Publicado: 04.10.2014 23:40 |Actualizado: 04.10.2014 23:40

Dos mujeres y un destino

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El PT fue su punto de encuentro y de separación. Después de 24 años dentro del Partido de los Trabajadores, la entonces ministra de Medio Ambiente, Marina Silva, abandonó cargo y partido en mayo de 2008 debido a "dificultades para cumplir su agenda ambientalista". Su principal obstáculo era la entonces jefa de la Casa Civil, Dilma Rousseff, que la presionaba para firmar contratos energéticos que no eran del agrado de la ministra.

Desde entonces la líder ecologista ha peregrinado por cuatro partidos diferentes, convirtiéndose en un símbolo antipetista y en el principal obstáculo de la actual presidenta para conseguir su reelección. En los pasados comicios Silva sorprendió por alcanzar un inesperado tercer puesto, con casi 20 millones de votos junto al Partido Verde. En 2014, la sorpresa ha sido mayor, ya que su candidatura a la presidencia, ahora con el PSB (Partido Socialista Brasileiro), se produjo debido a la trágica muerte del candidato Eduardo Campos el pasado mes de agosto. Marina se perfilaba como su segunda, y días después de su muerte aceptó sustituirle y entrar en la disputa presidencial.

En los pasados comicios Silva sorprendió por alcanzar un inesperado tercer puesto

Ni Marina ni Dilma son las mismas de las pasadas elecciones. En 2010 Silva surgía como la candidata ecologista, a la izquierda del PT, que había salido de su histórico partido por defender una causa mayor. Cuatro años después se la asocia más con el mercado financiero que con el medio ambiente. Ahora se la ubica a la derecha del PT, promoviendo una agenda neoliberal y una política verde a medio camino entre el ambientalismo y el agronegocio.

La ex campesina de Acre se presenta como la representante de "una nueva forma de hacer política" y asegura que quiere tener un Gobierno donde "juntar lo mejor de cada partido". Sin embargo ese empeño en querer contentar a una gran mayoría la ha llevado a crear un programa electoral poco definido, centrado en críticas hacia el Gobierno de Dilma y pocas propuestas concretas.

Sus principales apoyos vienen del sector financiero brasileño. Neca Setúbal, una de las herederas del Banco Itaú, es la responsable de su programa de Gobierno que tiene como apuesta principal la independencia del Banco Central. A su vez, su candidato a vicepresidente, Beto Albuquerque, fue uno de los impulsores de la la ley que autorizó el incremento de los cultivos de soja genéticamente modificada y entre sus aliados está la multinacional de celulosa Klabin, una de las grandes enemigas de los ecologistas brasileños.

El PT se ha sabido valer de las indecisiones de Silva para tildarla de "candidata frágil"

A pesar de sus nuevos socios, Marina insiste en estar preocupada por una agenda verde e intenta conquistar a un electorado joven, de clase media que busca un cambio de Gobierno. Pero su discurso contradictorio está haciendo mella en ese perfil de la población. Uno de sus grandes errores de campaña fue eliminar de su programa el párrafo en el que reivindicaba los derechos del colectivo LGBT. Ante las críticas del sector evangélico, religión que la candidata profesa, decidió borrar de un plumazo la iniciativa. Con ello no sólo perdió votos, sino que dejó claro que su idea de gobernar para un estado laico no parecía ser cierta, y su imagen de candidata evangélica, un tanto mesiánica (asegura que va a ganar las elecciones por voluntad de Dios) ha generado más dudas entre el electorado indeciso.

Otro de sus tropiezos se produjo en un acto de campaña donde aseguró que iba apostar por el tercer sector y revisar la CLT (Consolidación de Leyes del Trabajo). Dilma declaró rápidamente que el PT no iba a revisar ni una coma e iba a seguir cuidando de los trabajadores. Acto seguido, Marina dio marcha atrás y aseguró que el CLT no iba a ser modificado.

El PT se ha sabido valer de este tipo de indecisiones para tildar a Silva de "candidata frágil" o de "marioneta del mercado financiero". El teólogo y filósofo Leonardo Boff, asegura en un artículo titulado La que cambió de lado, que la victoria de Marina Silva "supondría un retroceso de lo conquistado en los últimos doce años de gobierno petista". Sin embargo, la candidata sí recibe el apoyo de intelectuales de izquierda como Caetano Veloso o Gilberto Gil, con el que compartió despacho en Brasilia cuando el músico era ministro de Cultura. La clase media alta paulista y carioca es el núcleo principal del electorado marinista, que ve en la candidata un perfil nuevo con opciones reales de acabar con el PT.


