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CHINA Una nueva generación de mujeres chinas lleva al país a una crisis en los matrimonios

El país asiático acusa un descenso continuado del número de bodas pese a la elevada presión social que aún existe para formar una familia.

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Una pareja china en Pekín / REUTERS

Ding Haihong, natural de Shanghai, se casó a los 25 años de edad, siguiendo el guion marcado para las chicas de su generación en la década de 1990: encontrar un novio y formar una familia lo antes posible. Su hija Jenny Xu, de 21 años, tiene otras preferencias. Para empezar, actualmente ni siquiera reside en China, sino que se encuentra en Australia completando sus estudios de Educación Infantil, y de momento no se plantea buscar pareja, aunque si lo hiciese, tiene muy claro a quién recurrir en busca de consejo, y no es precisamente a su madre. “Hoy en día es más fácil salir fuera del país, ya sea para hacer turismo o para estudiar. Tenemos la oportunidad de conocer gente de todo el mundo. Ya no hace falta quedarse con los mismos de siempre. Internet y las nuevas tecnologías nos lo ponen hoy más fácil que nunca”, añade.

El marcado contraste entre madre e hija refleja a la perfección el drástico cambio de tendencia en un país en el que el peso de la tradición choca frontalmente con una nueva generación cuyas necesidades y valores no tienen nada que ver con las de sus padres.

Una tradición confuciana

La familia constituye un pilar básico de la civilización china desde hace miles de años. Una de las obligaciones del ‘hombre noble’ confuciano era tener descendencia para honrar así a los antepasados. Para Confucio y sus discípulos, la familia suponía el primer núcleo civilizador del país, una institución en la que se recibían los valores básicos que todo el mundo tenía la obligación de trasmitir. “Hay tres cosas contrarias a la piedad filial, y la peor de ellas es no tener descendencia”, escribía Mencio. La idea de tener hijos que ayuden a sus padres según la virtud confuciana del Xiao (piedad filial) ha pervivido en el País del Centro durante siglos, y solo se ha visto parcialmente truncada con el establecimiento de la política del hijo único hace 38 años, una medida decretada con el fin último de controlar la sobrepoblación, especialmente en áreas rurales.

La familia constituye un pilar básico de la civilización china desde hace miles de años.

Sin embargo, la obligación de tener descendencia no ha sido la única condición sine qua non de la sociedad china. Además, la tradición imponía que la familia debía tener al menos un hijo varón, una costumbre que ha permanecido intacta hasta nuestros días y cuya consecuencia más palpable es el mayor número de hombres que de mujeres que hoy hay en el país.

Un buen trabajo, un buen salario y un piso en propiedad

Casi la totalidad de los matrimonios que se celebran en la actualidad están compuestos por hijos únicos, la mayoría de ellos varones, nacidos a partir de la década de 1980. Sus padres han centrado todo su esfuerzo en procurar a sus vástagos la mejor educación, en ocasiones gastando enormes sumas de dinero en clases particulares o escuelas privadas. El objetivo: dotarlos de la mejor preparación posible con el fin de escalar peldaños en la escala social. Sin embargo, ese exceso de celo viene acompañado de una creciente presión por hacer de sus hijos los mejores en una sociedad dada a la competición  desmedida. Esa combinación entre presión y sobreprotección ha dado lugar una generación de chinos excesivamente exigentes a la hora de buscar pareja, movidos por
las altas demandas de sus progenitores, que en la práctica acaban siendo los que deciden con quién, cómo y a qué precio tienen que casarse. Esas ‘condiciones mínimas’ suelen ser especialmente sangrantes en el caso de las chicas, cuyos padres exigen al futuro yerno que sea capaz de garantizar una elevada solvencia económica, un requisito que muchos interpretan como una compensación por el hecho de haber tenido la ‘mala suerte’ de tener una hija como único descendiente.

