Publicado: 23.03.2016 15:42 |Actualizado: 23.03.2016 15:43

¿Es realmente Ted Cruz
mejor que Donald Trump?

El magnate se lleva todas las miradas, pero su principal rival para lograr la nominación republicana es tan peligroso como él, o tal vez mucho más.

Publicidad
Media: 3.33
Votos: 6
Comentarios:
El candidato republicano a la Casa Blanca Ted Cruz en la Conferencia de Políticas del Comité de Action Política Americo Israelí (AIPAC) en Washington. - REUTERS

El candidato republicano a la Casa Blanca Ted Cruz en la Conferencia de Políticas del Comité de Action Política Americo Israelí (AIPAC) en Washington. - REUTERS

A estas alturas del proceso de primarias en Estados Unidos, Ted Cruz parece ser la única esperanza del movimiento anti-Trump. Pero, ¿es realmente Cruz el mejor antídoto contra el trumpismo? Los comentaristas políticos, tanto los norteamericanos como los europeos, tanto los progresistas como los conservadores, están sufriendo tal fijación con el multimillonario neoyorquino que parecen olvidar que su principal rival para lograr la nominación republicana es tan peligroso como él, o tal vez mucho más.

De Trump se puede decir que es un demagogo y un ególatra, que su falta de conocimientos en cuestiones políticas es alarmante, que incita las bajas pasiones de sus seguidores sin preocuparse por las consecuencias y que su carácter impulsivo, emocionalmente inestable, no parece el más adecuado para dejar en sus manos el botón nuclear. ¿Puede haber alguien peor para el cargo de presidente de los Estados Unidos?



El senador por Texas es probablemente el más derechista de todos los senadores republicanos y, a diferencia de Trump, él sí tiene la pretensión de poner en práctica sus ideas extremistas

Mi respuesta es sí y ese alguien no es otro que Ted Cruz. El senador por Texas es probablemente el más derechista de todos los senadores republicanos y, a diferencia de Trump, él sí tiene la pretensión de poner en práctica sus ideas extremistas. Ambos aspiran al poder por encima de todo, eso está claro, pero por diversos motivos: el multimillonario aspira a llegar a la Casa Blanca básicamente para satisfacer su egolatría y realmente no tiene una idea muy clara de qué hacer una vez esté instalado en el despacho oval ─ni él mismo se toma en serio las ocurrencias disparatadas en las que basa su campaña (esperemos)─, confía básicamente en su instinto. Cruz, en cambio, es un fanático y, como todo fanático, sí que tiene unas ideas muy claras sobre lo que quiere hacer con el poder: en su caso, una mezcla explosiva de ideas ultraliberales en lo económico y ultraconservadoras en lo social que harían que el mismísimo Ronald Reagan a su lado casi nos pareciera un socialdemócrata. Sin duda, el título de “El Absolutista” que le adjudicó en 2014 el columnista del New Yorker, Jeffrey Toobin, le va como anillo al dedo.

Hijo de padre cubano y de abuelos paternos canarios, exgraduado por Princeton y por Harvard, Ted Cruz posee una mente brillante y un carácter metódico, pero carece totalmente de don de gentes. Prácticamente no tiene amigos en Washington. Un senador dijo una vez que si Cruz fuese asesinado en el Capitolio y el juicio se celebrase en el Senado, nadie resultaría condenado. Desde su superioridad intelectual, el senador por Texas ha despreciado frecuentemente a sus colegas y ha lanzado ataques inmisericordes, no sólo contra los demócratas, sino también contra los republicanos a los que ha acusado en ocasiones de ser demasiado blandos y de contemporizar con la Administración Obama. Sus encontronazos con líderes republicanos del Senado, como John Boehner y Mitch McConnell, que no son precisamente dos hermanitas de la caridad, han sido sonados.

Contrario al matrimonio homosexual y a las uniones civiles, opuesto al aborto, favorable a la pena de muerte y al derecho a portar armas, sus posiciones en materia social se sitúan en la extrema derecha del Partido Republicano y eso le ha convertido en el favorito del Tea Party y de los evangélicos más conservadores ─él mismo es un cristiano renacido─. Precisamente, en la única materia en la que su ultraliberalismo y su devoción por los padres fundadores flaquean es en la separación entre la religión y el Estado, que para él no debe existir. En política fiscal propone un tipo único, es decir, acabar con cualquier progresividad, suprimiendo el Internal Revenue Service, la agencia federal encargada de recaudar los impuestos. También se ha propuesto anular hasta la última coma de la Affordable Care Act, la Ley de asistencia sanitaria aprobada por impulso de Obama, contra la que ha luchado con todas sus fuerzas desde el Senado tratando de negarle los fondos necesarios para su puesta en práctica. En política exterior su enfoque es netamente confrontacional y su visión de las relaciones internacionales se basa en un profundo desprecio por el Derecho Internacional.

Contrario al matrimonio homosexual y a las uniones civiles, opuesto al aborto, favorable a la pena de muerte y al derecho a portar armas, las posiciones en materia social de Cruz se sitúan en la extrema derecha del Partido Republicano

Ciertamente, escoger entre Trump o Cruz es como escoger entre ser disparado o morir envenenado. La frase no es mía, es del senador republicano Lindsay Graham que, curiosamente, ha terminado apoyándolo. Desde una perspectiva democrática o de izquierdas ninguna de las dos opciones es aceptable, pero si no hubiera ninguna otra opción, probablemente habría que inclinarse por Trump. Al menos el multimillonario no es un ideólogo y, al no tener posiciones rígidas sobre casi ningún tema estaría mucho más dispuesto a llegar a acuerdos, de hecho, esa es su especialidad.

Sin embargo, desde el punto de vista puramente electoral, es posible que Cruz sea una opción ligeramente más favorable para los intereses de Hillary Clinton. Ambos pueden producir un efecto de huida del electorado moderado, pero a diferencia de Ted Cruz, que se sitúa en la extrema derecha más convencional, el magnate neoyorquino es un fenómeno extraño que no sólo consigue atraer a los votantes más conservadores, sino que también consigue llevar a las urnas a muchas personas que reniegan de la política, ese voto cabreado que se nutre de sectores de clase obrera castigados por la crisis, un voto que, en otras circunstancias se habría quedado en su casa y que podría alterar la relación de fuerzas en feudos tradicionalmente demócratas.

*El autor es profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Valladolid. Ha sido investigador visitante en el Washington College of Law (American University) y en la Universidad de Toronto.