiento del país a la UE se traduzca en una mejora del nivel de vida; mientras que el 48% cree que su nivel de vida empeorará. Para los que no desean la adhesión a la UE, la firma del acuerdo se lee como una catástrofe planeada y una pérdida de autonomía. Para los proeuropeos, el acuerdo, que solo regula las relaciones de libre comercio y política exterior de Moldavia, significa poner un pie en la Unión.

"Este acuerdo es económico y político, favorecerá a los inversores, no es sinónimo de una adhesión a la UE. Pasarán muchas primaveras hasta que se dé una integración, si es que se plantea algún día", explica a Público el sociólogo y periodista Vitalie Sprânceană. "El acuerdo no se ha sometido a un debate, y la oposición política, el Partido Comunista, no ha podido llevar a cabo ningún análisis sobre sus consecuencias. Se ha aceptado tal cual, y mientras unos lo ven como un ataque a la soberanía de la República de Moldavia, otros afirman que es la solución a todos nuestros problemas, nuestro flotador salvavidas. Ahí se ha acabado el debate".

Desde los años 90, Moldavia ha oscilado en su posición hacia la UE: "En 2001, el Partido Comunista, entonces en el Gobierno, prometió la adhesión a la Unión Rusia-Bielorrusia. En 2005 cambió de rumbo y decidió la integración en la UE. Desde entonces se percibe un enfriamiento de las relaciones con Rusia. Durante todo este proceso, nunca se ha preguntado a la población qué quiere. De hecho, toda la oposición Este contra Occidente pierde su sentido cuando entramos en el terreno económico, porque se trata del mismo capitalismo neoliberal, cada uno con su estilo. La elección es falsa, porque no eliges entre Este y Occidente, sino entre dos formas de capitalismo, ambas duras y neoliberales, que implican costes sociales enormes. No es esta la elección que debemos hacer", concluye Sprânceană.

En vísperas de la firma del acuerdo, las disputas entre los partidarios y detractores de la UE afloran a pie de calle en una céntrica avenida de Chisinau. El joven chófer del autobús que cubre el trayecto de Iasi, al norte de Rumanía, con Chisinau, duda del futuro prometido dentro de la UE: "¿Entrar en la UE? Tardaremos y nos costará renunciar a muchas cosas. ¿Sabes cómo nos desarrollamos hoy por hoy? Montando en la avenida Stefan cel Mare una casa de cambio de divisa extranjera cada cinco metros. En esto consiste nuestro desarrollo, en vivir gracias a las remesas de los que han emigrado del país". Vasile, camarero, tampoco muestra ninguna simpatía por el acercamiento a la UE: "¿Entrar en la UE con nuestros sueldos? Mire lo que pasó en Rumanía: precios como en la UE y sueldos de 300 euros. Eso es lo que nos espera". Trabaja en un restaurante donde un plato cuesta alrededor de 7 euros y su sueldo apenas alcanza unos 180 euros al mes.

Elena, farmacéutica, es más optimista: "Vale la pena picar a la puerta de la UE. Nuestra vida mejorará con el dinero de los fondos europeos". Ella no teme la subida de los precios: "Ya son muy altos para nuestros bolsillos". Al indagar cómo se ve la UE desde los pasillos de una céntrica librería, la dependienta nos recomienda el diario de una periodista moldava emigrada a Italia en busca de oportunidades laborales europeas. En las cartas enviadas a sus hijos, la periodista relata su detención por carecer de papeles y el sinfín de galeras laborales que atravesó cuidando a personas mayores por menos de 300 euros al mes: "¿La UE? ¿Cuál de ellas? Es distinta en función del bolsillo de cada uno. La UE que nos espera a muchos de nosotros ya la conocemos. Es lo que nos cuenta esta mujer", espeta la librera.

A escasos pasos de la librería, la dependienta de la tienda de bombones Alegría, los populares bombones soviéticos moldavos que siguen alegrando el paladar a los nostálgicos de "aquellos tiempos", piensa en la UE como sinónimo de un sueldo decente, pero desconfía del futuro que se le depararía a una Moldavia dentro de la UE: "A diferencia de aquí, allí se vive con un sueldo. Por eso se van al Occidente muchos de nuestros jóvenes". En Moldavia, el sueldo medio alcanza unos 230 euros al mes y los escaparates de las tiendas exhiben sin timidez precios europeos de marcas extranjeras.

Muchas empresas foráneas, como Primark o Tesco, sacan beneficios de la explotación de la mano de obra, sin respetar unas mínimas normas laborales. Sus empleados trabajan de lunes a domingo, sin pagas extras y por unos desdichados sueldos que no cubren su subsistencia.

