Publicado: 17.03.2016 09:17 |Actualizado: 17.03.2016 09:17

Las posibilidades reales de Trump para ser presidente de EEUU

Todas las encuestas muestran que cualquier candidato demócrata superaría al
magnate en voto popular, pero el multimillonario ha demostrado que las reglas
ordinarias de la política no le afectan.

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Donald Trump tras ganar en las primarias de Florida. - REUTERS

Donald Trump tras ganar en las primarias de Florida. - REUTERS

Tras las primarias del 15 de marzo en diversos Estados, Donald Trump se aproxima con paso firme a la nominación como candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos. Aún está lejos de llegar al número mágico de delegados que le asegure entrar como triunfador en la Convención de Cleveland, el próximo mes de julio, pero ninguno de sus oponentes parece tener la capacidad de pararlo, para desesperación del establishment del Grand Old Party. En cualquier caso, es un buen momento para plantearse la pregunta del millón de dólares: ¿En caso de ser nominado, cuáles son las posibilidades reales de Trump de llegar a la Casa Blanca?

Hasta ahora, la opinión generalizada es que una nominación de Donald Trump le entregaría a los demócratas la presidencia en bandeja de plata. Un candidato que provoca espanto en el votante más moderado podría producir una huida en masa hacia la alternativa, quizás menos apasionante, pero también mucho menos inquietante, que representa Hillary Clinton.



Las reglas ordinarias de la política no son aplicables a Trump

Sin embargo, el multimillonario ha dado buena muestra de que a él no se le aplican las reglas ordinarias de la política. Cualquier otro candidato se habría visto obligado a abandonar la carrera presidencial por errores o meteduras de pata de mucho menor calibre que cualquiera de las barbaridades que acostumbra a proferir Trump un día sí y otro también. Lo que sería letal para cualquier candidato “normal”, a él le hace más y más fuerte. Por ello, es posible que haya llegado la hora de empezar a tomarse a Donald Trump en serio y de analizar sus posibilidades reales de competir cuando llegue el momento de la elección general.

Para lograr la victoria lo que importa no es tener más votos de ciudadanos, sino simplemente conseguir un mayor número de compromisarios de los Estados

Para llevar a cabo este análisis es necesario tener muy en cuenta las peculiaridades del sistema electoral presidencial, y la principal de ellas es que, tratándose de una elección indirecta, para lograr la victoria lo que importa no es tener más votos de ciudadanos, sino simplemente conseguir un mayor número de compromisarios de los Estados.

En efecto, los ciudadanos no eligen directamente al presidente, sino a un “Colegio electoral” compuesto por una serie de compromisarios por cada Estado y es este colegio el que posteriormente elige al presidente. En todos los Estados, excepto Maine y Nebraska, el candidato ganador se lleva todos los compromisarios del Estado y esto puede provocar que un candidato con mayor número de votos de ciudadanos en el cómputo global, sin embargo no tenga mayoría de compromisarios y, por tanto, pierda las elecciones.

En 2000, Al Gore superó a George W. Bush por medio millón de votos y perdió en el colegio electoral. De hecho, unos pocos cientos de votos en Florida (exactamente 537, de un total de casi seis millones emitidos), en una elección plagada de irregularidades, fueron los que inclinaron la balanza de los compromisarios del lado de Bush. ¿Podría volver a ocurrir algo similar en las elecciones de noviembre? No es totalmente descartable.

El voto popular, mayoritariamente demócrata

A día de hoy, todas las encuestas muestran que cualquiera de los dos candidatos demócratas en liza superaría a Donald Trump en voto popular. De hecho, desde 1992, los demócratas han superado a los republicanos en el voto popular en todas las elecciones presidenciales, excepto en las de 2004. La propia evolución demográfica del país, con un peso creciente de las minorías, en especial de los hispanos, juega en el mismo sentido. Sin embargo, como ya se ha dicho antes, lo que importa no son los votos de los ciudadanos, sino los compromisarios, y ahí el desenlace no está tan claro.

Los principales campos de batalla de esta elección presidencial van a estar en Florida y en los Estados del llamado “Cinturón de óxido”, especialmente Wisconsin, Michigan, Ohio, y Pennsylvania

Para valorar las posibilidades reales del multimillonario neoyorquino de llegar a la Casa Blanca hay que echarle un vistazo al mapa electoral. Las elecciones presidenciales sólo van a tener un carácter verdaderamente disputado en un puñado de Estados. La mayoría de los Estados son considerados “seguros” para alguno de los dos partidos, son blue states (demócratas) o red states (republicanos), y los partidos apenas se molestan en hacer campaña en ellos, salvo para movilizar a los propios votantes y evitar que un exceso de confianza pueda producir sorpresas desagradables. Toda la maquinaria electoral y las ingentes cantidades de dinero que se mueven en las campañas se vuelcan en los llamados swing states, Estados que pueden oscilar a uno u otro lado en función de las circunstancias.

