Publicado: 27.07.2014 15:46 |Actualizado: 27.07.2014 15:46

Fin de Ramadán en Gaza

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Grandes columnas de humo negro se levantan esta mañana de Shuyaiya y las explosiones se oyen una detrás de otra. "Están disparando a los edificios altos, a los que tapan la visión de los tanques", explica Yusuf Saudi, un hombre de 35 años que está sentado con un grupo de amigos a cien metros del hospital Al Wafa.

La calle es una amplia avenida que va de la calle Salah al Din al extremo oriental de la Franja de Gaza. No circulan coches y son muy pocos los transeúntes que se internan algunos metros, siempre adoptando todo tipo de precauciones. Un poco más adelante hay tanques y destacamentos de las tropas israelíes que aguardan las órdenes de sus jefes para avanzar.

"Ayer fuimos a ver nuestra casa aprovechando el alto el fuego", cuenta Saudi. "Ha sufrido un bombardeo. No se ha caído pero no podemos ir. El ejército está demasiado cerca, no es seguro". Sus amigos asienten mientras miran con curiosidad en dirección a las columnas de humo y comentan los acontecimientos de los últimos días. En los alrededores de la zona comercial de Al Saha hay tiendas abiertas, aunque en algunas partes son menos de la mitad. Se ven persianas cerradas y el número de paradas ambulantes es reducido si se compara con un día habitual. Muchos comerciantes han abierto por primera vez después de tener las persianas cerradas durante más de una semana.

"Esta mañana hemos abierto pero la gente no se decide a comprar", dice Haidar Hasa, que posee un comercio de moda. El género lo importa de China y Turquía, a través de Israel, es decir de los pasos que hay entre Gaza e Israel, por donde entran todos los bienes que se venden en la Franja. La tienda la abrió su padre hace 31 años. "Tenemos un problema grande. Pedimos un crédito considerable para llenar el almacén pero con la guerra las ventas han caído en picado. La tienda ha estado cerrada más de una semana y estamos vendiendo menos del 50 por ciento de lo previsto. La gente no tiene dinero para comprar ropa. Está siendo el peor año. ¿Cómo vamos a devolver el crédito?", pregunta.

"Esto no es una guerra. Los israelíes han molido Shuyaiya, a los civiles, no a los milicianos".

"Esto no es una guerra. Los israelíes han molido Shuyaiya, a los civiles, no a los milicianos. Las milicias no solo tienen que hacer frente al ejército sino a la comunidad internacional que les apoya y les da armas. Ya hemos pagado lo suficiente en esta guerra, ¿qué más quieren?", dice Hasa. "No nos vamos a marchar. Estamos dispuestos a morir aquí. Todos los palestinos apoyamos a las milicias, no tenemos otra alternativa".

Cada cual se prepara como puede para la fiesta de Aid al Fitr, con la que se pone fin al Ramadán, y en la que está prohibido ayunar. Las familias compran lo mejor que encuentran, la mejor comida, frutos secos y dulces, se visitan unos a otros y ofrecen a sus invitados lo que les permite su situación económica. "¿Cómo vamos a celebrar Aid al Fitr con más de mil muertos y 6.000 heridos?", pregunta Jaled Shawa, un carnicero en el mercado de Zawiya. "Esto no es una guerra, es un holocausto. Toda la Franja está tan densamente poblada que caigan donde caigan las bombas habrá muertos o heridos, y en estas circunstancias no se puede hablar de fiesta".

"He tenido que tirar muchos kilos de carne", se queja Shawa. "Como no hay electricidad no se puede mantener en el almacén durante mucho tiempo. Solo puedo comprar la que voy a vender cada día. Y la gente, como tampoco tiene nevera, compra la que va a consumir ese mismo día. No se puede comprar carne para dos días. Además, el matadero está cerrado". La carnicería la estableció su abuelo hace 56 años, luego la heredó su padre y ahora la lleva Shawa, que es padre de diez hijos. El mayor tiene 46 años y vive en Alemania. "Israel quiere una tregua que le permita continuar con el embargo de Gaza, que le permita seguir matando a los palestinos y que le permita mantener al ejército dentro de la Franja", dice.

Mohammed Tawfiq, de 30 años y padre de un hijo, es el propietario de una gran tienda de dulces, caramelos y bombones, unos productos que se consumen en grandes cantidades en Aid al Fitr. "Es el primer día que abrimos pero las ventas van muy mal; estamos vendiendo menos del 20 por ciento que el año pasado. En el almacén tengo dulces más caros pero ni siquiera los he sacado. Si hubiera sabido que venía una guerra no habría comprando tanto género", asegura.

"¿Por qué los occidentales no hacen nada para parar esto? ¿Por qué España no muestra algo de solidaridad con nosotros? La verdad es que no les importa nada la tragedia palestina", dice Tawfiq. "Estamos hartos. Estamos a favor de la resistencia porque la muerte nos llega de todas maneras, hagamos lo que hagamos". Durante la visita al mercado de Zawiya se ve mucha pobreza. Continuamente hay mujeres, algunas veladas, que se acercan a los clientes para pedir limosna, gente que ha perdido sus casas o que no las ha perdido pero no tiene medios de vida.

"Ayer fue un día mejor que hoy porque había una tregua y la gente no tenía miedo a salir a la calle", comenta Muhammad Shublak, que posee un pequeño comercio de frutos secos que cuenta con siete empleados. "La situación no es nada buena con todos estos bombardeos. Estamos vendiendo un 7 por ciento de lo que vendimos el año pasado". Los siete empleados están alrededor con los brazos cruzados puesto que no hay ni un solo cliente.

Los productos en venta provienen de Israel, Turquía, Rusia y la India. Los pistachos son de Estados Unidos. "Antes eran iraníes, que son los mejores, pero desde que cerraron los túneles se los hemos de comprar a Israel y vienen de Estados Unidos". La gran tienda de Abdallá Muzannar tampoco tiene ningún cliente a pesar de ser una de las más reputadas de Gaza en lo relativo a dulces. En otros años, por estas fechas, estaba abarrotada y con largas colas en la calle; hoy está absolutamente vacía. La tienda la abrieron su padre y su tío en 1970, cuando Muzannar tenía 8 años.

Muzannar perdió a su madre y dos sobrinos durante los ataques israelíes de hace dos años. La madre tenía entonces 83 años. Muzannar salió de su casa apenas unos minutos antes de que las bombas la destruyeran. "Fue un milagro, aunque en Gaza estamos acostumbrados a estas cosas".