Desde el 28 de abril, los moldavos ya no necesitan visado para viajar a la UE. Este caramelo, sin embargo, no les sirve de mucho, ya que para acceder allí a un empleo necesitan un permiso de trabajo. No obstante, hoy en día se calcula que la tercera parte de la población moldava ha emigrado y que el PIB del país se sostiene gracias a sus envíos de dinero. El acercamiento a la UE inquieta sobre todo a los que prefieren emigrar a Rusia y que ahora no necesitan visados, como los trabajadores del campo de la construcción. Muchos moldavos han emigrado a Rumanía, donde constituyen la primera comunidad de extranjeros del país, y otros a Italia o España: "La gente con más capital social y económico se va a Occidente. Emigrar a los países occidentales supone una inversión de miles de euros debido a los trámites legales. Muchas profesoras se han ido a España, donde trabajan como empleadas del hogar, como mi profesora de biología del instituto. Cobra cuatro veces más que en  Moldavia y está contenta, aunque ha renunciado a su profesión", cuenta Victoria.  


 

Vitalie Voznoi, activista de derechos civiles de la comunidad rusa en Chisinau, desconfía completamente del acercamiento a la UE, a la que acusa de un discurso de doble rasero. "Hablamos de justicia para todos y vemos que en Moldavia hay una justicia para el poder y otra para la gente. Los políticos de la UE conocen esta situación y, a pesar de que abogan por la lucha contra la corrupción, colaboran precisamente con este poder corrupto".

En el terreno político, su decepción se debe al desmantelamiento de la oposición, tentada por los fondos de la UE: "El Partido Comunista, ahora en la oposición, ha sido secuestrado por uno de los grandes oligarcas proeuropeos. El ideólogo interno del Partido, Mark Tcaciuc, en el que habíamos depositado muchas esperanzas porque defendía unos principios y valores, no el dinero, ha sido expulsado del Comité."

A pesar de que la integración en la UE se vende como una oportunidad de modernizar la economía del país, Voznoi tiene claro que Moldavia se convertiría en una "periferia de la periferia de la UE", con una situación que no mejoraría en nada a la actual. Para el activista existen tres fuentes de ingreso que el poder quiere mantener: "Por un lado, el Gobierno está interesado en que la gente emigre del país, porque así los fondos de la UE serían disfrutados solo por las élites. Estas transferencias de dinero tendrían como objetivo mantener Moldavia como Estado bisagra entre Rusia y Occidente".

La segunda fuente de ingresos en la periferia de la UE es el turismo sexual, que podría estar gestionada por oligarcas, entre ellos Vlad Plahotniuc, vigilado por la Interpol y acusado de blanqueo de dinero. Un rumor que el propio Plahotniuc niega, claro, aunque medios como Adevarul Moldova han informado sobre ello. La tercera y última fuente de ingresos procede del reciclado de basuras procedentes de la UE. Moldavia se convertiría en uno de los "vertederos" de Europa, con las consecuencias ecológicas y la contaminación que conlleva. Ya está en marcha una fábrica en el pueblo de Țânțăreni gestionada por una empresa italiana.

Aunque a nivel ideológico existen políticos a favor y en contra de la UE, Voznoi denuncia la simbiosis que se produce entre ellos cuando se trata de negocios. "En la concesión de terrenos municipales a agentes privados se produce una coalición entre los proeuropeos y los euroescépticos, y al final se entienden porque son como una coalición de hombres de negocios, sin principios". Los activistas quieren movilizar a la sociedad civil para abrir un debate sobre la UE, aunque la tarea no es fácil, ya que muchos se benefician del dinero de la UE. Su objetivo es movilizar a los que no viven de los fondos europeos para que se acceda a un debate objetivo.

Ante esta situación, algunos moldavos añoran los tiempos de la URSS. Es imposible medir el mapa de la nostalgia soviética. En medio del mercado de Chisinau, que abarca lo habido y por haber, desde piezas de coche hasta cerezas de huerta por menos de un euro porque no ostentan ningún sello bio-eco que encarezca el precio, Vitalie nos explica que la suya no es exactamente una nostalgia "por la URSS, sino más bien una reivindicación de un sistema igualitario, en el que uno se graduaba y tenía un trabajo, y la salud o la educación eran universales. Esta nostalgia se ha originado a raíz del choque económico que ha tenido lugar en los últimos diez años. Antes cada uno tenía su propio camino en la sociedad, y ahora lo hemos perdido y aún no lo hemos encontrado".