Serigrafía de Silva y Rousseff. Según la artista Cela Luz, el beso representa "el amor entre el pueblo". - REUTERS 

A Dilma Roussef le pilló desprevenida la llegada de Silva a la disputa presidencial. En poco más de un mes tuvo que cambiar su campaña y seguir atenta los errores de su adversaria para poder recuperar posiciones. La imagen de Dilma también ha sufrido un cambio drástico en relación a las pasadas elecciones. Si antes aparecía como la favorita de Lula (presidente que salió con un 80% de aprobación popular) y no se le conocían defectos, hoy se la juzga por su falta de comunicación y por una mala gestión económica. 

Las manifestaciones de junio de 2013 no sólo demostraron que los brasileños exigían mejoras sociales en sanidad y educación, sino que hicieron ver a Rousseff que en sus primeros tres años como presidenta había renunciado al diálogo con movimientos sociales y sindicatos, los históricos aliados de su partido. Desde entonces la candidata petista, orientada por su antecesor, ha comenzado a reunirse con los colectivos sociales, intentando conquistar una izquierda que también está decepcionada. Su programa es continuista en las ayudas sociales y asegura que las ganancias obtenidas por el Presal (el mayor yacimiento petrolífero de Brasil) serán en su mayoría invertidas en educación y sanidad.

Las indecisiones de Marina han hecho que Dilma se presente con propuestas más concretas como la lucha por una reforma política que se contemple en un futuro plebiscito. Esta medida fue una de las peticiones principales de los movimientos surgidos en las manifestaciones de junio. "Si Dilma fuera reelegida necesita retomar la agenda progresista cuanto antes. Abandonarla fue un error que casi le costó la gobernabilidad. (...) Ceder a los fundamentalistas y al conservadurismo no le ha dado estabilidad a su presidencia. Es importante el apoyo en el Congreso, pero más importante todavía es el apoyo de la calle", escribe la periodista brasileña Cynara Menezes en su blog de Carta Capital. 

Dilma mantiene su feudo de votos en el Norte y Noreste, las áreas más pobres de Brasil

La frase de Menezes refleja lo que siente una parte del electorado de izquierda que ha visto como Dilma se ha sometido a la dictadura del agronegocio, ha hecho alianzas con partidos de derecha e incluso con evangélicos. Sin embargo, este electorado se mantiene fiel a la presidenta por sentir que su partido es el más adecuado para seguir luchando contra las desigualdades sociales. La esperanza de la izquierda es que, tal y como promete Rousseff, su segundo mandato sea más progresista y pueda contemplar pautas hasta ahora innombrables, como la legalización del aborto, la lucha contra la homofobia, una futura Ley de Medios o una revisión de la Ley de Amnistía que pueda juzgar a los militares de la dictadura.

Dilma mantiene su feudo de votos en el Norte y Noreste, las áreas más pobres de Brasil, y en la última semana ha recuperado posiciones ampliando la ventaja con su principal adversaria, teniendo un 40,4% de los votos respecto al 25,2% de Silva. La candidata del PSB tiene su electorado concentrado en São Paulo y Brasilia, dos de las regiones más conservadoras del país. 

A pesar de que las últimas encuestas señalan que Marina Silva ha bajado posiciones y todavía está en el aire quién disputará con Dilma la segunda vuelta, no se puede negar el valor histórico que tiene que dos mujeres, y una de ellas negra y de origen humilde, sean las favoritas en la lucha por la presidencia de Brasil.

Ambas tienen una trayectoria de izquierdas. Dilma, de familia intelectual y entrenada en la guerrilla urbana comunista. Marina, de origen humilde, ideas marxistas y lucha campesina. Apenas coincidieron siete años en el PT, el partido donde Marina aprendió todo sobre política, y con el que Dilma alcanzó el máximo cargo del país. Hoy sus caminos son bien diferentes, pero el hecho de que ambas hayan llegado donde están, sólo muestra el avance democrático y social del Brasil de los últimos años.