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"Ojalá que Alá no te deje ver cómo es la guerra"

Un palestino de Gaza cuenta el reencuentro con su padre 13 días después

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Mientras viajo a mi casa en taxi, los restos de los edificios altos me cuentan una historia de gente. Intento traducir a las piedras mudas cuando levanto mi cabeza y veo otro bombardero atacando otro objetivo, más gente por matar, otras víctimas... y después de 10 ó 15 minutos habrá más restos de gente y edificios.

Si los edificios lloran un río de sangre, si el sol se levanta en el cielo, si el mar es cada vez más salado, puedes estar seguro de que se trata de Gaza, la tierra que ha perdido a 840 de sus hijos en dos semanas, hombres, mujeres y niños. La ciudad que llora de sufrimiento, aunque nadie escuche.

Llegar a casa y sentirme a salvo tras pasarme 13 días seguidos en mi trabajo parece un sueño. Pero nadie que viva en el norte de Gaza puede estar a salvo. ¿Dónde puede estar la seguridad en la zona de El Attatra? Llegar a casa en esta zona fantasma en las tres horas de alto el fuego se ha convertido en la misión imposible de mi vida. Esas tres horas no son suficientes para sentirme tranquilo el resto de la noche.

En casa sólo vive mi padre. Mi madre y hermano abandonaron Gaza hace tiempo, pero él nunca me ha hecho sentir que me faltara una verdadera familia. Es una madre y un padre por la mañana cuando me prepara el desayuno, cuando me plancha la ropa, cuando me da consejos y cuando me cuenta su experiencia. También es un hermano que me escucha durante horas sin dar la sensación de tener 59 años.

Mohammed El Attar, mi padre, sobrevivió a la invasión israelí de 1982 cuando trabajaba de anestesista para la Cruz Roja Palestina. Puede que lo que viera entonces le haya preparado mejor para lo que está pasando ahora. 'Ojalá que Alá no te deje ver cómo es la guerra', decía.

Una vez discutí con él por teléfono para que dejara la casa y buscara un lugar más seguro, pero él rechazaba todas mis peticiones. 'Que Alá traiga lo que está escrito', me contestaba. Esas palabras me matan. Muchas veces siento que puedo perderlo en cualquier momento.

Mientras meto las llaves en la puerta me vienen imágenes a la cabeza. ¿Veré a mi padre en un charco de sangre y le abrazaré como en las películas americanas? Pero pienso que en esas películas también ganan los buenos y que lo encontraré bien. Cuando abro la puerta me lo encuentro durmiendo junto al baño. Tiene a su lado un botiquín. No puedo parar de llorar. Pienso que se trata de un hombre fuerte. Preparado para su destino y para morir en silencio. Le muevo y no reacciona. Hasta que no le grito no da señales de vida.

'Joj, Joj', le llamo por su apodo. Tarda dos segundos en contestar, pero a mí me parecen años. Recuerdo todos los ratos que hemos pasado juntos riendo y llorando. Se despierta y nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en años. Nos sentamos y me empieza a preguntar por mi trabajo los últimos 13 días. Dice que ha visto el logo de mi televisión (Ramattan) en todos los canales. Dice que así sabía que estaba vivo.

'Ya se que no quieres dejar tu casa. Que siempre echas la culpa a tu padre por dejar su casa en 1948 y convertirse en un refugiado y que prefieres morir en tu casa antes de convertirte en otro refugiado al que tiene que alimentar Naciones Unidas', le digo. '¿Cómo podría echar la culpa a mi padre por cometer un error y repetirlo yo 60 años después?', me contesta. Es duro tener 59 años y estar atado a unas convicciones tan fuertes.

Le respeto pero no puedo ocultar mis temores. Es el único miembro de mi familia que me queda aquí. Mantengo una discusión en mi interior. Pienso: 'Si me pongo a gritar y a llorar seguro que se viene conmigo'. Pero no puedo hacerlo. Me promete que tendrá cuidado y que estará bien.