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Polonia y Hungría instalan la autocracia nacionalista en el corazón de Europa

La Polonia de Jaroslaw Kaczynski y la Hungría de Viktor Orban campan a sus anchas por la UE. Escondidos bajo el efecto del Brexit, sus controles a la Justicia, medios de comunicación e instituciones estatales han desembocado en unos modelos de nacionalismo conservador exacerbado. A cobijo de los fondos comunitarios. Europa vigila, con demasiada docilidad, a unos Gobiernos que han rebajado los estándares de calidad democrática hasta límites difícilmente soportados por los tratados de la Unión.

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Viktor Orbán, primer ministro húngaro y Beata Szydlo, primera ministra polaca, antes de la reunión del Grupo de Visegrado en Varsovia este jueves./EFE

Si la UE no existiera, habría que inventarla. Esta máxima de los europeístas convencidos se basa en un ideario real. La voz europea es, sin duda, una de las más firmes defensoras de los derechos humanos, de los principios democráticos y las libertades civiles e individuales del escenario internacional. Quizás, junto a las de Canadá y Noruega. Sus tratados -tanto los fundacionales como los coetáneos y vigentes-, así lo atestiguan. Pero sus posiciones de consenso institucional parecen ver sólo la viga en el ojo ajeno. Porque en su interior, en el corazón mismo de su territorio común, dos de sus socios han puesto a prueba los resortes de su modelo fundacional. Polonia y Hungría, dos de los actuales máximos beneficiarios de los fondos estructurales y de cohesión, han tensado hasta casi hacer saltar por los aires su relación futura en el seno de la Unión.

El desafío de los primeros ministros polaco y húngaro a Bruselas es, además, conjunto. Al menos. Porque en no pocos asuntos trascendentales que están en la agenda política y que se discutirán en los próximos meses en el Consejo Europeo, podrían recibir el respaldo sin fisuras del denominado Grupo de Visegrado, integrado, además, por sus vecinos eslovacos y checos. Jaroslaw Kaczynski y Viktor Orban no tienen reparo alguno en airear una especie de devoción mutua. Casi reverencial, con el paso del tiempo, en el caso del líder polaco. Al fin y al cabo, su homólogo húngaro lleva más tiempo en la tarea de transformar el orden jurídico con bastón autoritario y consignas nacionalistas. Como buen discípulo, Kaczynski sigue de manera casi mimética la hoja de ruta iniciada por Orban desde su ascenso a la jefatura de Gobierno, en 2010.

Europa ha respondido este verano, por primera vez con cierta contundencia, a la afrenta. Una reacción que ha personificado en la figura de Kaczynski y su partido, Ley y Justicia (PiS según sus siglas en polaco) y que ha llevado a la Comisión Europea a amenazar con aplicar el artículo 7 del Tratado de la Unión, que establece amonestaciones, primero, sanciones, después y, finalmente, la suspensión de su capacidad de voto en el Consejo Europeo, si un Estado miembro se salta sus compromisos con la democracia, los derechos humanos y el imperio de la ley. Una invocación que no sucedía desde el año 2000, cuando Jörg Haider, líder ultraderechista del Partido Liberal austriaco (FPÖ) formalizó, tras su éxito electoral, una coalición gubernamental con el Partido Popular (ÖVP) con Wolfgang Schüssel, el líder democristiano, como canciller. Entonces, el órdago de Viena se saldó con unas sanciones temporales por parte de la UE y la ausencia de Haider en el Ejecutivo -aunque siguió con su cargo de gobernador de Carintia-, a las que sucedieron su hundimiento en las urnas, en 2002, y la inmediata creación de su propia marca política, la Alianza por el Futuro (BZÖ), con la que resurgió con fuerza en los comicios celebrados días antes de morir, en 2008, en accidente de tráfico.

El primer ministro húngaro, Viktor Orban. REUTERS/Laszlo Balogh

La Polonia del PiS

El sello de identidad Kaczynski es similar, en cuanto al calibre del reto a Bruselas, que el de Haider. Desde su ascensión al poder, en noviembre de 2015, ha impulsado una batería de reformas de alto voltaje nacionalista y con un muy marcado tinte ultraconservador. Sin duda, las más polémicas han sido sus reiteradas embestidas legislativas para controlar la Justicia. Entre otras medidas, el líder del PiS tramitó una ley por la que el Gobierno se reserva la potestad de designar a los jueces de la Corte Suprema, que no sólo es el tribunal de última instancia civil y criminal, sino que, además, valida el resultado de las elecciones, aprueba los dictámenes financieros de los partidos políticos y adjudica y promueve las sanciones disciplinarias en el entramado de la Judicatura.

