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Reflejos de intolerancia en un país neutral

Knut Hamsun y Vidkun Quisling alentaron el apoyo nazi en un lugar sin tradición ultra

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Antes de que Anders Behring Breivik se hiciera dueño de todo el odio del país, en la historia de Noruega existían dos nombres obscenos: Knut Hamsuny Vidkun Quisling, escritor y militar, se encargaron de allanar el camino de la propaganda a las tropas nazis, que invadieron el territorio el 9 de abril de 1940, en busca de la costa que les permitía el control del Atlántico Norte. Desde entonces, Noruega, potencia neutral durante la I y II Guerra Mundial, convive con los reflejos de un pasado delirante, protagonizado por dos de los personajes más sórdidos de la Historia contemporánea.

A punto de cumplir 72 años, con las pruebas de El juego de la vida entre manos, diez años después de haberle reconocido con el Premio Nobel de Literatura tras la novela La bendición de la tierra, y más de cuatro décadas desde que publicó aquel mordisco a la sensibilidad burguesa que fue Hambre, Knut Hamsun (1859-1952), vuelto del revés, exigió al Parlamento y al Gobierno noruego que frenaran la conducta de comunistas y socialistas, a quienes consideraba traidores. Ese día no escatima y pide la fuerza policial.

En 1930, el Nobel Knut Hamsun pide freno a comunistas y socialistas

Las elecciones de 1930 dieron la victoria a los conservadores y Hamsun se sentía legitimado para poner freno a quien no pensara como él, a quienes consideraba traidores, como recuerda su biógrafo Ingar Sletten Kolloen, en el libro Soñador y conquistador (Nórdica).

Dos años más tarde, en 1932, vuelve a insistir con un comunicado en el que señala el 'terrible' objetivo que guía tanto al Partido Laborista como al Partido Comunista: '¿Qué está pasando en nuestro país? Violencia, desacatos a la ley, revolución hasta donde la brutalidad y el desgobierno alcancen. No hablamos de algo momentáneo, se trata de establecer el terror y el caos entre la población, existe un plan para dar al traste con la vida y la ley y el derecho como objetivo [] Violencia, infracciones a la ley, revolución. A diario dejo a un lado la prensa, a la espera de los nuevos excesos de mañana. ¿Estoy viviendo realmente en Noruega?', pregunta el escritor en público.

Aprovecha para señalar a Quisling como el salvador, un ministro de Defensa venido a menos, enemistado con todo el mundo y reflotado a sí mismo en su propio partido, Nasjonal Samling (Unión de la Nación), inspirado en el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. Un minúsculo partido.

La reunión entre el escritor y el Führer, en 1943, acabó entre gritos

Un año antes de que Alemania ataque Oslo y Trondheim, Hamsun rogaba a Alemania, en un artículo aparecido en la prensa, que protegiera a Noruega contra los ingleses: 'Estamos sin fuerzas, nos acecha el oso por el Este y el bulldog por el Oeste y nosotros somos la presa. Somos mucha gente, gente sencilla, gente de la calle, los que mantenemos la esperanza de que Alemania nos defenderá [] Queremos estar aquí y ser tal como somos, no queremos formar parte de un poder extranjero. Somos muchos los que confiamos en Alemania'. Era mentira, como el mismo Quisling reconocería más adelante al Führer, solo uno de cada mil noruegos creía en el Gabinete nazi. Además, el Nasjonal Samling jamás había conseguido un solo escaño en el Parlamento Noruego.

Pero Hamsun corría sin freno, desmedido, sordo y ciego. Arremetía contra cualquiera que se atreviera a arrinconar al nazismo. 'Cuando el Gobierno ha tenido que recurrir a los campos de concentración, tanto usted como el mundo entero deberían entender que tienen sus buenas razones para hacerlo', escribía por carta Hamsun en el verano de 1934.

Las simpatías por Hitler llevaron al viejo autor a ofrecerle a Goebbels su medalla del Nobel, en un patético episodio: 'Le pido disculpas por enviarle mi medalla puesto que es algo inútil para usted, pero no tengo otra cosa que enviarle'. El mismo Hamsun llegó a reunirse con Hitler, en 1943, en Aspern (Austria). Fue un desastre, uno estaba casi sordo y el otro no tenía el más mínimo interés por escucharlo. La reunión acabó con un grito del anfitrión furioso: 'No quiero volver a ver a este tipo de personas por aquí'.

Preguntarse por qué hoy no hay en Noruega una sola calle o plaza con el nombre de Hamsun es absurdo. Tampoco sorprende que cuando hace un año y medio se llamara a aplaudir el 150 aniversario del nacimiento de uno de sus grandes autores, Noruega hiciera lo que pudiera para celebrar sin mucho ruido. Mientras se anunciaba en Oslo que la princesa Mette-Marit amadrinaría algunos actos para recordar al escritor, el director del teatro de Tromsc, entre otras protestas, se negó a dejar su escenario para un acto en su honor. Los más críticos ven en su obra elementos tan cercanos a su simpatía nazi, que apuntan el peligro de que sus novelas formen parte del programa escolar noruego.