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La Primavera Árabe se atraganta

Un lento despertar. El derrocamiento de las dictaduras en Túnez, Egipto y Libia ha despertado esperanzas de que la democracia podría instalarse en el mundo árabe

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Centenares de personas perdieron la vida en las revueltas que acabaron con los regímenes de Hosni Mubarak y Zine el Abidine Ben Alí en la llamada Primavera Árabe. Meses después, nuevos episodios de violencia están empañando la transición hacia la democracia en Egipto y Túnez. La brutal represión de una protesta de coptos en El Cairo hace una semana ha reforzado las preocupaciones sobre el papel del Ejército, que controla el país, mientras en Túnez el radicalismo violento de grupos islamistas hace temer por un escenario que ve a los religiosos en el poder.

La tragedia del pasado domingo en El Cairo, en la que murieron 26 personas en enfrentamientos entre las fuerzas del orden y cristianos coptos, de momento no ha provocado un nuevo atraso de los primeros comicios libres en el Egipto posrevolucionario. Tal como estaba previsto, el miércoles se inició el periodo para registrar candidaturas a las legislativas, cuya primera ronda se celebrará el próximo 28 de noviembre.

La gente del régimen de Mubarak representa el 40% de las candidaturas

En las primeras 48 horas, se inscribieron cerca de 1.800 candidatos para la Asamblea Popular, y 135 para el Consejo Consultivo, la Cámara Alta. Según los cálculos de la Organización Egipcia para los Derechos Humanos, antiguos diputados o miembros del Partido Nacional Democrático (PND), creado por el régimen de Mubarak, podrían representar más del 40% de las candidaturas presentadas hasta el momento.

Precisamente, la prohibición a los miembros del antiguo régimen de concurrir a los comicios es una de las principales demandas de los partidos de la oposición a la Junta Militar. En concreto, piden que se apruebe la llamada ley de la traición, que impediría las candidaturas de todos aquellos que practicaron o se beneficiaron del fraude electoral en el pasado.

De momento, la cúpula militar se ha comprometido a 'estudiar' la propuesta. Sin embargo, activistas y observadores políticos dudan de sus buenas intenciones. 'El Ejército tiene interés en que muchos ex-PND salgan elegidos porque así el Parlamento será muy fragmentado, y no saldrá un centro de poder fuerte que dispute su rol de institución más poderosa del país', afirma a Público Abulela Mady, secretario general del Partido Wasat, una escisión liberal de los Hermanos Musulmanes.

En Túnez, el partido islamista moderado Ennahda encabeza las encuestas

Los recelos hacia la Junta Militar se basan sobre todo en su insistencia en asignar una buena parte de los 498 diputados de la Asamblea Popular a través de candidaturas de independientes, en lugar de listas de partidos, lo que favorece las opciones de los exmiembros del PND, disuelto tras la Revolución. Finalmente, hasta un tercio de los escaños serán para candidatos independientes.

El plazo para registrar las candidaturas es de sólo una semana, por lo que la actividad en las sedes de los partidos es frenética. Existen dos grandes coaliciones de partidos que irán en listas conjuntas, la Alianza Democrática que incluye a Libertad y Justicia, la marca electoral de los Hermanos Musulmanes y el Bloque Egipcio, formado por una docena de partidos laicos y progresistas. Otros partidos, como el Wasat, han optado por presentarse en solitario.

Además de la constitución de un amplio bloque de exmiembros del PND, la batalla campal del domingo y el riesgo a que se produzca una escalada de las tensiones sectarias, ha disparado el miedo a espasmos de violencia durante el periodo electoral, algo que los militares podrían aprovechar como excusa para perpetuar su poder. Irónicamente, una manifestación el viernes bajo el lema 'Marcha por la unidad' terminó entre insultos y pedradas.

Mientras tanto, en Túnez, el país que demostró el 14 de enero que la calle podía doblegar a un dictador sólo con la fuerza de sus razones, la transición se apresta a pasar su prueba de fuego. El 23 de octubre, los tunecinos elegirán, en los primeros comicios democráticos de su historia, a los miembros de la Asamblea Constituyente. Los 218 elegidos tendrán en sus manos la elaboración de la nueva Carta Magna de la que se espera que siente las bases de un Estado democrático. También ejercerán de parlamentarios en funciones y podrán nombrar un nuevo Gobierno interino, o bien prorrogar el mandato del actual Ejecutivo de transición.

Más de cien partidos políticos presentan candidatos a estas elecciones, consideradas cruciales tanto por el propio Gobierno tunecino como por la comunidad internacional. De entre la pléyade de formaciones, la mayoría de nueva creación, destaca uno en las encuestas: el islamista moderado Ennahda. En un reciente sondeo de Sigma Conseil, el 22,8% de los entrevistados afirmaron que votarán por este partido, sin duda el que cuenta con mayor base social.

La posibilidad de que los islamistas arrasen preocupa a los partidos progresistas, a muchos tunecinos y, sobre todo, a muchas tunecinas de a pie. En este país magrebí, la avanzada condición social de la mujer (Túnez es, por ejemplo, el único país árabe en el que se ha abolido la poligamia) se considera una seña de identidad y un motivo de orgullo nacional.

Aunque el líder histórico de Ennahda, Rachid Ghanuchi (que ha declinado presentarse a las elecciones), se ha comprometido a ser 'tolerante' con lo que define como 'valores morales liberales', no pocos temen que esta promesa sea un ejemplo más del 'doble discurso' en palabras de Ahmed Ibrahim, líder del partido Ettajdid, heredero del comunismo tunecino que aseguran que caracteriza a los islamistas.

Incidentes como el que tuvo lugar el pasado domingo en la capital del país contribuyen a atizar los temores. Ese día, una turba de unas 300 personas, entre ellas 200 salafistas, intentaron incendiar la sede de la televisión privada Nessma TV después de que el canal hubiera emitido, dos días antes, la película franco-iraní Persépolis, porque la consideran blasfema.

Nada indica que los asaltantes militaran en Ennahda. Además, un responsable de ese partido, Samir Dilu, condenó el ataque. Sin embargo, esto no ha tranquilizado a los tunecinos que se miran en el espejo de una sociedad en la que la política esté separada de la religión. Este sector de la sociedad ve en este y en otros incidentes similares un presagio que prefigura un negro futuro para Túnez si los islamistas vencen.