Un buen pretendiente debe cumplir tres condiciones: buen trabajo, buen salario y piso en propiedad

Un buen trabajo, un buen salario y un piso en propiedad, a ser posible sin hipoteca. Estas son las tres condiciones que debe tener un buen pretendiente que resida en una gran ciudad. Unas exigencias que rara vez se cumplen entre los millones de hombres chinos que emigran del campo a la ciudad para labrarse un futuro mejor. “El requisito económico y el precio alto de la vivienda hacen que muchos hombres de ingresos medios o bajos no tengan la más mínima oportunidad de encontrar pareja”, afirma Steven Yuan, de 39 años, director financiero de una multinacional en Shanghai oriundo de la provincia sureña de Yunnan. En muchos casos, este alto precio a pagar se convierte en un muro infranqueable. “Casarse es hoy más difícil que antaño -dice Chen Ye, de 41 años, directivo de una empresa petroquímica de la capital financiera de China-. Para los hombres hoy buscar pareja se ha convertido en lo que los chinos llamamos Yali shan da (“montaña de presión”, en chino). ¿Cuántos chicos son capaces de ofrecer a su pretendiente un piso sin hipoteca? Solo los ricos”, sentencia.

Esta opinión es compartida por la mayoría de los hombres chinos nacidos a partir de ladécada de 1980. Liu Zheng, de 30 años de edad, es agente cultural en Beijing, aunque es oriundo de la provincia de Henan, en la llanura central de China. Afirma no tener tiempo para buscar pareja, pues se dedica casi por entero a trabajar. Asegura que los chinos como él, procedentes de provincias, lo tienen especialmente difícil a la hora de casarse, pues están obligados a luchar el doble para ser aceptados por la población local. Sabe muy bien que la compra de una vivienda será su único pasaporte al matrimonio, y esa es precisamente una tarea nada fácil de asumir, teniendo en cuenta los precios imposibles que tienen los pisos en las grandes ciudades. “No estoy dispuesto a acabar siendo un esclavo de la hipoteca”, afirma. Por eso ha decidido comprarse un piso en Tianjin, una ciudad portuaria situada a poco más de 130 kilómetros de Beijing. Actualmente está en trámites para la obtención del Hukou, el empadronamiento chino, en esta ciudad, el paso previo para la obtención de unos derechos de ciudadanía que le posibilitarán acceder en igualdad de condiciones a otro mercado más exigente: el matrimonial.

“Hoy los chinos estamos volviendo a concertar matrimonios en función de la categoría social”

Wang Demu, un joven comercial de 23 años residente en Beijing, tiene pareja, aunque todavía no está pensando en casarse. Para él, el principal problema de la sociedad china es que “hoy los chinos estamos volviendo a concertar matrimonios en función de la categoría social”. En efecto, los llamados Men dang hu dui (una expresión que se podría traducir como “matrimonios de una misma clase”) se remontan a hace más de mil años, en el reinado de la dinastía Song, y han pervivido en la sociedad china hasta épocas contemporáneas. El sinólogo Xulio Ríos, director del Observatorio de Política China, alerta de que actualmente esta tendencia cobra cada vez más fuerza. “muchos padres chinos, tanto de la familia del novio como de la novia, consideran la continuidad de clase como una doctrina”, sentencia.

Mujeres sobrantes

Al otro lado de la balanza, cada vez son más las mujeres que no llegan a encontrar una pareja que cumpla con esos requisitos mínimos. La mayoría acaban engrosando las filas de las llamadas shengnü, o ‘mujeres sobrantes’, un término acuñado para referirse a las chicas mayores de 27 años que no han conseguido contraer matrimonio. En las grandes ciudades muchas de estas shengnü son mujeres con estudios superiores que han retrasado la formación de la familia en pos de su carrera profesional, una decisión que ahora se ha convertido en una pesada losa a la hora de encontrar pareja.

Muchas jóvenes se ven presionadas para casarse lo antes posible, dejando atrás su formación y carrera laboral

Según datos oficiales, en China, hasta un 50% de las mujeres con estudios superiores o universitarios están solteras, un 10% más que los hombres con este nivel educativo. ¿Por qué? Según Ding Haihong, quien se casó y fue madre hace ya más de dos decenios, la culpa la tiene el machismo imperante en la sociedad. “Muchos no soportan la idea de una “mujeralfa” con mayor capacidad económica y posición social que ellos”, afirma. Para Xu Ziping, un informático de Shanghai de 33 años de edad nacido en Sichuan, el problema de las mujeres sobrantes radica más bien en la presión ejercida por los padres (sobre todo las madres) de los novios, quienes “exigen tener una nuera de menos de 33 años para que pueda tener hijos”. Muchas jóvenes se ven presionadas para casarse lo antes posible, dejando atrás su formación y carrera laboral, y las que apuesta por su carrera laboral se arriesgan a que después ya sea demasiado tarde.