El presidente Andrezej Duda vetó dos de las tres iniciativas legales dirigidas a “maniatar la acción de la Justicia”, tal y como alertó el propio jefe del Estado. La mencionada y otra con la que el PiS pretendía debilitar al Tribunal Constitucional. Tan sólo sancionó, con su firma, la reestructuración de los juzgados de primera instancia, pese a que también iba en la misma dirección, para no dar pábulo al 38% del electorado que votó a Kazcynski. Al fin y al cabo, al enemigo público interno número uno del actual primer ministro (el externo es el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, su antecesor en el cargo entre 2007 y 2014, y dirigente de Plataforma Cívica, su formación rival) le ampara un creciente rechazo de la sociedad. Las manifestaciones ciudadanas que se oponen a la contra-revolución Kaczynski se ha extendido a más de 220 ciudades del país bajo el lema Konstytucja: Constitución.

Pero la Justicia no ha sido su único fervor intervencionista. Kaczynski también ha logrado granjearse un notable apoyo a su intento de protagonizar, en un futuro inmediato y aún más propicio, una gran reforma constitucional. Como ya lo hiciera su idolatrado Orban. Al servicio de su objetivo -además de con las purgas judicial-, se hace valer de una incesante propaganda nacionalista -sus seguidores acuden a los mítines con símbolos, vestimenta y todo tipo de parafernalia visual con la que se identificaban varios movimientos filo-nazis que surgieron con anterioridad al estallido de la Segunda Guerra Mundial, prohibidos por el régimen comunista-, que le lleva a proclamar el odio al inmigrante, en general, y a los musulmanes, en particular. Desde unos medios de comunicación, sobre todo televisivos, dominados por voces que difunden falsas noticias (la post-verdad ha llegado a Polonia) y que proclaman promesas difícilmente alcanzables.

Por ejemplo, contra el intento de crear una universidad en suelo húngaro del financiero y filántropo judío, George Soros, al que su compatriota, Orban, ha colgado el cartel de traidor de la patria. Una operación que ha desatado la ira antisemita en una zona especialmente sensible hacia los conflictos étnicos y religiosos. O contra la burocratización y la acumulación de soberanía por parte de la UE. Aderezados con mensajes de exaltación del Estado-nación y de repulsa hacia las teorías liberales, entendidas, a los ojos de este nacionalismo centroeuropeo, como las fuerzas que impulsaron, en su momento, a la antigua nomenklatura comunista.

Una de las manifestaciones ciudadanas en Polonia./Archivo

La contra-revolución de Kazcynski

Frente a esta amenaza latente, el PiS de Kazcynski han emprendido una reforma educativa centralizada y con claros vestigios de autoritarismo, han nombrado a fieles en el Ejército, las Fuerzas de Seguridad y los servicios secretos, y han renovado el Tribunal Constitucional a su antojo, mientras lanzaban acusaciones de alta toxicidad política como la que señala a la Plataforma Cívica como responsable de la muerte de su gemelo en accidente aéreo, en 2010. Porque las teorías conspiranoides también están a la orden del día.

Kazcynski ha emprendido una reforma educativa centralizada, nombrado a fieles del PiS en el Ejército y los servicios secretos, renovado el Constitucional a su antojo y desempolvado teorías conspiranoides

Todo ello ha generado una gran división social. Y tendencias civiles contradictorias. Como que Polonia sea el país europeo más eurófilo (nada menos que el 72% se declaran a favor de la UE), aunque el 48% de votantes del PiS piense que Europa debe devolver poder a los Estados nación. O que albergue uno de los mayores porcentajes de odio a los musulmanes (66%) frente al 35% de países como Holanda o Suecia, con elevados índices de población de esta religión en sus sociedades, cuando la inmensa mayoría de inmigrantes que residen en Polonia proceden de Ucrania, sin vínculos con el Islam. Por no hablar de los 2 millones de polacos de perfil urbanita y con estudios superiores que han salido del país desde 2004.

