Publicado: 25.07.2014 08:23 |Actualizado: 25.07.2014 08:23

Netanyahu necesita a Hamás

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Por un lado Netanyahu quiere un alto el fuego inmediato, pero por otro lado quiere dar a Hamás un golpe duro del que tarde muchos años en recuperarse, que doblegue a los islamistas hasta el punto de que dejen de ser una amenaza para Israel, una amenaza limitada, que no pone en peligro la existencia del Estado judío, pero que está ahí para molestar a la población israelí y para causar cierto miedo de tanto en tanto.

En otras palabras, Netanyahu no quiere tener en su jardín trasero otro Hizbolá, y de la misma manera que ha conseguido anular a Hizbolá, al menos desde hace unos años y mediante un acuerdo de no agresión, quiere conseguir algo similar con Hamás.

Pero estos dos objetivos son contradictorios a corto plazo, pues por un lado el alto el fuego inmediato exige una decisión que ponga fin a las hostilidades cuanto antes, a más tardar en unos días, mientras que por otro lado el golpe duro a Hamás exige una estancia del ejército relativamente prolongada en la Franja.

A día de hoy es incierto el camino que Netanyahu va a tomar pues seguramente las dos opciones le resultan atractivas. Netanyahu se metió en esta guerra sin buscarla pues la situación de la Franja, bloqueada y sin el lanzamiento de cohetes, era la ideal para continuar expandiendo las colonias en la Cisjordania ocupada aprovechando la parálisis y sumisión permanentes de Mahmud Abás.

En este conflicto Hamás se ha revelado como un discípulo aventajado de Hassan Nasrallah, el líder de Hizbolá a quien durante la última guerra de Líbano muchos israelíes veían con interés y hasta con admiración en sus alocuciones durante la guerra que transmitían en directo los canales de la televisión hebreos.

Recuerdo una encuesta en la que resultó que, en plena guerra, los israelíes judíos daban más credibilidad a lo que decía Nasrallah en esas transmisiones que a lo que decía su primer ministro Ehud Olmert. Ahora Nasrallah está en la clandestinidad pero todos los israelíes saben que Hizbolá está preparada para el siguiente conflicto, saben que sus milicianos están ahí, del otro lado de la frontera del norte, y que seguramente ahora es más capaz militarmente que hace ocho años.

Netanyahu no quiere eso de Hamás, no quiere que los islamistas se conviertan en otra suerte de Hizbolá en el sur, de manera que esta circunstancia puede empujarlo a ampliar todavía más la invasión terrestre de la Franja, no a ocuparla completamente y de una manera permanente, ya que eso no es factible, pero sí a llevarla hasta el punto de destruir buena parte de las infraestructuras de la resistencia.

Los peligros que encierra esta opción son muy grandes y Netanyahu sabe, por la prolongada experiencia bélica de Israel, que la situación puede escaparse de su control en cualquier momento y volverse contra sus intereses políticos personales e incluso contra los intereses del Estado judío que representa.

La capacidad militar de Hamás seguirá siendo limitada, pero le es útil a Netanyahu para justificar la odiosa política que lleva a cabo

Las dos opciones que tiene Netanyahu ante sí pasan por mantener, en mayor o menor grado, la capacidad militar de Hamás, que seguirá siendo limitada, pero que le es útil al primer ministro para justificar la odiosa política que lleva a cabo, no solo en Gaza sino también en Cisjordania. En más de un sentido Netanyahu necesita a Hamás, aunque sea a una Hamás debilitada, y la necesita más de lo que Hamás necesita a Netanyahu.

Lo que está claro es que Netanyahu no contempla novedades significativas para el día después de la declaración de alto el fuego. Seguirá construyendo a destajo en las colonias de Cisjordania ilegalmente y seguirá desplazando a población judía al sector ocupado de Jerusalén. Para ello cuenta con una holgada mayoría en el país, empezando por la Kneset y acabando por la población judía.

El cambio de esta política contraria a la ley internacional solo puede venir de una intervención muy enérgica de la comunidad internacional, es decir de Estados Unidos y de Europa, pero ni unos ni otros parecen dispuestos a abordar este problema como debería haberse hecho hace muchos años.

Y si eso ocurriera, la comunidad internacional debería lidiar con las consabidas acusaciones de antisemitismo, que unirían aún más a los judíos de Israel. En estas circunstancias, lo más probable es que todo siga como hasta el mes de junio, que es lo que Netanyahu busca, y que la ocupación continúe consolidándose al mismo ritmo que hasta ahora.

Descartando la intervención enérgica de la comunidad internacional, la única sacudida que puede experimentar el conflicto a corto plazo pasa por la desaparición política de un personaje tan negativo como Abás, quien a vista de lo ocurrido en la década en que ha estado en el poder, debería considerar muy seriamente la dimisión.

En alguna ocasión Abás ha dicho que si no le hacían caso entregaría las llaves de la ANP a Israel para que Israel se haga cargo de la ocupación y la administre, como se prevé en la legislación internacional. Lo ha dicho más de una vez pero nunca lo ha hecho, y el resultado está a la vista de todos.