Publicado: 09.11.2016 20:51 |Actualizado: 09.11.2016 23:15

Un Oriente Próximo en llamas aguarda a Donald Trump

Si Donald Trump aplica las promesas de la campaña, la situación en Oriente Próximo puede deteriorarse más. La región está plagada de conflictos cuya resolución depende en gran parte de una actitud firme y sensata de Occidente que ha estado ausente desde la invasión de Irak hace trece años.

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Soldados identificados por las fuerzas sirias como tropas especiales de EEUU en la provincia de Raqqa, Siria. - AFP

Soldados identificados por las fuerzas sirias como tropas especiales de EEUU en la provincia de Raqqa, Siria. - AFP

JERUSALÉN.– La victoria de Donald Trump tendrá consecuencias dramáticas para Oriente Próximo si ejecuta los planes que ha apuntado durante la campaña electoral para una región que se halla en el peor momento de su historia, que precisamente se inició con las decisiones de los ideólogos neoconservadores del anterior presidente republicano, George Bush, con respecto a Irak en 2003.



Desgraciadamente, esa misma ideología neoconservadora no experimentó cambios sustanciales con el demócrata Barack Obama, quien como Bush, se empeñó en llevar la democracia liberal al mundo árabe a cualquier precio, sin tener en cuenta el marco social y religioso de la región, y el desastroso precio que se ha pagado y se va a pagar es más trágico que las catástrofes bíblicas.

El que ha sido problema central en esta región, el conflicto israelo-palestino, ha pasado a un segundo plano de interés aunque su resolución sigue siendo crucial. Trump, que empezó la campaña diciendo que sería “neutral” en el conflicto, corrigió sus palabras rápidamente, en cuanto los lobbies judíos le tiraron de las orejas.

El principal donante de su campaña ha sido Sheldon Adelson, un judío americano que ha hecho una gran fortuna en la industria del juego

El principal donante de su campaña ha sido Sheldon Adelson, un judío americano que ha hecho una gran fortuna en la industria del juego y que ha donado decenas de millones de dólares a Trump. Ha sido el principal contribuyente del presidente electo y es un estrecho amigo del primer ministro Benjamin Netanyahu, para quien ha creado Yisrael Hayom, un diario gratuito en hebreo que es el de mayor difusión y se corta a la medida de Netanyahu.

Durante la campaña Trump ha dicho que trasladará la embajada de Estados Unidos a Jerusalén. En la actualidad todas las embajadas extranjeras se encuentran en Tel Aviv y todos los presidentes americanos han evitado proceder a ese traslado a la espera de un acuerdo de paz entre Israel y los árabes.

Pero ese acuerdo está cada vez más lejos a causa de la pasividad de Estados Unidos y de la Unión Europea, que durante décadas han designado a innumerables, aunque inútiles, altos comisarios, enviados especiales y representantes de todo tipo que no han hecho absolutamente nada más que complicar los problemas de la región.

No debe extrañar, por lo tanto, que uno de los ministros israelíes más influyentes, Naftali Bennett, un radical nacionalista y religioso, haya proclamado que con la victoria de Trump, “la era de un Estado palestino se ha terminado”, y que Israel debe retractarse cuando antes de su compromiso de los dos estados.

También está relacionado con Israel el tema de Irán. Netanyahu ha hecho lo imposible por abortar el acuerdo entre Barack Obama y Teherán, y no hay duda que va a continuar en ese camino. Trump ha calificado de “terrorista” a Irán, y del mencionado compromiso ha dicho que “es el acuerdo más estúpido de todos los tiempos”.

En gran medida el futuro de ese acuerdo estará en manos de los poderosos lobbies judíos de Estados Unidos que obran teledirigidos por Netanyahu. No obstante, se ha de tener presente un factor nuevo que entra en esa ecuación con la victoria de Trump: las relaciones que el futuro presidente republicano establezca con Moscú.

Una eventual entente entre Trump y el presidente Vladimir Putin también podría incidir en el conflicto sirio

No debe olvidarse que Teherán y Moscú son aliados y por lo tanto es razonable pensar que Moscú, si mantiene buenas relaciones con Trump, podrá facilitar un entendimiento entre iraníes y americanos, siempre que Moscú tenga más ascendiente que Israel sobre Trump, lo que todavía no se ha dilucidado. Los rusos se han felicitado por la victoria de Trump y parece que entre las dos partes existe una buena sintonía.

Una eventual entente entre Trump y el presidente Vladimir Putin también podría incidir en el conflicto sirio, que no solo es una guerra civil en toda regla sino también una guerra por partes interpuestas, que se dirige desde distintas capitales de Europa, Estados Unidos y Oriente Próximo.

De hecho, durante la campaña Trump ha criticado la asociación de Obama con los rebeldes sirios y ha manifestado en más de una ocasión que Obama y Hillary Clinton son responsables del nacimiento y el florecimiento de las organizaciones yihadistas en la región, incluido el Estado Islámico, así como del terrorismo islamista en Occidente.

Será interesante ver si Obama coordina con Trump a partir de ahora su política exterior en Oriente Próximo, es decir durante los dos meses que faltan hasta el relevo en la Casa Blanca el 20 de enero. Si esa política se coordina, es posible que repercuta en los conflictos de Siria y de Irak, donde Estados Unidos y sus aliados están combatiendo.

Durante la campaña Trump ha dicho que es partidario de “bombardear la mierda” de Oriente Próximo, matar a las familias inocentes de los terroristas e ir más allá de las prácticas de tortura con agua sobre los sospechosos.

Otra posibilidad es que lo que se ha dicho durante la combativa campaña sea una cosa y lo que Trump haga a partir de ahora sea otra distinta. Como colofón, la política del nuevo presidente con respecto a Oriente Próximo dependerá fundamentalmente de lo susceptible que sea a las influencias de Israel y de Rusia.