Las mujeres en china se convierten en "esclavas" cuando se casan

Miao Yinghua, Hou Lijun, Hu Wenjing y Zhuang Lili son compañeras de trabajo en la
sede central del China Construction Bank de Shanghai. Aunque todas ellas rondan los 35 años de edad, ninguna está casada. La familia aprieta, pero no ahoga a estas mujeres independientes que, sin embargo, todavía viven con sus padres. Aunque no han cejado en su voluntad de contraer matrimonio, por el momento no viven atadas a la presión de encontrar su media naranja lo antes posible. Gozan de libertad y tiempo libre, dos cualidades que valoran y que en muchos casos les hace ser incomprendidas por gente de su generación. “Muchos familiares, amigos o compañeros de trabajo nos tratan como si tuviéramos una enfermedad rara - dice Miao YingHua.- La mayoría de las mujeres sobrantes hemos nacido en la década de 1980 -apunta-. Hemos recibido una educación más tradicional que las chicas más jóvenes. Por ejemplo, yo no me atrevo a tomar la iniciativa para ponerme en contacto con un chico que me gusta”. Para ella, este hecho tampoco significa que acate sin rechistar el rol de la familia tradicional china. Declara sin tapujos que, al casarse, las mujeres en China se convierten en “esclavas”, y admite con resignación que es casi imposible que después del matrimonio una chica como ella pueda mantener su grado de independencia y libertad.

Otro ejemplo distinto es el de Qi Qinyi , cuyo nombre occidental es Rosa, en español. Después de cursar un máster en Barcelona, esta agente de publicidad de 25 años de edad dedicó cuerpo y alma a buscar pareja sin demasiado éxito, con lo que como último recurso decidió acudir con una amiga a un conocido programa de televisión. La historia que explica es digna de pertenecer a un guion de cualquiera de los innumerables seriales que engrosan la parrilla televisiva en China. La chica elige a su media naranja entre varios pretendientes que desfilan en el plató. El ganador es un atractivo entrenador de gimnasia, que sin, embargo, acaba no teniendo éxito fuera de las cámaras. Sin embargo, a raíz de la emisión del programa, un televidente queda tan prendado de la chica que contacta con la cadena de televisión para contactar con ella y declararle su amor. Un año
después, ya hay planes de boda.

Una generación más abierta

En una sociedad cada vez más urbana y cosmopolita, los chinos nacidos en los años 90, como Jenny Xu, tienen otro orden de prioridades al de contraer matrimonio y tener hijos. La excesiva presión que reciben por parte de la familia parece estar decantando la balanza hacia el lado contrario: el de una generación movida por intereses personales que se interesa mucho más por su bienestar individual que en responder a lo que la sociedad y sus progenitores esperan de ellos. Es el caso de Zhao Qinyi, estudiante universitaria de 19 años de edad, para quien la búsqueda de pareja no aparece en sus planes, ni siquiera a largo plazo. “Es fácil conocer a alguien. En la universidad, por ejemplo, tenemos muchas oportunidades de interrelacionarnos”. Sin embargo, advierte que en su día a día solo le queda tiempo para una de las dos cosas: estudiar o buscar pareja. Cuando se le pregunta qué requisitos debería tener, no hace mención alguna a
dinero, familia no posición social. Afirma con rotundidad que lo importante es la
belleza. “Si eres feo o fea, pierdes la mitad de las oportunidades”, sentencia.

"La clave es que ahora tienen más libertad para decidir acerca de su matrimonio"

Para Xulio Rios, este cambio de tendencia se reafirmará con el paso de tiempo y dará lugar a una ruptura con la mentalidad tradicional. “Los futuros padres chinos serán más abiertos con sus hijos”. Además, asegura que “actualmente la gente joven tiende más elegir una vida de soltero sin importar la presión familiar. La clave –matiza- es que ahora tienen más libertad para decidir acerca de su matrimonio”.