Previsiblemente, en vista de lo sucedido en las últimas campañas y de los datos de las encuestas, los principales campos de batalla de esta elección presidencial van a estar en Florida, como ya es habitual, y en los Estados del llamado “Cinturón de óxido” (Rust belt), especialmente Wisconsin, Michigan, Ohio, y Pennsylvania. Es de esperar que los republicanos intenten dar la batalla en Nevada (sobre todo si el nominado es Trump), en Colorado, en Virgina, en Iowa y en North Carolina. Incluso New Jersey, aunque ha votado consistentemente demócrata en las elecciones presidenciales desde 1992, podría ser un objetivo, puesto que el Gobernador Chris Christie ha dado su apoyo públicamente a Donald Trump. El resto del mapa es casi inamovible, la costa Oeste y el Noreste son blue states y el Sur ─el llamado “Cinturón de la biblia” (Bible belt), por la fuerte impronta evangélica─ y el Medio Oeste son red states (con la excepción de Colorado y Nuevo México). Por su parte, los demócratas podrían intentar dar la batalla en en Arizona, en Georgia y en Arkansas, Estado en el que Hillary Clinton, por vía conyugal, puede tener todavía un cierto tirón.

Un grupo de abogados de la campaña para prevenir la violencia con armas protesta contra Trump. - EFE

Un grupo de abogados de la campaña para prevenir la violencia con armas protesta contra Trump. - EFE

Trump y su mensaje populista

Pues bien, analicemos las posibilidades reales de Trump en cada una de las batallas estatales que previsiblemente resultarán más ajustadas. Para ello, hay que partir de unas premisas relativamente simples en relación con el votante-tipo que está atrayendo Trump ─blanco, de clase baja y de escaso nivel educativo─, frente al votante-tipo atraído preferentemente por los demócratas ─blanco de nivel educativo medio-alto o miembro de minorías─. El problema para Trump puede ser precisamente su creciente popularidad: a medida que sus apoyos crecen, crece también la movilización de los votantes que desean verlo lo más alejado que sea posible de la Casa Blanca.

Florida: para muchos comentaristas, la nominación de Donald Trump podría dar al traste con las esperanzas del Grand Old Party de alzarse con la victoria en este Estado crucial y llevarse sus codiciados 29 votos electorales. Según las encuestas hasta ahora publicadas, él sería el candidato republicano que peor se comportaría frente a Hillary Clinton. Sólo un candidato republicano que tratase de representar mejor la pluralidad de orígenes y de etnias que caracteriza a la sociedad norteamericana actual podría alterar este pronóstico.

El discurso crudo y directo de Donald Trump está muy inteligentemente orientado a tocar la fibra sensible de los perdedores del proceso de desindustrialización que ha sufrido EEUU

Sin embargo, en esta ocasión, Florida podría no ser tan determinante como en ocasiones anteriores y un candidato atípico como Donald Trump podría ganar la elección presidencial sin ganar Florida, siempre que consiga hacer llegar su mensaje populista a los votantes blancos de clase baja más cabreados con los políticos tradicionales en los Estados del “Cinturón de óxido”.

El discurso crudo y directo de Donald Trump está muy inteligentemente orientado a tocar la fibra sensible de los perdedores del proceso de desindustrialización que ha sufrido EEUU en las últimas tres décadas. Con ese discurso, Trump pretende arrebatar a los demócratas algún Estado importante del “Cinturón del óxido”, como Michigan o Pennsylvania. Si pudiera ganar además en algún Estado industrial del Medio Oeste alto, como Minnessotta o Wisconsin, y si a eso le sumásemos alguna victoria más, como por ejemplo en su querida Nevada, entonces lo que parecía imposible hace muy pocos meses se podría convertir en una inquietante realidad.

Es muy improbable que se den todas esas circunstancias. Al contrario, lo que parece, a día de hoy, más probable es que una nominación de Trump sirva para amalgamar una gran coalición moderada que lleve en volandas a Hillary Clinton hacia la Casa Blanca…pero con Donald Trump nunca se sabe.

*El autor es profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Valladolid. Ha sido investigador visitante en el Washington College of Law (American University) y en la Universidad de Toronto.