En gran medida, porque Polonia “camina hacia la autocracia”, dijo el depuesto presidente del Tribunal Constitucional al dejar su cargo, el pasado año. Pese a que el gran mercado del Este y el séptimo PIB europeo, una vez se consuma el Brexit, sea el primer receptor de fondos europeos -más de 90.000 millones de euros en el actual periodo presupuestario (2014-2020)- y su economía se expanda a ritmos del 4% por el carburante de las ayudas comunitarias. Idea que también transmite Lech Walesa, el líder que, desde los astilleros de Gdansk, desencadenó la rebelión social desde el Sindicato Solidaridad que acabó con el régimen comunista del general Wojciech Jaruzelski en 1989. Walesa, premio Nobel de la Paz y presidente polaco entre 1990 y 1995, demuestra que la democracia en el Este de la UE “está en serio peligro y sumamente deteriorada”.

El expresidente polaco, Lech Walesa, durante un acto por el 34 aniversario de Solidaridad en agosto de 2014. Archivo/REUTERS

El espejo húngaro … y Europa

Orban ordenó el control del Alto Tribunal, dotó a Hungría de una nueva Carta Magna al llegar al poder y se erigió en azote de las políticas de inmigración europeas tras el atentado contra la revista satírica Charlie Hebdó

La deriva polaca ya resulta conocida entre los socios europeos del Este. Orban se dotó de una nueva Carta Magna al llegar al poder. Previo control del Constitucional del país. Antes de erigirse en el azote de las políticas de inmigración europeas desde el ataque contra la revista satírica Charlie Hebdó, en París. El líder húngaro no sólo abandera el rechazo a las cuotas de asilo de sirios e iraquíes que huyen de sus países en conflicto. Ha moldeado a sus socios del Grupo de Visegrado en la revolución de color contra los invasores islamistas, amenaza a la UE con hacer valer su minoría de bloqueo en el Consejo Europeo si persiste en mantener los derechos civiles liberales que permiten las peticiones de acogida y asilo, alienta el euroescepticismo y se declara partidario de que Reino Unido se decante por un Brexit duro que irrita al eje franco-alemán. Para ello, y con el inestimable apoyo de Jobbik, el partido radical de la derecha húngara, así como de un cambio en el sistema electoral promovido por Fidesz, su formación, vencerá presumiblemente en los comicios de 2018. Sería su tercer mandato consecutivo.

El sentimiento generalizado entre los observadores políticos es que la UE debe actuar con mayor contundencia y hacer uso de su capacidad sancionadora. Contra ambos Estados. Al contrario que los analistas financieros, que siguen viendo “complacencia” de los mercados ante los riesgos de desestabilización con Europa. Al menos, hasta que las instituciones de la UE tomen cartas en el asunto. De momento, el más proclive a esta reacción es el jefe del Estado galo, Emmanuele Macron, impaciente por restaurar la estabilidad monetaria y geoestratégica de la Unión. A la espera del resultado de las elecciones en Alemania. Para formar tándem reformista con su contraparte germana, casi con total seguridad, Angela Merkel. Y, en menor medida, la Comisión. Porque desde finales del pasado mes de julio la amenaza de Bruselas a Varsovia, en primera instancia, y a Budapest, después, ha dejado de ser velada.

La respuesta de Polonia a la “manifiesta incompatibilidad” de la reforma de la Justicia del país con “las normas comunitarias”, no ha satisfecho al Ejecutivo comunitario, que podría elevar en las próximas semanas el asunto a la Corte Europea de Justicia.

Casi al unísono, el apoyo de Orban a Kaczynski, sus críticas a “la Europa inquisitorial” que, a su juicio, quiere instaurar el vicepresidente de la Comisión, Frans Timmermans, o hacia el “desvergonzado” aspirante socialdemócrata a la cancillería alemana, Martin Schulz -a quien le acusa de tener una “solidaridad mal concebida”- por exigir a Hungría que asuma la totalidad de sus cuotas de inmigrantes, le han valido una dura reprimenda de Macron. El inquilino del Elíseo le ha recordado que Europa “no es un supermercado”, en alusión a los 1.000 millones de euros que, dice Orban, le ha costado a su país el mantenimiento de sus refugiados, sin “ofrecer compensación alguna” y pese a que la economía alemana se ha beneficiado de la mano de obra barata de los países de Visogrado para sortear la crisis.