Un ejemplo de este cambio radical lo ilustra Xia Mingquan. Esta joven de 21 años,enfermera en el Erke Yiyuan (Hospital Pediátrico) de Shanghai, Tampoco tiene pareja, y por ahora no piensa en buscarla, aunque, a diferencia de Zhao, tiene muy claro los requisitos que deberá tener quien quiera compartir su vida con ella. Entre ellos figuran que su salario no sea en ningún caso inferior al suyo, “aunque tampoco gane mucho más, para no sentirme inferior”, matiza. Además, pide que no tenga una personalidad muy fuerte, pero que tampoco sea un ‘hijo de mamá’. Reconoce que los jóvenes de su edad se han convertido en individuos ‘excesivamente materialistas’ que no están dispuestos a renunciar a nada. Admite, sin embargo, que el problema principal lo tienen las chicas, pues actualmente “la mayoría de los hombres son unos Qi pa (un término
que cuyo significado se corresponde con lo que aquí denominamos ‘frikis’). Los pocos hombres que quedan, admite, ‘se asustan’ debido a las altas exigencias de las mujeres, con lo que optan por una vida de soltero, más cómoda y libre. Según ella, los jóvenes de su edad y condición no tienen ninguna presión para casarse, pues en la mayoría de los casos cuentan con ayuda de los padres, que en ocasiones incluso les han procurado un piso a su nombre. “Si nos casamos –aclara-, tenemos que compartir todo lo que tenemos con otra persona. No tiene sentido. ¿Por qué íbamos a hacerlo? Estamos acostumbrados a ser el centro de atención y que cuiden de nosotros, por eso no estamos dispuestos a cuidar de otros –admite-. Como no nos falta de nada, tampoco tenemos la necesidad de dar ese paso”, sentencia.

Una cuestión de Estadi

Esa suerte de desapego matrimonial no solo se manifiesta en la opinión de los chinos, sino que también se materializa en las estadísticas oficiales. Los datos hablan por sí solos. Según la última encuesta de población oficial de la que se tiene constancia, basada en datos de 2015, en ese año se registraron únicamente 12 millones de matrimonios, una cifra que marca una peligrosa tendencia a la baja por segundo año  consecutivo, y que es inversamente proporcional al número de divorcios, cifrados en 3,8 millones durante el mismo ejercicio.

"El trabajo lo ocupa todo y las relaciones afectivas están en un segundo plano"

El descenso en el número de matrimonios preocupa tanto a Pekín que ese mismo año el Ejecutivo abandonó definitivamente la política de hijo único para contrarrestar un
descenso de población que si no se corrige abocará inevitablemente a China a convertirse en un país de cientos de millones de viejos.

Según Xulio Ríos, el Estado ya se ha puesto en marcha, y hoy muchos gobiernosprovinciales están llevando a cabo respuestas ajustadas a las necesidades de cada zona. Sin embargo, apunta, el principal problema radica el modelo económico y laboral de China, que impide afianzar las relaciones personales que puedan llevar en un futuro a un matrimonio. “El trabajo lo ocupa todo y las relaciones afectivas están en un segundo plano –afirma- . Además, el coste de la vida también acaba influyendo negativamente. En las grandes ciudades muchas parejas jóvenes no es que no quieran, es que no pueden permitirse un segundo hijo”, sentencia.

Quizá esta deriva poblacional pueda revertirse si los chinos dejan de considerar el matrimonio como una obligación familiar y pasan a concebirlo como un derecho
individual, una decisión personal y libre en la que nadie tiene derecho a entrometerse y contra la que nadie puede aludir una falta de piedad filial. La joven Jenny Xu parece tenerlo claro. “Vivimos en una sociedad global, por eso es más fácil compartir experiencias y vivir de una forma distinta”. Cuando uno le pregunta si le gustaría casarse en el futuro, manifiesta tajantemente que en China “el matrimonio está pasado de moda”.