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La rebelión de los haitianos se extiende a Puerto Príncipe

Grupos de jóvenes se enfrentan a cascos azules y policías de élite en la capital

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Grupos de jóvenes y estudiantes se enfrentaron violentamente contra las patrullas de la ONU y contra las unidades de élite de la policía haitiana ayer en Puerto Príncipe. Las escaramuzas se sucedieron durante horas en los barrios más céntricos, en un evidente contagio de la rebelión nacida el domingo pasado en Cabo Haitiano.

El virus se llama '¡Aba kolera!' y vuela de garganta en garganta entre los más disconformes. Basta con otear en el horizonte una patrulla de la ONU para que una lluvia de piedras golpee a los cascos azules. Así sucedió en el primer enfrentamiento de la mañana, en las inmediaciones del destruido Palacio Presidencial, el símbolo del viaje al infierno emprendido por todo un país tras el salvaje terremoto de enero.

Un soldado brasileño recibió un impacto directo y la patrulla salió huyendo a la carrera. '¡Lo hemos derribado, ellos son flojos y nosotros fuertes!', clamó Yves Pierre, capaz de lanzar piedras con una mano y portar una pancarta contra el FMI en la otra. 'Quieran o no quieran, deben irse fuera del país', protestó el joven James. 'Nos traen el cólera, contaminan nuestra agua, nos traen el sida. ¡Basta ya!'

Al grito de '¡Aba kolera!', los rebeldes atacan las patrullas de Naciones Unidas

Eslóganes parecidos, incluidos carteles de la ONU crucificada y cascos de sus soldados convertidos en orinales, acompañaban la veloz marcha de los rebeldes, convocada por organizaciones de los campos de desplazados y por colectivos sociales minoritarios. No son muchos, pero no tienen nada que perder. A media mañana, en el barrio de Bourbon, los cime, la élite de choque policial, cargaron con bombas lacrimógenas y la fuerza de sus músculos para impedir que los manifestantes prosiguieran su camino al cuartel de la Minustah. Barricadas, hogueras y escaramuzas saltaban de un lado a otro de la ciudad.

Un grupo de universitarios tomó el relevo de la protesta horas después junto a la Facultad de Ciencias colindante al Palacio Presidencial. Los gases lacrimógenos invadieron el campo de desplazados de Dessalines, provocando la huida de cientos de personas. Fane Lulecep, de 19 años, acarreaba toallas y niños, buscando refugio en el Campo de Marte. 'Nos vamos de Puerto Príncipe, esto es una locura. El Gobierno y los extranjeros tienen que salir esta misma noche', recitaba.

A pocos metros, el despistado conductor de una camioneta del candidato oficialista Jude Celestin salvó su vida de milagro. Decenas de piedras golpearon su vehículo, sin conseguir apagar la música proselitista del segundo favorito según las encuestas. También huyó apretando el acelerador.

Los desplazados del seísmo acusan a los extranjeros de la epidemia de cólera

Los rebeldes haitianos han convertido al presidente René Préval y a los extranjeros en sus grandes enemigos. Todos insisten en vincular a los soldados nepalíes con el nacimiento de la epidemia que ha acabado con la vida de 1.100 compatriotas. Por ahora. Mañana serán más.

Cólera, violencia y las elecciones presidenciales se mezclan peligrosamente cuando se cumplen seis jornadas de protestas en Cabo Haitiano, que ayer estuvo bloqueado con barricadas terrestres y con el aeropuerto clausurado. Por primera vez en más de 200 años, la ciudad no pudo celebrar la batalla de Bertiere, un acontecimiento histórico. La catedral se mantuvo cerrada a cal y canto.

Noticias llegadas a través de los medios desde la capital del norte elevaban a ocho el número de víctimas mortales de la sublevación. Y no sólo fueron los soldados extranjeros el objetivo de los insurgentes. Un grupo de cooperantes norteamericanos, de la pintoresca asociación Misioneros en Motocicleta, fue agredido por hombres armados al intentar abandonar la ciudad, según informó Ansa.

La temperatura del volcán social haitiano bulle como la lava. A nueve días de las elecciones, sólo los más optimistas confían en que se evitará el estallido. Mientras enjuga el mar de sudor que le resbala por la cara, James recoge otra piedra. 'Y las seguiré lanzando, ¿qué puedo perder?', concluye.

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