Varios cientos de refugiados y migrantes parten hacia la frontera con Hungría, en Belgrado, Serbia. REUTERS / Marko Djurica

Armas sancionadoras europeas

Judy Dempsey, estratega para Europa de Carnegie, cree que Polonia y Hungría han usado el Brexit para fortalecer sus posiciones dentro de la UE, pero advierte a los socios díscolos de que su táctica puede ser un boomerang. No es muy ortodoxo ni demasiado inteligente -enfatiza la analista de este banco de inversión- actuar contra Alemania, a la que Varsovia acaba de pedir reparaciones de guerra por valor de 1 billón de dólares por la ocupación nazi, cuando ambos países suscribieron un tratado reconociendo los límites fronterizos de 1945, ni contra su fiel aliado del eje, Francia, cuando el próximo año se iniciará el diálogo sobre las perspectivas presupuestarias del siguiente septenio. Sobre todo, porque Polonia “se ha beneficiado de los fondos europeos desde 2004”, que han sido determinantes para “modernizar las infraestructuras y el sistema productivo del país”.

Dempsey afirma que la actitud de Kazcynski deja a Polonia “en medio de un puzzle” en el que las piezas no le encajan. Su primer ministro se ha alineado con el Brexit para disminuir el poder franco-alemán desde su victoria electoral, ha arremetido contra las reformas del euro de Macron sin pertenecer a la zona monetaria europea y, por si fuera poco, declara no compartir la doble velocidad en materia de integración mientras reclama la devolución de la soberanía a los Estados y el PiS reivindica antiguos territorios de Ucrania, lo que da alas a la Rusia de Putin. “Es un juego de propaganda” que puede llegar a ser “demasiado perjudicial” para los propios intereses del país, aclara.

La Comisión Europea manifiesta la incompatibilidad de la reforma de la Justicia en Polonia y amenaza con llevar el asunto a la Corte Europea de Justicia y con invocar el artículo 7 del Tratado de la Unión y su capacidad sancionadora

Sobre todo, porque Europa no tiene demasiado margen de maniobra para aplicar medidas paliativas. Los avances integradores son más urgentes y, para ello, está en disposición de abrir la caja de los truenos. Ya hay voces comunitarias que piden rebajar los fondos de la UE a los Cuatro de Visegrado (además de los 90.000 millones para Polonia, 25.000 para los húngaros y checos y 15.000 para Eslovaquia), si no asumen sus cuotas de inmigrantes. Una medida que reduciría los flujos de inversión europea en sus economías, indicador que ya se resintió el pasado año. Y que podría dividir al grupo, porque Eslovaquia pertenece a la zona del euro y la República Checa no descarta categóricamente entrar en el futuro.

Otra de las armas arrojadizas de Europa es impulsar procedimientos por déficit excesivo a la menor oportunidad. A pesar de tener las cuentas consolidadas (en el caso de Chequia, incluso con superávit), la pérdida de inyecciones financieras desde Europa engendraría dificultades inmediatas a la coyuntura de estos países. Sin olvidar de la pérdida de voto y de la capacidad de veto que recoge el artículo 7 del Tratado o el retardo en la discusión de asuntos, en el Consejo Europeo, de especial prioridad para Orban y Kazcynski.

Agata Gostyńska-Jakubowska, del Center for European Reform (CER), considera que gran parte de las maniobras recientes del primer ministro polaco guarda relación directa con la “admiración hacia Orban y su partido, Fidesz, y su fanatismo por copiar su acción política y asimilar sus nociones de cultura antiliberal”. Un desafío personal que, para Piotr Buras, del Consejo Europeo para las Relaciones Internacionales (ECFR, según sus siglas en inglés) ha dirigido al PiS al abismo, “hacia un proceso de des-europeización” de su sociedad que le lleva, en paralelo, a desligarse de sus socios occidentales del continente. O, dicho de otro modo, se explica Buras: “Ideológicamente, el PiS se muestra cada vez más convencido de que los valores y la identidad nacionales se encuentran amenazados por la UE” porque, en el terreno económico, se ha consolidado en el Gobierno de Kazcynski la falsa certidumbre de que “Europa interrumpe el deseo polaco de convertirse en centro logístico y comercial por su localización geográfica” de tránsito entre los mercados occidentales y orientales. A este respecto, George Friedman, director de GeoPolitics, apela al sentido común de la UE. En su opinión, “no se puede decir que Polonia o Hungría tengan tradición de democracias ni de gobiernos liberales”, por lo que “las confusas” ideologías actuales de sus dirigentes “deberían tener fecha de caducidad”.