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El 'pit bull' Sarah Palin ataca a Obama

La candidata republicana a la vicepresidencia asombra con su primer discurso

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'¿Sabéis cual es la diferencia entre un pit bull y la madre de un jugador de hockey? El lápiz de labios'. Así se ha definido Sarah Palin, la controvertida gobernadora de Alaska, candidata republicana a la vicepresidencia. Y cumplió su palabra.

En su discurso de presentación ante los fieles que llenaban el centro de convenciones de Saint Paul el miércoles por la noche, Palin entusiasmó a los suyos atacando con sorprendente virulencia, para una novata, a sus rivales demócratas.

Y fue directamente a la yugular. “Ser alcalde de una ciudad pequeña es como ser trabajador social, pero con responsabilidades”, dijo Palin mofándose de la experiencia de Barack Obama en los barrios desfavorecidos de Chicago, uno de los puntos clave de su biografía electoral.

“No sabemos qué hacer con un candidato que halaga a los trabajadores, pero luego critica lo amargados que están y lo mucho que se consuelan en la religión y las armas, cuando no escuchan”, añadió la aspirante conservadora, recordando las desafortunadas declaraciones de su rival en un evento recaudatorio en San Francisco.

Punto por punto, metió el dedo en las llagas demócratas, las inevitables meteduras de pata de estas últimas semanas y la criticada grandilocuencia del mega evento que clausuró la convención de Denver.

“Cuando se han apagado las luces del estadio y se han guardado las columnas griegas de poliestireno, a qué aspira nuestro rival?”. En las gradas, los asistentes gritaban enfervorecidos.

Palin ya se había ganado el aplauso unánime de la masa entusiasta al meterse con la prensa. “He aprendido muy deprisa estos últimos días que, si no perteneces a la élite de Washington, algunos medios te descalifican por esa única razón. Tengo una primicia para ellos. No voy a Washington para caerles bien, voy a Washington para servir al pueblo de este país”. Locura de alegría entre los asistentes.

Para ser el segundo discurso nacional de una recién llegada, Palin demostró, independientemente de sus ideas, un sorprendente aplomo. “Sarah barracuda”, como la llamaban en su pueblo de Alaska, Miss Congeniality 1984, tomó las riendas de una convención descarrilada por el falso huracán Gustav.

En uno de los palcos, su marido Todd, The First Dude, (en traducción libre “el primer coleguilla del Estado”), su hija Bristol, que tanta polémica despertó por su embarazo adolescente, cogida de la mano de su novio y futuro esposo, Levi, también aguantaron con dignidad, aunque algo incómodos, su repentino salto a la despiadada fama televisiva.

Sentada a su lado, la mujer del candidato, CindyMcCain mecía de vez en cuando a Trig, al recién nacido de Palin con síndrome de Down, ajeno al ajetreo.

Con Palin, los republicanos han conseguido de momento, cambiar la narrativa electoral, hasta que los demócratas, ayer todavía un poco noqueados, contraataquen: ya no se trata de saber cuál de los candidatos es el más experimentado, terreno en el que Palin con sus dos años de gobernadora y los seis como alcaldesa de Wasilla, Alaska, 7.000 habitantes, tiene serias desventajas, sino de saber quién se parece más al votante medio.

Sobre todo se trata de atacar sin piedad al rival. Telonero de Palin, el ex alcalde de Nueva York y fracasado candidato a la presidencia, Rudolph Giuliani, caldeó el ambiente con su habitual sarcasmo. “Esto no es un ataque personal. Es un hecho. Obama nunca ha liderado nada, nada”, pronunciando lo último en español y repitiéndolo con una enorme sonrisa.  
En todo este terremoto, la elección formal de John McCain a la candidatura republicana por las delegaciones que asistían a la convención pasó casi desapercibida. Al final, el candidato apareció en el escenario para posar en la típica foto de familia.

El aspirante pronunció el discurso de clausura (en la madrugada española de hoy) en un nuevo escenario construido para enmarcarle en una “reunión ciudadana”, formato en el que McCain se mueve mucho mejor que delante de las cámaras y detrás de un atril. Su objetivo era superar el entusiasmo generado por su número dos.